
El santoral católico está minado de personajes que cuantos más crueles fueron, más santos son. Tal es el caso del español Domingo de Guzmán, quien murió a los 51 años de edad hace exactamente 800 años, el 6 de agosto de 1221, y fue canonizado en 1234 por Gregorio IX.
Un antiguo escrito católico dice que antes de nacer, ya había señales de que él sería grande e importante: “Estando su madre encinta ella tuvo un sueño misterioso en el que le pareció ver a su hijo representado bajo el símbolo de un perro con un hacha encendido en la boca, y con él alumbraba y encendía a todo el mundo”.
La Iglesia también afirma que la propia Virgen María le entregó un Rosario como arma para usarlo en su guerra contra los herejes albigenses, una guerra que literalmente fue a muerte.
Una antigua pintura muestra a Domingo de Guzmán, arrodillado, recibiendo de la Virgen la referida cuenta religiosa. La imagen venía acompañada del siguiente texto: “No hay duda que quien merece y con sobrada razón el título de inventor y primer propagador del Rosario, es santo Domingo de Guzmán. Fue el primero que enseñó y predicó el Rosario con el método y orden admirable de meditar los misterios de nuestra fe repartidos en tres clases: de gozosos, dolorosos y gloriosos, que él aprendió de nuestra Señora”.
Sigue diciendo ese escrito: “Le fue inspirado por la Reina de los ángeles para destruir la herejía de los albigenses, los cuales ponían su lengua sacrílega en la pureza virginal; y por esto quiso el Señor oponer, a las injurias hechas a su Madre, alabanzas de su Madre. Y por medio de su Rosario, que aconsejó santo Domingo, rezaron los capitanes y soldados del ejército católico al mando de Simón de Monforte, lo cual les dio una insigne victoria. Perecieron de los herejes muchos millares, y sólo siete u ocho católicos”.
Otro prodigio que le atribuye la Iglesia es éste: encendió una hoguera y arrojó a la misma un libro católico junto con otro de los herejes cátaros. Estos, aunque eran católicos, ponían en duda las enseñanzas de Roma y rechazaban la existencia del infierno, del purgatorio, de la Trinidad, y además negaban la virginidad de María.
“Fue muy admirable el no haberse quemado el libro católico que echó el santo en la hoguera, que sí abrazó al instante el libro de los herejes”, consigna un documento eclesiástico.
Y, si se le quiere creer a la Iglesia, una noche el papa Inocencio III (el que ordenó “suprimir con la espada” a los albigenses) soñó que la Basílica de Letrán se venía al suelo pero que Domingo de Guzmán la sostenía como si fuera Sansón.
Tras este sueño, dice, el pontífice aprobó un proyecto del presbítero: la creación de la Orden de los Frailes Predicadores, quienes hoy son más conocidos como dominicos.
La masacre de cátaros
Afirma la Iglesia que “por imitar a Cristo” Domingo de Guzmán empezó a predicar a los treinta años en Francia, “donde la herejía de los albigenses hacía grandes estragos”.
En ese país, asegura, la Virgen se le apareció para darle el Rosario, diciéndole que dicho elemento era “un arma muy poderosa contra la herejía y contra los vicios”.
Según la Iglesia, “con el arma del santo Rosario salvó a los católicos y convirtió a cien mil herejes”. Pero la verdad es que en Francia hubo una horrenda masacre de cátaros, una comunidad religiosa opositora a Roma que vivía en Albi, al sur de Francia.
Con apoyo de los reyes franceses, pertenecientes a la dinastía de los capetos, los cruzados católicos mataron a unos 20.000 hombres, mujeres y niños albigenses.
El historiador Peter de Rosa destacó en su libro Vicarios de Cristo, el lado maligno del pasado, publicado en 1989: “Se ha calculado que en la última y más violenta persecución por el emperador romano Dioclesiano, en el siglo III, por todo el mundo entonces conocido murieron unos dos mil cristianos. Durante la atrocidad de la cruzada del papa Inocencio III contra los ‘herejes’ de Francia se dio muerte a diez veces más. Alarma descubrir que un Papa mató más cristianos que Dioclesiano”.
Un cuadro que vale más que mil palabras
Además de ser premiado con la santidad, Domingo de Guzmán se hizo tributario de otras infinitas condecoraciones. Inclusive, en homenaje a él un país caribeño lleva el nombre de República Dominicana y también en su honor la capital de dicho país se llama Santo Domingo.
Pero la verdad es que ese “gloriosísimo patriarca, gloria de España y luz del mundo” fue un depredador de vidas humanas, un asesino al servicio del papa Inocencio III.
Como “martillo de los herejes”, desplegó una gran actividad para barrer la herejía de la cristiandad.
Sobre su actividad, en el Museo del Prado de Madrid hay un cuadro que vale más que mil palabras. La obra que en 1495 hizo el pintor gótico-renacentista Pedro Berruguete por encargo del inquisidor Tomás de Torquemada, muestra a Domingo de Guzmán presidiendo una quema de herejes.
La pintura muestra a dos herejes que están siendo quemados, a alguien que arroja leña al fuego, y a la gente que observa el horrible espectáculo.
Se ve a otros tres condenados, atados, asistidos por una religiosa y custodiados por soldados esperando turno para ser también quemados. Del accionar del fuego es testigo, desde lo alto de su caballo, un oficial de justicia acompañado de dos guardias.
En la parte de abajo, un sacerdote invita a alguien a subirse al palco, donde uno sostiene una gran cruz, otros exhiben los papeles con las sentencias, y otros la Biblia.
En lo alto del palco están las principales autoridades del tribunal inquisitorial acompañadas de sus colaboradores. Uno, de gorro rojo, mira hacia quienes están muriendo abrazados por el fuego, y extiende las manos en actitud de alabanza a Dios.
Bien arriba, sentado en un trono, se ve al presidente del tribunal exterminador: Domingo de Guzmán.
Como los cátaros de Albión, los que terminaban en la hoguera eran gente a las que se mataba sólo por pensar distinto. Por no creer en lo que la Iglesia sostenía que debía ser creído.
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