
No es fácil sobrellevar esta pandemia sin cometer errores o equivocaciones culposas cuyo responsable, o responsables, resultan la mayoría de las veces difíciles de determinar.
Lo grave lo constituye el hecho de no reconocer errores, la ausencia de intentos de corrección y la carencia de un sentido común basado en el bien de todos que finalmente nos ayude a superar estos momentos.
Pareciera que el egoísmo, la falta de mirar más allá del propio ombligo, fuese la meta que todos debemos alcanzar, cueste lo que cueste y caiga quien caiga. Incluso, muchas veces, a costa de alguno de nuestros seres queridos o de nuestros compañeros o amigos.
La definición de contacto estrecho apunta a un par de parámetros. Por un lado se refiere a la persona que ha proporcionado cuidados o compartido hábitat con un caso confirmado mientras este presentaba síntomas o durante las 48/72 horas previas al inicio de síntomas y que no haya usado las medidas de protección adecuadas. Por el otro, a aquella persona que haya permanecido durante al menos 15 minutos a una distancia menor a dos metros con un caso confirmado mientras este presentaba síntomas, o durante las 48/72 horas previas al inicio de los síntomas, y como ejemplo podemos considerar a la familia, las visitas, los compañeros de trabajo, o aquel con el que hemos compartido un transporte. Cuarenta y ocho a 72 horas parece ser la clave del error, sumado a que la mayoría de las veces los períodos asintomáticos u oligosintomáticos no son tomados en consideración.
Pese a la clara definición, resulta evidente que nunca se tuvo del todo claro a quién llamar “contacto estrecho” ni el modo de proceder con ellos. Hace un año, cuando el COVID-19 daba sus primeros pasos entre nosotros, los epidemiólogos plantearon una curiosa clasificación de los contagios, dividiéndolos entre importados, circulación comunitaria y, entre ambos, los referidos contactos, como si el hecho de ser conviviente o haber estado cerca de una persona contagiada y asintomática durante 15 minutos no fuese el primer eslabón de la cadena de circulación y dispersión del virus entre la comunidad. Evidentemente se ignoró la rapidez del contagio, y que tanto asintomáticos como oligosintomáticos constituían y constituyen el principal y necesario factor contribuyente a una diseminación tan rápida y extensa desde la lejana ciudad de Wuhan en China.
Un porcentaje elevadísimo de los pacientes cursan la infección con pocos o ningún síntoma, y el rango del período de incubación de la infección, si bien tiene un promedio de 5-6 días, puede extenderse hasta los 14. Más aún, hay quienes han encontrado períodos de incubación de hasta 24 días y 34 días. ¿Quién podría recordar, pasado tanto tiempo, cuál fue el contacto estrecho que pudo haberlo contagiado? Y si lo recordase, no es lo mismo 15 minutos a 20 centímetros que 15 minutos a 2 metros, sin desestimar la importancia de que el contacto se haya producido en un lugar cerrado, en uno ventilado o al aire libre y en día ventoso debido a la posibilidad de contagio por aerosoles.
Por otra parte, durante varios meses el control de aislamiento se limitó a los portadores del SARS CoV-2, sin extremar las precauciones sobre quienes lo rodeaban (contactos estrechos muchos de ellos), y aunque más tarde se corrigió esta medida, la vigilancia sobre estos últimos siempre se percibió como más laxa.
Ahora, ya en plena campaña de vacunación, la confusión dio un nuevo paso. Igual que en el resto del mundo, y de manera correcta, se decidió inyectar las primeras dosis al personal de salud. Sin embargo, nadie pensó en los contactos estrechos de dicho personal, y que la vacuna sólo previene las consecuencias de la infección, pero no está demostrado que la prevenga.
El ámbito sanitario, sin duda el más proclive al contagio, sobre todo durante el repetitivo y farragoso momento de quitarse los EPP (elementos de protección personal) cada vez que se abandona un área donde se encuentran enfermos por coronavirus, conforma al mismo tiempo el primer foco de expansión. Y lógicamente, una vez que se termina la jornada laboral, serán los convivientes del personal de enfermería, limpieza, conducción de ambulancias, médicas y médicos que pasan varias horas al día en un ambiente con elevado riesgo de contaminación, los que pueden infectar al familiar cercano llevando a su casa el virus antes que los síntomas.
Habilitar la inscripción indiscriminada en los programas de vacunación prioritaria de “personal de salud” motivó que todas las personas ligadas a cuestiones sanitarias tuviesen la posibilidad de recibir la vacunación para el COVID, sin tomar en cuenta las características de sus tareas. En el paquete quedaron incluidos desde biólogos que trabajan en laboratorios sin ninguna relación con el SARS-CoV-2 hasta psicólogos y psiquiatras que en este período de pandemia tratan a sus pacientes de manera virtual pasando por dentistas que tenían cerrados sus consultorios y aquellos que mantienen al día una matrícula aunque lleven años sin ejercer sus profesiones. En cambio, madres, padres, hijas, hijos, hermanos y parejas del personal de salud - es decir, sus contactos más estrechos y los que más posibilidades tienen de contagiarse y propagar el virus - continúan aún esperando su turno, sometiendo así a aquellos que trabajan en el frente de batalla al permanente cargo de conciencia que puede ocurrir al infectar a sus familiares (contactos estrechos).
Algo parecido podría decirse de la gente que trabaja en puestos que obligan a contactos permanentes con multitud de personas en ámbitos más o menos cerrados. En estos días, los conductores de colectivos del AMBA se manifestaron pidiendo ser vacunados de manera prioritaria; el mismo derecho les cabría, por ejemplo, a quienes transcurren su jornada atendiendo en la caja de cualquier supermercado. Y desde ya, a los alumnos que concurren a clase en los distritos donde está permitido hacerlo o que decidieron no cumplir la medida dictada por el Gobierno Nacional. Dicho de otro modo, no tiene ningún sentido vacunar a los docentes si al mismo tiempo no se vacunan a quienes se sientan en los pupitres.
Todos ellos, -choferes, cajeras, profesores y sus alumnos- comparten con los integrantes del grupo familiar más íntimo del personal sanitario los criterios definidos como “contacto estrecho”, pero salvo que tengan más de 60 años o una comorbilidad previa, ninguno ha sido aún vacunado. Otra decisión equívoca para sumar al reino de las confusiones. Si las infecciones no disminuyen, y consecuentemente tampoco disminuyen los fallecidos, deberíamos considerar agilizar nuestro pensamiento lateral porque, evidentemente, algo mal hacemos.
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