
Algo tiene esa famosa persona y personaje. Un no sé qué, ¿viste? José Alperovich, tres veces gobernador de Tucumán. Uno no queda igual después de escucharlo -no es un Cicerón pero se las arregla- y de verlo. Es posible que haya mujeres y hombres agraciados por una manera magnética y cálida de ser y una corriente grata, tibia, que avanza hacia los demás. Tal vez al buen servidor del pueblo no le haya tocado esa ficha: predomina en cambio una sensación de malestar indefinible pero bien perceptible de perturbación de estómago; indefinible, pero que pasa, pasa.
¿Es acaso justo evaluar a quien ha sido tantas veces gobernador de Tucumán? ¿No es acaso un prejuicio próximo a presentarse ante el INADI y a su responsable Victoria Donda aún en este tiempo exigente cuando tiene que pasar la aspiradora ella misma? No lo creo. Eso es todo. Alperovich parece descontracturado. Cuenta una biografía no autorizada que el buen José hacía pocas reuniones de gabinete, aunque a menudo se presentaba en pijama, en jogging y aún en calzoncillos, actitud que señala un talante campechano y sencillo. También dice –una mínima contradicción que puede ocurrirle a cualquiera- que llenaba su escritorio de micrófonos ocultos para farfullar tranquilo. Rasgos de un carácter algo complejo, mucho mejor, me parece, que el de un simplón opaco y lineal.
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Con la oposición del patriarca don León, el padre, José se alejó unos pasos en busca de política y poder para dejar la fortuna laboriosa de la familia. Empezó por el radicalismo, con ritmo sostenido se arrimó a la sombra del peronismo que era donde el pueblo apostaba a ganador. Casado ya con Beatriz Rojkés -en su momento senadora en la línea de la sucesión presidencial sin ninguna formación en esos oficios-, cruzó el Rubicón con la ayuda del también gobernador Julio Miranda, ganador del récord de mortalidad infantil entre las provincias. El bromista Alperovich hizo un discurso criticándolo. Las traiciones lubrican la rueda de la Historia. José había llegado.
Nubarrones
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Hoy senador con licencia sin sueldo por tiempo indefinido, prepara su defensa ante las denuncias de una sobrina a la que habría sometido varios años a abusos sexuales. Él lo niega, arguye que es inocente de las acusaciones muy detalladas y dramáticas de la presunta víctima. Pero ya sabemos cómo es el vecindario: no para de hablar mal y soltar calumnias.
¿Y el arriero?
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El arriero va y las vaquitas son ajenas. Al menos en este caso. Unos cuantos novillos, más de doscientos, se encontraron durante un allanamiento en el campo La Galesa, propiedad de Alperovich en Santiago del Estero, como parte de un- caramba- robo de hacienda de tres mil quinientas cabezas del que se responsabiliza al anterior presidente de La Rural de Jesús María, ya expulsado. ¡Pero será posible que ni en el campo dejan tranquilo al tribuno!
En su explicación sostiene que le debía una suma, una deuda por cosas comerciales, y pagó con esos animalitos de Dios. Puede ser. Ni siquiera ha sido imputado. Los vacunos tienen una marca, no sé, ese detalle no queda claro.
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Bien, en fin. ¿Cómo terminará lo de la sobrina, lo del cuatrerismo que en parte llegó a La Galesa? Quién sabe. Dejemos en paz a nuestra persona y personaje.
Piensen en cosas más alegres. Vean por ejemplo la foto subido a un camello en shorts de nylon y zoquetes. Relaja.
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