
No debería sorprender la suba del dólar blue sobre el fin de la semana pasada, la calificación de MSCI en que prácticamente dice que Argentina no existe para el mercado financiero o la evolución del resto de los indicadores económicos que ya estaban marcando que esa suba se iba a producir en algún momento.
La economía argentina tiene un fenomenal desajuste macroeconómico que se va profundizando con el correr de los meses. Por empezar, hay un gran desajuste en el mercado monetario, fruto del desajuste fiscal. Si bien el Banco Central declara tener USD 42.000 millones de reservas, la realidad es que la mitad de ese número es el swap con China; es decir, no son dólares de libre disponibilidad. Hay USD 11.000 millones de encajes que son propiedad de los depositantes en dólares en el sistema financiero, el crédito con el BIS, DEGs y otros rubros terminan de reducir las reservas netas a USD 3.000 millones en un escenario optimista. De alguna manera este número se confirma cuando Argentina posterga el pago de USD 2.400 millones al Club de París. Si el BCRA tuviera las reservas que declara, no estaría complicándose con el Club de París por solo el 5% de sus tenencias.

Con las reservas netas de USD 3.000 millones tiene que respaldar la base monetaria y el stock de Leliq y pases netos por $6,2 billones. Esto quiere decir que el BCRA tiene un dólar por cada $2.067 de base monetaria y deuda remunerada. En otras palabras, si el BCRA quisiera rescatar todo su pasivo en pesos y de Leliq y pases, el tipo de cambio sería algo más de $2.000 por dólar.
Pero no es este solo el desequilibrio monetario que hay. La deuda del BCRA en Leliq y pases devenga un interés anual de $1,5 billones en tanto que en el presupuesto se prevé un déficit fiscal financiero para 2021 de 1,5 billones de pesos. En otras palabras, el gasto cuasifiscal es igual al déficit fiscal.
Al desequilibrio monetario y fiscal hay que agregarle el atraso del tipo de cambio oficial que viene aplicando el BCRA, el atraso de las tarifas de los servicios públicos para tratar de ganar las elecciones y los controles de precios. Parece bastante obvio que semejante impericia para manejar la economía puede terminar en otro rodrigazo, es decir, en un fenomenal aumento del tipo de cambio, de las tarifas de los servicios públicos y disparada inflacionaria, escenario que el mercado podría anticipar antes de las elecciones.

Si bien el ministro Martín Guzmán sostuvo esta semana que no hay ninguna posibilidad de una devaluación luego de las elecciones, lo cual hizo recordar a la famosa frase: el que apuesta al dólar pierde, el gran interrogante es si el gran ajuste se producirá antes o después de los comicios de noviembre.
El gobierno tiene algunas herramientas para llegar a noviembre evitando una crisis cambiaria, pero eso no quita que luego de las elecciones no haya que enfrentar un ajuste de dimensiones importantes en un contexto de pobreza, indigencia y desocupación nunca antes alcanzado. O sea ajuste por las buenas o por las malas con gran pobreza y desocupación.
Pero el problema de fondo no es solamente la corrección de los precios relativos (tipo de cambio, tarifas de los servicios públicos, etc.), el problema de fondo es la falta de credibilidad que hoy tiene la dirigencia política argentina en su conjunto para atraer inversiones, crear puestos de trabajo y darle un horizonte de prosperidad a la población.
El gobierno actual no tiene un proyecto de crecimiento económico, sino que tiene un proyecto de poder político autocrático. Nada se puede esperar hacia el futuro porque su proyecto político va en contra del contexto institucional que requiere Argentina para atraer inversiones, único motor del crecimiento.
Las elecciones de noviembre solo definen si vamos a un proyecto político autocrático rumbo al chavismo o se evita ese camino, pero nada se puede esperar ya de este gobierno porque ha perdido toda credibilidad, si alguna vez la tuvo, para atraer inversiones y hacer crecer la economía.
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