
El llamado que hiciera Francisco ocho años atrás en ocasión de su asunción guarda relación con un primer gesto de humildad que sellaría su pontificado. En aquella noche romana, le pidió al pueblo que invocara la bendición de Dios sobre él. Es decir, colocó al hombre en el centro de su tarea.
Desde entonces, hemos escuchado y leído sus acciones que, interpretadas ocho años atrás, exhiben sin contrastes una lógica esbozada ya en Buenos Aires. Su constante inquietud por llegar a las periferias de la existencia, aquellas que no brillan en el mundo de hoy, lo llevaron a mostrar los padecimientos de los migrantes, las angustias de los perseguidos a causa de su fe, las secuelas de las guerras que no cesan o incluso, hasta en nuestros días, la inequidad del sistema de distribución de las vacunas.
Francisco nos convoca en una misión que excede al mundo cristiano al denunciar sin tapujos que “nadie se salva solo”, en lo que conforma una exhortación a cuidarnos entre todos y cuidar la casa que habitamos, la “casa común”.
Su constante prédica en favor de la paz y su abrazo generoso con referentes de las grandes religiones deja en claro también que, aún en nuestras diferencias, todos somos hijos de un mismo padre. Suena extraño que, en un país convulsionado siempre por las grietas que nos distancian, resultarían superables –con una mirada en perspectiva- comparadas con las diferencias étnicas o religiosas que imperan en otras latitudes y dificultan la convivencia.
Han sido ocho años de aprendizaje para muchos. Un aprendizaje compartido y cercano a pesar de la distancia que separa Roma de Argentina. Un camino que hunde sus raíces en el pobre de Asís y nos revela que aquel hombre del medioevo tiene en Francisco nuevas cosas para decir aún al mundo.
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