
Algunos candidatos de las próximas elecciones no viven en las provincias donde presentan sus candidaturas. Así sucede en Santa Fe, donde esto generó enojo de quienes están “fogoneando” en las redes sociales y convenciéndonos a los ciudadanos de a pie para que no los votemos, porque los postulantes nunca residieron en el territorio o porque hace más de dos décadas que se mudaron a otras provincias.
Lo mismo ocurre con los “outsiders” de la política, es decir, periodistas, actores, actrices o simplemente famosos que se postulan para un cargo. En este caso, la pregunta obligada es quién invita a estas figuras conocidas que prestan su cara para obtener más votos. Sin lugar a dudas, la respuesta es: la clase política, los mismos que debieran conquistar al electorado con sus ideas para transformar la sociedad.
La ética es la disciplina filosófica que se ocupa de la moral, su tarea es reflexionar acerca de lo que está bien o mal para una sociedad. Y, si bien todas las sociedades tienen un código moral, un conjunto de normas que regulan la convivencia, no hay reglas uniformes para todos, sino que se adecuan a las creencias, valores y estilos de vida.
Uno de los conceptos fundamentales de la ética es la idea del bien, tema que hizo correr ríos de tinta desde Sócrates hasta nuestros días. Uno de los referentes más importantes en el tema es Inmanuel Kant, quien en el siglo XVIII planteó el imperativo categórico, la máxima que sustentó durante mucho tiempo la moral social: debes obrar de tal manera que lo que hagas pueda convertirse en norma universal.
Sin embargo, los planteos éticos de estos días son muy diferentes a los de siglos atrás. Hoy, lejos de la máxima kantiana, universal y válida para todos, hay cierta indiferencia hacia la ética, cada uno hace lo que cree e interpreta según sus pareceres. Pareciera que hay una moral “a la carta”, sin obligaciones y adaptada a cada sujeto, sin valorar lo que piensan o hacen otros.
Ahora bien, quienes tienen un accionar público deben tener cierto cuidado porque son referentes en la sociedad, especialmente para los jóvenes, y el mayor y mejor legado que les pueden dejar es ser coherentes entre el decir y el hacer. Claramente no hay una ética universal que deje huella. No obstante, los políticos actuales y candidatos deberían esforzarse para que sus actitudes diarias sean ejemplificadoras, para que niños y jóvenes puedan verse reflejados en ellos y, entre todos, logremos la tan ansiada convivencia social en pos del bienestar de todos. De lo contrario, la política se irá desvalorizando y la credibilidad perdiendo cada vez más.
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