
Toda elección tiene gran trascendencia y esta en especial tiene gran significación, acorde a la grave crisis social, económica, sanitaria e institucional por la que atraviesa nuestro país. Lamentablemente, la campaña electoral no tuvo la jerarquía o el debate profundo que se necesita, ya que los argentinos nos merecemos tener respuestas, propuestas y saber hacia dónde vamos, pero los precandidatos no discutieron acerca del “futuro”, sino que hablan del “pasado”, perdiendo el objetivo de explicarnos las soluciones en los tiempos por venir.
El intelectual francés Pierre Rosanvallon describe bien esta sensación entre los ciudadanos cuando dice: “Hoy en todas las latitudes, los ciudadanos se sienten cada vez menos escuchados y representados por aquellos a quienes han elegido. La palabra que han hecho oír en las urnas se disuelve a continuación en los recintos parlamentarios, en tanto que los gobernantes parecen afectados de sordera”.
Es por ello que esta campaña estuvo centrada en discursos con consignas ligeras y frívolas. Nadie explicó seriamente como solucionar los problemas que nos urgen. Se desbarrancaron hablando de la “República de Morondanga”, utilizaron palabras soeces que generaron impacto pero no conciencia, buscaron “empatía” sin reflexión, subestimando así a los ciudadanos que esperan de sus candidatos una mayor responsabilidad y profundidad en sus propuestas.
La construcción de un discurso resulta esencial al momento de tomar una decisión y definir el voto. Hoy la sociedad sabe cuáles son los miedos y problemas que la angustian y busca respuestas, que no debe encontrar en simples “slogans” vacíos de contenidos que solo profundizan la “crisis de representación”, estableciendo así una barrera más entra el ciudadano y el dirigente político. El periodista Pablo Rossi hace unos días me compartió una interesante reflexión del paleoantropólogo español Juan Luis Arsuaga, que explica: ”En realidad somos una especie infantilizada y cada vez más. Parece que desapareció la complejidad, que se ha simplificado el mensaje (…) Esto nos ha llevado en el ocio, pero también en el pensamiento político y en el pensamiento crítico hacia una etapa de nuestra existencia en la que ya se ha desarrollado la mente y la inteligencia, pero todavía no se ha madurado psicológicamente; a la preadolescencia, para entendernos. Todo está dirigido a mentes preadolescentes”.
Este discurso infantil se transforma en un atajo a los problemas de la sociedad y nos llevan a esa triste Argentina “mágica” donde con palabras sin sentido como “sarasa”, “pindonga” o la idea de una mayor actividad sexual identificada con un partido político se solucionan todos nuestros problemas. Por eso debemos exigir a nuestra clase dirigente que asuma el rol que le corresponde y nos digan claramente sus propuestas sobre la educación, la seguridad, salud o la pobreza.
En estos tiempos electorales, la palabra desde la política tiene gran significancia y relevancia, por cuanto en ella están quienes mañana nos van a representar. Por todo esto resulta fundamental que nuestra clase dirigente comprenda el efecto social de la utilización de las palabras, sin degradar o afectar su verdadero significado, y también es una buena oportunidad para recuperar aquellas como respeto, tolerancia, consenso, transparencia o responsabilidad, porque con ellas se imponen “valores” desde donde se construye ciudadanía.
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