Matar al mensajero: cómo los controles de cambio postergan la solución de los problemas de la economía

La propensión a controlar el mercado de cambio genera una mamushka de cepos que no hacen más que patear la pelota afuera

Cotizaciones en la city porteña (REUTERS/Agustín Marcarian/File Photo)
Cotizaciones en la city porteña (REUTERS/Agustín Marcarian/File Photo)

El mercado de cambios es en la economía argentina una de las principales cajas de resonancia de la política económica y uno de los principales canales de transmisión de la política monetaria. Es justamente un factor emergente ante las inconsistencias y/o shocks, no su causa.

Esta no es una característica única de la Argentina. En realidad, la mayoría de las economías emergentes que no tienen mercados financieros desarrollados, en general, y un mercado de bonos profundo y líquido que provea una curva de tasas representativa en moneda local, en particular, comparten dicha característica. En nuestro caso, las recurrentes crisis macroeconómicas probablemente la profundizaron por doble vía: al destruir el mercado financiero y la demanda por activos en pesos y potenciar la demanda de activos externos como cobertura.

Lo que sí se ha vuelto cada vez más exclusivo con el pasar de los años, es nuestra recurrente apuesta por matar al mensajero. Esa propensión repetida por anular y/o afectar el funcionamiento del canal cambiario. Lo hacemos rompiendo el mercado, restringiendo el acceso al mismo y propiciando el nacimiento y desarrollo de nuevos segmentos. Algunos formales y otros informales.

“Se ha vuelto cada vez más exclusivo con el pasar de los años, es nuestra recurrente apuesta por matar al mensajero. Esa propensión repetida por anular o afectar el funcionamiento del canal cambiario”

Este 2020-2021 no fue, ni es la excepción. Situación agudizada por las consecuencias de la pandemia. Y esta última vuelta de rosca, la decantación final en la “mamushka de cepos” actual, aparece como un nuevo ejemplo cabal. Tenemos al Banco Central (BCRA) interviniendo en paralelos con operaciones con bonos que consumen reservas (¿no habíamos encepado para evitar esto?) y a la Comisión Naconal de Valores (CNV) y el BCRA perfeccionando la segmentación y restringiendo el acceso a estos últimos paralelos intervenidos, para minimizar la perdida de reservas y el arbitraje. Es decir, hemos dado vida al CEPO del CEPO y la brecha de la brecha.

Pero, nuevamente, lo cierto es que la mayoría de nuestros vecinos no enfrentan los desafíos globales y regionales en el contexto de este mundo aún hiper-líquido aplicando un enfoque de Política Económica similar.

Argentina sigue matando al mensajero. Lo hace con el mercado de cambios. Lo hace con los otros precios. Y también cuando se pelea con las expectativas. El final siempre es el mismo. Matar el mensajero, lejos de solucionar algo, agrava el problema. En otras razones, porque ese proceder por si mismo pone de evidencia que el mensaje era relevante. El efecto confirmación es más que contundente.

Pero lo cierto es que el precio de los activos locales sigue muy bajo y el precio de la cobertura, el dólar es eso en Argentina, por las nubes. Y mientras se multiplican los debates, análisis y gráficos sobre qué tan barato están los activos locales, qué tan cara está la cobertura en términos históricos o, en sus versiones más profundas, qué tanto han divergido las expectativas, el árbol muchas veces termina tapando el bosque. Porque cuando el precio de la cobertura vuela o las expectativas divergen sostenidamente, es mucho más importante lo que eso nos dice sobre todo el resto.

“Desde antes de ser gobierno y conformar gabinete la actual administración no logra convencernos, a los ciudadanos, dentro de ciertos márgenes más o menos razonables y más allá de imprevistos, que no estamos incubando una nueva crisis macroeconómica”

Si el dólar financiero está caro en términos históricos se lo mire como se lo mire, como muchos colegas buscan enfatizar, el problema ni es del dólar, ni de los que demandan cobertura. El problema es del esquema de política económica y del gobierno, que no logra cumplir con una de sus tareas más básicas y necesarias para poder aspirar alguna de las tantas otras: Anclar expectativas, proveer horizonte.

Desde antes de ser gobierno y conformar gabinete la actual administración no logra convencernos, a los ciudadanos, dentro de ciertos márgenes más o menos razonables y más allá de imprevistos, que no estamos incubando una nueva crisis macroeconómica de la cual hay que cubrirse mientras se pueda, porque la oferta de cobertura será cada vez más escasa y cara. Más terrenal, no logran convencernos de que “está vez va a ser diferente”

Consecuentemente, la demanda de activos locales, en general, y la demanda de pesos en particular, se contrajeron en la previa y nunca se recuperaron sostenidamente, más allá de los efectos transitorios de las restricciones sanitarias. La Administración Fernández lejos de reconocer dicha situación, la potenció con una tasa de interés local sostenidamente negativa. Es decir, apalancó la demanda de cobertura en activos externos o sustitutos (y la absorción de transables), haciendo que todo lo malo pase más rápido, en el contexto de una emisión monetaria que, al calor de las necesidades fiscales propiciadas, primero, por la pandemia y, luego, por el proceso electoral, debería, por lo menos, haber llamado a la prudencia por ese lado.

Pero nada. La pelota, hasta ahora, siempre se pateó afuera. Poner la culpa en las obligaciones con el FMI y el Club de París es más de lo mismo. El problema siempre fue y será de enfoque. El acuerdo con el FMI es importante como oportunidad para propiciar un cambio de este. La demanda de un Plan lo es. Desaprovecharlo e, incluso, pagar altos costos para dilatarlo, es contraproducente. Porque vuelve a dinamitar el horizonte, confirmando expectativas negativas. De la misma forma que lo hace agárrasela siempre con el mensajero.

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