
El 11 de septiembre de 2001, por primera vez en su historia, los Estados Unidos sufrieron un ataque bélico en su territorio continental. Las icónicas Torres Gemelas, recibieron, una tras otra, el impacto de aviones capturados por terroristas y se consumieron en el fuego con el doloroso saldo de miles de víctimas civiles. Y el aparentemente inexpugnable Pentágono recibió el impacto de otra nave comercial.
La estructura de inteligencia y militar norteamericana reaccionó identificando al enemigo y proponiendo un curso de acción. El presidente George W. Bush, ante la negativa del gobierno talibán de Afganistán, de extraditar a Osama Bin Laden, decidió invadir el país. Tras Al Qaeda, sin duda, estaba también un sector del gobierno saudí y los pakistaníes, pero la Casa Blanca focalizó su ira en la actitud del Mullah Omar.
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Iban a pasar diez años para que un comando del SEAL, ejecutara a Bin Laden en Abbottabad (Pakistán), y otros diez, para que Donald Trump anunciara la decisión de pactar con sus enemigos y dispusiera el retiro de sus tropas a cambio del utópico compromiso de “no volver a albergar grupos terroristas que atentaran contra los EEUU”.
El acuerdo entre los norteamericanos y los talibanes fue suscripto entre Mike Pompeo, Secretario de Estado y el Mullah Baradar (cofundador de los Talibanes), quien estuvo preso entre 2010 y 2018 en una prisión pakistaní: fue liberado sin explicación y poco tiempo después iba a ser el firmante del Tratado.
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Hacía mucho tiempo que la presencia de los aliados en Afganistán carecía de sentido, salvo para los que sostenían la absurda idea de exportar allí nuestra visión de la democracia.
¿Qué pueden esperar los afganos y el mundo del nuevo gobierno de Kabul? ¿Es cierto que se volvieron “mejores y más moderados”? El primer error de análisis consiste en imaginar que un Gobierno Central va a poder gobernar a las diversas facciones en que se divide el terrorismo nacido de las madrazas pakistaníes. Los atentados del ISIS K, cuando aún no había terminado la retirada de los aliados, demuestra que la presunta cúpula Talibán no es obedecida y que lo firmado entre Mike Pompeo y el Mullah Baradar es, como mínimo, difícil de cumplir.
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En Afganistán, abundan grupos de fanáticos que, con el dinero del opio (de allí deriva la heroína), la efedrina, las tierras raras (lantano, cerio y neodimio) y muchas otras riquezas minerales explotadas en negro, crecerán y atacarán a cualquier país o persona que consideren “infiel”. Es decir, cualquier comunidad que no siga los preceptos estrictos de los sunitas es potencial enemiga. Y esto incluye a los musulmanes que no cumplen con la interpretación más extrema de los textos religiosos o que son chiitas (como Irán).
Ese mismo dinero les permitirá reclutar jóvenes desesperados en un país donde no hay comida suficiente, no hay trabajos rentables y se acerca el invierno. El nuevo gobierno tiene pocas reservas (la mayoría congelada en EEUU) y, hasta el presente, nulo apoyo de los organismos financieros multilaterales. La estructura del nuevo gobierno en Kabul demuestra que nada bueno se debe esperar.
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El Primer Ministro no es Baradar (53 años), como soñaban los países occidentales, sino el Mula Hassan Akhund, hombre del líder máximo Haibatullah Akhundzada. Baradar quedó como viceprimer ministro y con el poder muy recortado. Lo más grave es que el nuevo ministro del Interior es el muy peligroso Sirajuddin Haqqani. Su red Haqqani está muy ligada al ISIS K. Finalmente el ministro de Defensa es el joven Mohamed Yaqood Mujahid (31 años), otro fanático, hijo del Mullah Omar.
Un nuevo “huevo de la serpiente” se desarrolla en las cuevas de las montañas. No solo Occidente está en riesgo: La India sabe que detrás del retorno de los fanáticos, están los Servicios Secretos de Pakistán, su archienemigo. China teme que los uigures, que Beijing denunció que militaban en Al Qaeda, reciban apoyo. Rusia tiene sus propios fanáticos dentro del territorio y la URSS fue el anterior enemigo de los muyahidines.
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Con tantos potenciales adversarios y una situación financiera tan complicada, ¿podrá prosperar el nuevo gobierno o le surgirán nuevas resistencias armadas? Es difícil saberlo. Entre tanto ,el mundo deberá estar atento a lo que se incube dentro de ese inmenso y muchas veces inaccesible territorio. No hay hombre más peligroso que aquel dispuesto a inmolarse por aquello en lo que cree. La Freedom Tower está allí, en pleno Nueva York, para recordarlo.
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