El ocio está relacionado con la idea de diversión, de la no obligatoriedad, el descanso y el bienestar. Sin embargo, si nos remitimos al diccionario, la palabra ocio u ocioso se refiere a lo inútil, sin provecho, a perder el tiempo, al vicio de no trabajar. Los adultos, quizás por esta imagen, solemos creer que tener un día libre, sin hacer nada, es un día perdido.
No obstante, el tiempo que se dispone para vacaciones podría ser revalorizado para valorar nuestros gustos y reconocer con qué disfrutamos.
Un poco de historia
Vale aquí un breve recorrido por las vacaciones y su historia. Si bien el turismo moderno es un producto del ferrocarril, sus antecedentes se remontan a varias centurias atrás. En el siglo II de la era cristiana, refiere la filósofa Roxana Kreimer, el emperador Adriano construyó carreteras que permitieron que los viejos patricios y los nuevos funcionarios abandonaran Roma durante el verano para refugiarse en las villas de la Galia o en los países del Danubio. Familias enteras se desplazaban en carruajes de cuatro ruedas tirados por varios caballos. Luego, con la caída del Imperio Romano, se abandonó de aquella infraestructura de comunicación.
En la Edad Media aparecieron la pechera y el eje delantero libre de los carros que permitieron aprovechar al máximo la fuerza motriz de los caballos, pero los caminos resultaron lugares poco seguros para la circulación de los viajeros debido a que los siervos, expulsados de los feudos, y los villanos pobres asaltaban frecuentemente a los carros convirtiendo a los viajes en empresas altamente riesgosas.
Hipólito Taine, en su libro “Orígenes de la Francia contemporánea”, describe cómo se impuso la costumbre de veranear entre los aristócratas franceses en el siglo XVIII con la llegada del verano. Los nobles se dedicaban a comer, bailar, cazar y los residentes en Versailles y en París viajaban a la Champagne, donde la riqueza era ostentada en interminables caravanas de coches y caballos, una mesa bien servida y el alojamiento dispuesto para el primer hidalgo andariego que golpeara a la puerta del castillo.
Ya en 1836 se publicaron en Alemania las primeras guías del viajero, que multiplicarían sus ediciones durante al siglo XX. Sin embargo, las vacaciones sólo estaban al alcance de una poca minoría.
A principios del 1900 empezaron a construirse los hoteles turísticos y a venderse excursiones con estadías en los nuevos balnearios y viajes en ferrocarril.
Los medios de comunicación y, especialmente la publicidad, tuvieron un papel importante en la generalización de las vacaciones. A partir del período de entre guerras, la radio y los medios comenzaron a divulgar la idea de que lo bueno ya no residía en el trabajo o en los negocios, sino en las vacaciones, sumado a las leyes laborales que las garantizaban. Unos pocos días al año propiciarían la “verdadera vida”. Tras la Segunda Guerra Mundial, cuando la clase obrera comenzó a acceder a las vacaciones pagas, el turismo social irrumpió en varios países europeos y en los Estados Unidos.
En la Argentina, fue el gobierno de Juan Perón el que incluyó en su política social los planes de turismo para los sectores de menores recursos económicos. El balneario de Mar del Plata, fundado en 1874, dejó de ser el centro de reunión de las familias exclusivas para recibir contingentes de trabajadores de todo el país. Al fomentarse el turismo para el sector asalariado, se construyeron grandes hoteles en la costa Atlántica, Córdoba y Bariloche y, así, muchas familias tuvieron por primera vez sus vacaciones.
Entre 1950 y 1960 fue el apogeo de esta forma de turismo en “la ciudad feliz”. Ya en la década del 90, con la “plata dulce” de por medio, se cambió la visión acerca de los destinos turísticos. El hotel de sindicato fue reemplazado por el chárter a Miami, el viaje de egresados a Bariloche por un vuelo a Cancún y los recuerdos de caracoles de Mar del Plata fueron sustituidos por los perfumes del free shop. Esta visión consumista, propia de la era posmoderna, suele hacer creer que sólo serán válidas unas vacaciones si accedemos a ciertos destinos, si compramos cierta ropa acorde con el lugar turístico o si invertimos mucho dinero en ellas.
Pasar unos días de ocio, en la playa o la montaña, gastar dinero en cosas que nos gustan podría ayudarnos a disfrutar. Pero es necesario tomar conciencia que el tiempo libre es saludable ya que abre un espacio a la creatividad, al conocimiento de sí mismo y al vínculo con quienes nos rodean. Aprender a disfrutar del ocio puede inculcarnos hábitos como la lectura, la música o el deporte que nos acompañarán después durante todo el año y nos llevará a tener una postura más positiva, mayor posibilidad de gozo personal y disfrute de los ratos de soledad. Decisiones de vida.
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