
La promesa era enorme. El futuro será infinito. Las bendiciones, eternas. El sueño de una vida en seguridad y plenitud sería realidad. Dios se le presenta al patriarca Abraham en una visión y lo inunda de mañanas. Su descendencia sería incontable. Sus tierras ocuparían el mundo conocido. Su dominio alcanzaría la dimensión de un Imperio:
“En aquel día hizo Dios un pacto con Abram, diciendo: A tu descendencia daré esta tierra, desde el río de Egipto hasta el río grande, el río Eufrates; la tierra de los keneos, los kenezeos, los kadmoneos, los heteos, los ferezeos, los refaítas, los amorreos, los cananeos, los gergeseos y los jebuseos” (Gen 15:18-21).
Sin embargo, ante semejante promesa de descendencias innumerables, el siguiente versículo se hace incomprensible: “Y Sarai, esposa de Abram, no podía darle hijos” (Gen 16:1).
Apenas un renglón después, el sueño se choca con la realidad. El futuro tropieza con el presente. La distancia entre lo ideal y lo real se hace insoportable. ¿Qué sucede cuando nuestro ideal no condice con nuestro contexto, cuando la obra que imaginábamos no cuadra en este escenario? Kant plantea que la felicidad no es un ideal de la razón, sino de la imaginación. ¿Podemos alcanzar la felicidad cuando aquello que imaginamos no es materializable racionalmente?
Tenemos un ideal de pareja, o de familia, o de cómo debieran comportarse o decidir nuestros hijos. Tenemos un ideal de cómo debiera conducirse un gobierno, la sociedad o nuestro vecino. Imaginamos idealmente nuestra posición económica, social o laboral. Pero al siguiente renglón nos vemos al espejo de nuestras realidades. Es entonces cuando el desafío es ver la vida como un puente. El puente que construimos entre esa aspiración y esta tierra. Nuestro esfuerzo, pasión y creatividad para esa construcción, es la fuente de felicidad que nos traerá transitar por el puente.
La Biblia es la historia de una interminable sucesión de ideales que chocan con la realidad. Su mensaje pareciera resumirse en la acumulación de experiencia ante cada caída, para volver a construir el puente que nos lleve al destino soñado. El primer versículo del Génesis es una postal de perfección: “En el comienzo Dios creó los cielos y la tierra”. Pero en el segundo renglón la tierra está desierta, revuelta e inmersa en un mar tenebroso y oscuro (Gen. 1:1-2). Dios intenta entonces poner orden y dice: “Que sea la Luz”. Pero la Luz primigenia que crea, en la visión de los místicos, no es la esperada y quiebra las vasijas celestiales haciendo estallar al Universo. Moisés recibe las Tablas de la Ley desde en el cielo, mientras que en la tierra lo esperan con un becerro de oro. El gap entre el ideal y lo real resulta la marca de origen de este mundo.
La potencia del texto bíblico radica en que a lo largo del relato, Dios nunca se da por vencido. Sigue creyendo, apostando y volviendo a crear. Quizá esa sea la huella y el secreto guardado en nuestro alma desde los siglos. Sería ese el regalo, al ser imagen y semejanza.
El Patriarca Abram, apenas después de enfrentarse con que la realidad del vientre sin vida de su amor cancelaba todo futuro, se transforma. Su nombre ya no será Abram sino, Abraham, que significa “Padre de Muchos” (Gen 17:5). La letra H´ que se le agrega a su nombre es la letra que tradicionalmente representa el Nombre de Dios. Él necesita una transformación esencial, interior. Un motor que lo haga enfrentar su realidad sin dejar de saberse parte de una promesa. La realidad sólo puede ser transformada, cuando es uno el que se transforma. Es entonces cuando se redefine el ideal y cambia de perspectiva la realidad. La caminata en equilibrio por el puente es el viaje de una vida.
Vemos entonces, que ni siquiera en los cielos lo ideal es igual a lo real. Por eso han construido desde los milenios un puente entre el cielo y la tierra. Para instalar en nosotros, esa letra en nuestro ser y en ella la capacidad constructora de puentes. Puentes que logren el equilibrio interior entre nuestros ideales y nuestras realidades. Los puentes que nos hagan caminar en esta tierra, con la mirada en el horizonte, y nuestro alma hacia el cielo.
Amigos queridos. Amigos todos.
Abraham y Sara finalmente, tendrán a su hijo. Miles de años después, la mitad de la humanidad se reconoce como su descendencia. Su hijo Itzjak nace cuando ellos tienen nada menos que 100 años de edad (Gen 21:5). Sin dudas, tal como dice José Ingenieros:
“No se nace joven, hay que adquirir la juventud. Y sin un ideal, no se adquiere”
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