Las miserias de un hombre común: se critica el pasado cuando no se puede explicar el fracaso del presente

Estamos gobernados por un Presidente desgastado y sin credibilidad, al que nadie va a tomar seriamente en caso de que se deba imponer una nueva cuarentena

Alberto Fernández
Alberto Fernández

Nuestro Presidente dijo sentirse un hombre común. Se equivoca. No es una persona más, es el máximo mandatario de la Nación y representa en su persona todo el poder del Estado. Su salud, su seguridad, su entorno, sus actos son cuestiones de Estado. El Presidente debe ser el primero en respetar las normas y dar el ejemplo. Debió ser todo lo que la evidencia de su impericia no le permite ser, ya que los hombres “comunes” cumplen las leyes. No debía enojarse con sus críticos sino con él mismo, fue su error, no el nuestro. “Pepe” Mujica tiene razón cuando afirma que a los Presidentes no se los puede perdonar.

Los hombres comunes cumplieron con el aislamiento y no hicieron fiestas en sus hogares, ni culpan a sus parejas para luego retractarse y asumirla como propia a los gritos, como si los que nos mandamos el gafe fuéramos los que estamos del otro lado del televisor mirando cómo nos maltratan una vez más. El grito y el destrato no son actitudes propias de un estadista para con su pueblo. Mucho menos hacerse el ofendido por sus propios errores que dilapidaron la poca confianza que su persona tenía. La confianza es una pieza clave en todos los niveles de nuestra vida. Cuesta mucho ganarla y segundos perderla. Para una nación que lucha contra las cinco pandemias: salud, educación, instituciones, seguridad y economía, que nuestro mandatario sea confiable es un activo que hoy ya no tenemos.

Un presidente degradado por la propia confesión de sus actos ilegales a la categoría de “chanta”, nos deja en la oscuridad más absoluta. Sin autoridad no se puede gobernar. No es el dueño de los votos, y no podrá nunca más pararse frente a “sus gobernados” para pedir sacrificio alguno. La poca reputación que le quedaba se terminó evaporando, no por la foto o el video, sino porque confesó ser un infractor de la ley que nos mintió en la cara. Dilapidó la credibilidad necesaria para gobernar.

La palabra “confianza” viene del latín, significa “con fe”, Alberto Fernández no solo dilapidó la poca confianza propia que le quedaba, sino que puso en jaque la credibilidad que un sector de la población tenía en el proyecto político que él encabezaba por decisión de la dueña del poder y de los votos. El presidente hoy no es una persona creíble para la ciudadanía. La evidencia junto a la confesión de su hipocresía, le ha quitado la legitimidad de los votos que ganó en las urnas. Como dijo William Faulkner: “Se puede confiar en las malas personas … no cambian jamás”.

Nos hemos acostumbrado a votar al menos malo, pero sucede, como nos pasa ahora, que el que parecía el menos protervo, el más moderado, el que prometió cerrar la grieta, nos engañó. Para quienes depositaron su “fe” en el Presidente, los que le creyeron y lo escucharon llamar “idiotas o estúpidos” a los que eran descubiertos violando la cuarentena, deberán apretar el botón “recalculando” del GPS personal para volver a mirar a esa persona en la cual confiaron, pero que ya no podrán creerle nunca más. Demostró no estar ni a la altura de su cargo ni de las circunstancias.

Esa es la tragedia de quienes confiaron en él, como dijo Nietzsche: “No me molesta que me hayas mentido, me molesta que a partir de ahora no pueda creerte”. La gravedad que implica la idea de una orga populista que utiliza el poder para hacer lo que le venga en gana, decir que es una falta menor el vacunatorio VIP, o tratar la “foto y el video” como un hecho irrisorio que no “jodió a nadie”, evidencia lo impune que se sienten y lo perdidos que están.

Cumpleaños de Fabiola Yañez en la quinta de Olivos
Cumpleaños de Fabiola Yañez en la quinta de Olivos

Los hechos nos demuestran que creer en Alberto Fernández no fue una decisión acertada. Su accionar pone al descubierto la catadura moral y ética de quién se siente superior al hombre común. Destruyó su palabra, quedó sin valor alguno. La realidad nos mostró que el presidente es lo que hace y no lo que promete o dice. El ex presidente Eduardo Duhalde fue premonitorio al mencionar que lo veía “grogui”. Hoy parece una persona que ha perdido el rumbo, que se sigue subiendo a la diatriba discursiva gritando como si nada hubiera pasado, como si todos siguiéramos confiando en él. ¿No se da cuenta de que ya no le creemos? No por nada tuvo que salir su sector político entero a sostenerlo, bajo el mensaje “acá no pasó nada”, y “la culpa de todo es del que estuvo antes”. Se critica el pasado cuando no se puede explicar el fracaso del presente.

Los argentinos, al igual que el resto del mundo, “caímos” en la pandemia sin poder entender su verdadero alcance. Fuimos aprendiendo poco a poco. La pandemia aún no pasó. Desde el 20 de marzo de 2020, el primer día de confinamiento de nuestras vidas, a la fecha, mucha agua ha corrido bajo el puente. Lo que genera una gran incertidumbre es que no habiendo pasado el peligro, somos conscientes que estamos gobernados por un mandatario desgastado y sin credibilidad, al que nadie va a tomar seriamente en caso de que se deba imponer una nueva cuarentena. Nuestra vida hoy corre más peligro que ayer.

Entramos en un pantano de incertidumbre, que es quizás la condición existencial que mejor describe nuestra actualidad. No tenemos certeza alguna de qué nos pasará mañana. El futuro de la Nación es de una absoluta incertidumbre, que incluso hace que muchas de las empresas extranjeras se vayan y otras, como las terminales automotrices, decidan reducir sus participaciones de mercado detrayendo toda su cadena de comercialización. Una conocida marca de autos pasó de tener más del 20% de participación en el mercado nacional a “decidir” reducirla al 7%, frente a la evidencia de la inviabilidad de nuestro modelo de país, son cosas que se saben pero de las que nadie habla. Son las consecuencias de los actos de quienes nos están gobernando y de su pérdida de credibilidad y confianza que tanto daño nos hace como nación.

La incertidumbre que vivimos en la actualidad se ve incrementada por la Wallace Hartley Band -la orquesta del Titanic- en que se ha convertida cierto estilo de periodismo que intenta justificar los yerros “cantando” un relato que pretende atemperar el impacto de la confesión del ilícito presidencial y la evidencia de las imágenes, culpando al gobierno de Macri de todo. El problema es que el gobierno del presidente Macri concluyó hace 621 días, seguir culpándolo de lo que sucede hoy es tan torpe como miope. Recurren al pasado porque se ven impotentes para explicar el fracaso del presente.

La Argentina modelo 2021 no nos da seguridad alguna. El narcotráfico directamente está descontrolado. La inflación parece no tener fin. La pandemia no sabemos aun cuándo nos dejará en paz. La “casta” política no deja torpeza sin hacer -vacunas VIP, fiestas VIP, vida de lujo VIP pagada por los bolsillos de los contribuyentes, viajes VIP en el avión de Messi, ofrecen empleo público a las trabajadoras domésticas para no pagar indemnizaciones laborales, dietas VIP, jubilaciones VIP, mientras el pueblo sigue soportando los desaciertos de los que nos gobiernan y las confesiones de sus pecados. Subestiman la paciencia de la ciudadanía y la indignación del laburante de a pie.

Cristina Kirchner y Alberto Fernández en Avellaneda
Cristina Kirchner y Alberto Fernández en Avellaneda

La dueña del poder y de los votos no termina de hacerse cargo de sus desaciertos (claramente Alberto Fernández no fue el mejor candidato para el cargo de presidente). En medio de todo este entuerto de torpezas, errores, e impunidad, la pobreza no para de crecer, estamos en niveles pornográficos. El conurbano bonaerense, bastión electoral de la coalición gobernante, está minado por los estallidos sociales que aún pueden manejar con el silenciador de la asistencia pública. Pero evidentemente es cuestión de tiempo antes de que se produzca una implosión social. La foto y el video ya se “viralizaron”, veremos a la hora de contar los votos sus efectos. Todo pasa, y la impunidad también.

El Gobierno se encuentra más ocupado en apagar los incendios de sus propias torpezas y tratar de ganar la elección que en sanar una nación rota por años de impericia. Todos los que nos gobernaron dejaron un país peor que el que recibieron. Por eso es importante entender que lo que nos sucede hoy no es casual, no votamos por los mejores, votamos por el menos malo, y al hacerlo nos estamos condenando como sociedad al fracaso. Se quejan de la deuda recibida, pero nada dicen de la deuda que están creando en el gobierno actual. Hay que hacer las cuentas para entender que mientras tengamos un país que hace del déficit fiscal el padre nuestro de todos los días, no vamos a tener solución alguna que nos deje al menos subirnos a la lona.

Lo increíble no es que una sola persona -el Presidente- haya terminado de destruir la confianza en la casta dirigente y en la política. El suicidio público de su confesión y el hecho de cargar inicialmente la culpa en su pareja, para asumirla a los alaridos cuando se dio cuenta de su nuevo yerro, no tiene vuelta atrás. Llama la atención que la propia dueña del poder trate de hacer de cuenta que nada pasó y ni siquiera se queje -como lo hace cada vez que la nombran presidente- de la incriminación machirula de su pupilo. ¿Alcanza con decir “ordená todo lo que tengas que ordenar”? Alberto Fernández no solo se incendió a sí mismo, sino que le prendió fuego a la credibilidad de todo el arco político que le da sustento, a la vez que evidencia en su persona el error de cálculo en la elección de la dueña de los votos.

El pueblo sigue pagando los costos de la impericia de nuestros gobernantes y su vida de lujo a costa de los contribuyentes, mientras juegan al “juego de tronos”. La incertidumbre que vivimos nos afecta a todos, la política nos ha fallado una vez más. El escenario que tenemos por delante es complejo, en tanto convivir con el déficit público a pesar del “feroz” ajuste realizado durante este gobierno genera un nudo borromeo imposible de desatar. Nadie quiere hacerse cargo de sus propios errores. Nuestro futuro no luce promisorio.

Son las miserias de un hombre común devenido en un popular “frangollón”, al que le aplican un correctivo público por tomar agua del pico de la botella, como sí todo lo demás que sucedió jamás hubiera pasado. ¿Estamos todos tan mal? Umberto Eco tuvo la lucidez de decir: nadie pretende, como quería Platón, que los Estados sean gobernados por filósofos, pero no estaría mal que estuvieran en manos de personas con las ideas claras.

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