
Estamos averiados en la Argentina. El sistema democrático funciona, es el número 46 del índice que elabora The Economist sobre el número total de unos 196, donde se incluyen países soberanos, determinados protectorados o con una interrelación casi simbiótica con otros. Pero con sus poderes independientes y selección de representantes por el voto. Así, desde ese lugar de la lista, vemos frente a nosotros una democracia y unas instituciones frágiles: muchos de los elegidos no creen sino en otras opciones, aunque se ubiquen en sus asientos, maniobren y lleven metro a metro las maneras de roerla y ocuparlos. A la cabeza marchan las naciones escandinavas, monarquías parlamentarias y si no perfectas admirables democracias (¿vieron “Borgen”?). De paso, sale en los índices de vivir con mayor felicidad con un relación secular y afectiva sólida de sus coronas, muy populares.
Que nadie piense que uno piensa en una monarquía para nuestro lugar, por favor. Una República tal como nació y a pesar de mucha sangre, guerras, degolladeros, torturas indecibles, hiperinflaciones, odios intensos, terrorismo, cuerpos al mar, una guerra pero no para su reivindicación sino para prolongar una agonizante dictadura, y sigue de pie. Sería absurdo, aunque haya quienes diseñan una monarquía absolutista disfrazada de revolución -todas ellas acaban en regímenes tiránicos-. De todos modos la idea está, en la herrumbrada democracia ” burguesa”. Dentro de ella.
Acusaciones muy severas y peligrosas, corrupción, delincuencia, la posibilidad de crímenes políticos, decepción y cualquier brisa de grandeza para conseguir un acuerdo y salir del lodazal parece utópico. Es que la desconfianza se ha adueñado, y no empezó hace poco, de las partes a uno y otro del alambrado. Y no hay vacuna para esa infección. ¿Cómo encontrar el acuerdo con que se amaga cuando las posiciones están clavadas y no hay capacidad, ni entrega, ni inteligencia suficientes? La desconfianza entre gobernados y gobernantes en general, entre gobernados y opositores de los gobernantes, más partidarios del Gobierno y adversarios-enemigos, así entre todos, todos, una gran mancha de petróleo en el mar. Así como la vergüenza si se pierde no se puede encontrar (ver Hernández, Fierro, consejos a los hijos), otro tanto, me parece, ocurre con la desconfianza: se puede pegar el jarrón, pero nunca será igual.
Hay que exigir subir, mejorar, salir de esta pesadumbre, esta pobreza y tanta y corrosiva falta de confianza. Ahora mismo, en la cuerda floja y con la moneda en el aire.
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