
Del anormal 2,5% de noviembre, al normal 3,8% del cierre del 2021. En el verano, vamos al 4%, anticipamos en esta columna el 18/11, así como que diciembre empezaría con 3%. No nos equivocamos, y resultó incluso mayor a la esperada por el Relevamiento de Expectativas de Mercado del Banco Central (REM), que promediaba 3,4% entre los principales analistas del mercado.
Volvieron a la realidad las fuerzas que bajaron noviembre. Así, en diciembre, los estacionales y los precios regulados subieron 3,7% y 1,7% mensual respectivamente, tras el 0,5% y 1% de mes previo. A modo de ejemplo, los estacionales, en 17 de los últimos 21 meses superaron el 1% mensual, creciendo al 4,7% promedio mensual (con un peso del 14% en el IPC).
A esto, se sumó la fuerte suba de la inflación núcleo del 4,4%, que rompió el ritmo del 3,3% registrado desde mayo, también superando con “fuerza” el 3,6% estimada por el sector privado en el REM.

¿Qué pasó? Comenzó a impactar en la inflación núcleo (70% del IPC) el creciente desequilibrio macroeconómico del segundo semestre, cuyos efectos duran varios meses.
En efecto, al dividir en semestres el 2021, se registró que el déficit primario pasó del 0,5% al 2,5% del PBI entre la primera y segunda mitad del año. Como espejo, el BCRA asistió (emitió) en 0,5% PBI y 4% del PBI, respectivamente.
El creciente gasto público del segundo semestre (“plan platita”) aceleró el gasto agregado financiado con emisión del BCRA.
En simple, la economía voló tal como lo muestran los indicadores reales, pero también sembró la inflación creciente; cuya primera cosecha fue diciembre.
Sabemos que las políticas fiscales expansivas tienen una rápida transmisión a la actividad real. En tanto hay un lag de 6 meses entre la política monetaria expansiva y sus efectos sobre los precios.
En simple, no hay ninguna fuerza que frene que la inflación seguirá en el entorno de 4% durante el primer semestre; también pensando en que hay un acuerdo con el FMI.

A la par, se le suman efectos adicionales a los monetarios (desequilibrio macro) que convalidarán la alta inflación proyectada:
1. Crawling peg creciente del BCRA (hoy en el rango del 25% interanual), sumado a la expectativa de salto cambiario (que por ahora el BCRA trata de “esquivar”);
2. Alza de tarifas eléctricas anunciado del 20% hacia febrero;
3. Subas en otros regulados como transporte y comunicaciones;
4. Las usuales estacionalidades de colegios y textil (entre marzo y abril).
A dichos efectos, se le suma la escasez de divisas para importar, llevando a importadores y productores locales con altos componentes de insumos y partes extranjeros (autos por ejemplo) a calcular sus precios a un costo de reposición bien por encima de la evolución del tipo de cambio comercial.
Del lado de la estabilización de los precios, “poco” es lo que hace el Gobierno con sus señales fiscales junto a la débil reacción del BCRA subiendo 2 y 3 puntos nominales las tasas activas y pasivas recientemente, manteniéndose estas bien negativas en términos reales.

Con una mirada que va de lo mensual a lo anual, la inflación de 2020 fue 36%, aumentando en 2021, al 50,9%, segundo registro más alto desde 1992. Tal como está planteada la política macroeconómica (incertidumbre con el FMI), la inflación del 2022 medida por el REM (54,8%) destronaría a la del año 2019 que fue 53,8 por ciento.
Aunque, sin acuerdo con el FMI, la espiralización inflacionaria tendría una fuerte probabilidad de ocurrencia y por ende el 2019 quedaría bien atrás.
En el contexto actual de inflación en el entorno del 4% mensual o 50% anual, los instrumentos CER siguen primando en nuestro portfolio de inversiones para los excedentes de pesos.
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