
[Esta nota es una respuesta a la columna de opinión de Baby Etchecopar: “Chau Cervantes”]
Leer el Quijote a los nueve años, además de un milagro, supone que la lectura consiste en el acto pasivo de dejar que nuestros ojos viajen por encima de la corteza de las palabras que encontramos escritas sobre un papel. Eso no es leer. Leer es un proceso bastante más complejo que implica por lo menos la comprensión y el disfrute de aquello que leemos.
La lengua de Cervantes es la nuestra.
Y también no lo es.
Las lenguas cambian. Constantemente. Tanto cambian que el Quijote no habla como los lectores de su época. Dice, para dar un ejemplo fácil, que su señora Dulcinea es fermosa. No dice hermosa, dice fermosa. Eso provocaba la carcajada de sus contemporáneos, esa efe había caído en desuso varias décadas antes de la aparición del libro de Cervantes.
El castellano de principios del siglo XVII era una lengua vacilante. No había fijado todavía la grafía de muchas de sus palabras. Así las cosas, y también a modo de ejemplo, en el Quijote uno puede encontrar que un mismo vocablo a veces está escrito con b y otras con v. Y esa decisión ni siquiera era tomada por el escritor, en este caso Cervantes, sino por el imprentero, aquel señor que era el encargado de pasar a tipos móviles los manuscritos repletos de tachaduras y múltiples agregados en los márgenes que llegaban a sus manos.
El Quijote fue un libro político, solo haría falta que el señor Etchecopar revisara el prólogo de la primera parte, ahora que tiene más de nueve años y ya puede comprender aquello que lee. Y un libro político, además, respecto de la lengua castellana y sus vacilaciones.
El lenguaje inclusivo también es un asunto político.
De esta época, no de comienzos del siglo XVII.
Una operación que pone de manifiesto el machismo de la lengua. Lo muestra. Lo exhibe. Una manera de exponer, desde el sitio fundacional de la identidad, las desigualdades de género. Un juego político serio.
No sabemos si tendrá éxito o no lo tendrá.
En este caso, con éxito me refiero a si conseguirá plasmar transformaciones profundas en el castellano. Intuyo que no: las lenguas se modernizan haciéndose más fáciles, nunca haciéndose más complejas y la creación de un neutro en una lengua que no lo posee es una complicación que el castellano no creo que pueda soportar. Pero algunas cosas quedarán. Seguramente palabras sueltas. Modismos.
El éxito político de exhibir las desigualdades genéricas a partir del inclusivo, en cambio, no hay dudas de que ya se está dando; su artículo, señor Etchecopar, es una muestra cabal de ello.
Una última cuestión. Mi abuelo, que vivía en el campo, llamaba biógrafo al cine y boticas a las farmacias. Yo no. Y la lengua madre, como usted la llama, no existe: las formas actuales del castellano tienen bastante poco que ver con el castellano del Quijote o de los narradores del Quijote. Se puede ser más o menos conservador, como mi abuelo o como usted, señor Etchecopar. Una lengua, cualquier lengua, si quiere sobrevivir, si pretende ser vital, no puede ser conservadora. Jamás.
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