Biden, Medio Oriente y la sombra de la Primavera Árabe

La orientación de la política exterior del nuevo presidente de Estados Unidos ha generado gran expectativa. Su asunción coincide con el décimo aniversario de uno de los fracasos más notorios de la historia reciente

Joe Biden, presidente de los Estados Unidos
Joe Biden, presidente de los Estados Unidos

Corrían los primeros días del año 2011, cuando la acción individual y desesperada de un hombre dio inicio a una serie de levantamientos civiles a lo largo del llamado Mundo Árabe provocando una de las transformaciones más decisivas en la región desde los tiempos de la descolonización y el surgimiento del nacionalismo árabe.

Un hecho que pudo ser intrascendente dio inicio a los sucesos. El 17 de diciembre de 2010, indignado por el accionar de las autoridades, un vendedor ambulante de nombre Mohamed Bouzizi se prendió fuego en la localidad tunecina de Sidi Bouzid. El incidente disparó una ristra de acontecimientos encadenados que pasarían a la Historia reciente bajo el nombre de “Primavera Arabe” y que alimentarían especulaciones aventuradas sobre el surgimiento, de la noche a la mañana, de una ola democratizadora en la región.

En Túnez cayó el presidente Zine al Abedine Ben Alí, titular durante dos décadas de un gobierno autoritario -aunque comparativamente menos represivo que otros de la región- que había mantenido relaciones cercanas con las naciones europeas. La partida de Ben Alí al exilio abrió un proceso de transición a través del partido moderado Ennahda (“Partido del Renacimiento”). Pero el caso relativamente positivo de Túnez era tan sólo el primer capítulo de una serie por entregas.

Rápidamente, el malestar se trasladó a Egipto. Casi cien millones de habitantes hacen de Egipto el país más poblado del mundo árabe. El 25 de enero de 2011, una enorme manifestación colmó la plaza de Tahrir, en pleno centro de El Cairo. Algunas actitudes del presidente Hosni Mubarak -tales como su pretendida intención de colocar a su hijo Gamal como sucesor- habían terminado de enervar a las masas. Mubarak había intentado provocar un cambio de régimen tornando una dictadura militar en una monarquía hereditaria. Una multitud tomó las calles, exigiendo su renuncia. El gobierno se vio obligado a reprimir para intentar reponer el orden público despertando una ola de condena en los medios occidentales.

Los hechos en Egipto generaron un debate interno en la Administración Obama. El titular de Defensa, Robert M. Gates, escribió en su libro Duty: Memoirs of a Secretary at War (2014) que tanto él como la secretaria de Estado Hillary Clinton y el asesor de Seguridad Nacional Thomas Donilon aconsejaron “paciencia y cautela”. La misma actitud asumió el Vicepresidente Joe Biden. Por el contrario, otros asesores de la Casa Blanca, como Dennis McDonough, Ben Rhodes, John Brennan y Tony Blinken (nominado próximo secretario de Estado) se mostraron partidarios de apoyar un rápido cambio de régimen. Obama pareció adoptar ese curso de acción días más tarde. Acaso respondía a sus convicciones idealistas. En un recordado discurso en la Universidad de El Cairo, en junio de 2009, había adelantado que la región vislumbraba “un nuevo comenzar”.

Mubarak era un autócrata. Su régimen de tres décadas era visto como corrupto y represivo. Pero también un firme aliado de los Estados Unidos. Había mantenido los acuerdos con Israel firmados por su antecesor Anwar Sadat en 1979 y había participado en la coalición liderada por Washington que recuperó la soberanía estatal de Kuwait tras la invasión de Saddam Hussein en 1990.

Pero la Casa Blanca abandonó a Mubarak. O al menos éste así lo entendió el 1 de febrero de ese año, cuando procuró explicarle al presidente norteamericano en un diálogo telefónico: “Tú no conoces esta zona del mundo... y eres muy joven”. Los intentos del líder egipcio resultaron inútiles. Ese mismo día, irritado con Mubarak, Obama proclamó durante una conferencia de prensa que la transición en Egipto debía comenzar “inmediatamente”.

La caída del régimen de Mubarak dio paso al triunfo electoral de la Hermandad Musulmana y a la breve experiencia del gobierno de Mohamed Morsi. La posibilidad de que Egipto quedara sometido bajo una teocracia islamista encendió luces rojas. Esos temores condujeron al golpe militar contrarrevolucionario que llevó al poder al general Abdel Fattah Al Sisi (hasta entonces ministro de Defensa) quien impuso una suerte de retorno al statu quo a través de una restauración del poder de las fuerzas armadas y un aumento de la represión interna. A la Revolución le había seguido su Termidor.

Los sucesos en Egipto revivieron los recuerdos de 1979, cuando la Administración Carter le “soltó la mano” al Shah Mohammed Reza Pahlevi en Irán. Si Obama había “entregado” a Mubarak, ¿qué podían esperar otros gobiernos pro-occidentales de la región? La experiencia traumática de la aventura en Irak de 2003 era demasiado reciente y los actores clave de la zona vieron un nuevo factor de desestabilización.

Pero la “Primavera Arabe” no se agotaría en Túnez y Egipto. En Bahrein surgieron violentas manifestaciones. Un dato estructural complicaría la realidad. Dos terceras partes de la población de Bahrein son shiítas, pero su gobierno es sunnita y conserva una dependencia respecto de sus vecinos saudíes. Estos, naturalmente, advirtieron que detrás de las protestas en Manama se escondía la mano de los ayatolas de Teherán. La familia reinante (Al Jalifa) conservó el poder en Bahrein pero a costa de una intervención armada saudí y de los EAU.

Aquel año 2011 también sería testigo de la caída del coronel Muammar Gaddafi. El cambio de régimen en Libia se produjo en medio de una caótica intervención de países occidentales y se completó con la muerte violenta del excéntrico tirano quien gobernaba el país desde 1969. Antiguas disputas tribales revivieron y una guerra civil estalló. La violencia se apoderó del país y en un giro dramático el propio embajador de los Estados Unidos Christopher Stevens fue asesinado cuando un grupo de militantes islamistas atacó el consulado norteamericano en Benghazi meses más tarde. El descenso de Libia en el infierno terminó transformando al país en un estado fallido en el que su territorio se tornó en el escenario de luchas de potencias extranjeras, una realidad que persiste hasta nuestros días.

En Yemen una serie de protestas provocaron la caída del gobierno de Alí Abdullah Saleh, quien había unificado el país en 1990. El malestar con el ineficaz y cleptocrático régimen de Sana revivió intentos separatistas que derivaron en una guerra civil que enfrentó a las autoridades del gobierno central -auspiciado por Arabia Saudita- y los rebeldes hutíes fomentados por el régimen iraní. Yemen se convirtió en el teatro de operaciones de una guerra proxy en la que compiten los dos protagonistas centrales de la región, Riad y Teherán, con la consecuente catástrofe humanitaria que dura hasta hoy.

En tanto, el devenir de los acontecimientos durante aquel año de 2011 marcaba que la caída del régimen sirio era una posibilidad altamente probable. No obstante, gracias a la ayuda de Rusia -y en menor medida de Irán- el gobierno encabezado por Bashar Al Assad pudo sostenerse en el poder. Pero un drama inenarrable esperaba a Siria. Una guerra civil interminable se cobraría la vida de medio millón de personas y millones fueron desplazados. La rebelión contra el régimen de Damasco fue copada por militantes islamistas y hacia 2014 el llamado Estado Islámico (ISIS) logró controlar una franja importante del territorio sirio e iraquí.

Lo cierto es que la llamada “Primavera Arabe” impactó a todos los actores del sistema quienes fueron sorprendidos “con la guardia baja”. Durante años, los informes de los servicios de inteligencia occidentales que advertían sobre el descontento en la población -especialmente entre los jóvenes- fueron ignorados. Como explicó el ex canciller israelí Shlomo Ben Ami, la “Primavera Arabe” expuso la fragilidad innata de muchos de los estados afectados y que a pesar de los aparatos militares represivos, la falta de una sólida legitimidad y la reiteración de frecuentes elecciones amañadas, dejaron a la vista su vulnerabilidad frente al tribalismo y a los sentimientos islamistas.

Henry Kissinger advirtió tempranamente en una columna en el International Herald Tribune el 2 de abril de 2012 que el proceso abierto podía derivar en gobiernos muy débiles o con orientaciones muy anti-occidentales tendientes a ganar el sustento de la opinión y que “la revolución debe ser juzgada por sus resultados y no por sus proclamas”.

El príncipe heredero de Abu Dhabi Mohammed bin Zayed (MBZ) explicó que al permitir la caída de Mubarak y al aceptar el triunfo electoral de Morsi, la Administración Obama había generado la extendida impresión de que los Estados Unidos no eran un socio confiable. Años más tarde, esa percepción de traición se vería confirmada cuando Obama impulsó la negociación del acuerdo nuclear iraní -con las naturales inquietudes en Israel- y por su declarada vocación de reorientar sus prioridades estratégicas hacia el Asia Pacífico (Pivot to Asia).

La actitud de la Administración Obama contrastó con la del presidente de la Federación Rusa Vladimir Putin quien en todo momento buscó reforzar el concepto de que Moscú es un aliado leal que no abandona a sus socios y amigos en problemas. Esta realidad quedaría demostrada especialmente en el caso de Siria donde Putin buscó sostener al gobierno de Al Assad procurando mantener las estratégicas bases de Tartús y Latakia, dos posesiones en el Mediterráneo que el Kremlin conserva desde la década del setenta a partir de la cercanía de Hafez Al Assad (padre del actual presidente) con el líder soviético Leonid Brezhnev.

La Historia suele juzgar a los hechos a la luz de las consecuencias que de ellos se derivan. Diez años más tarde resulta evidente que la llamada Primavera Arabe se consolidó en un fenomenal fracaso.

La frustración por el desenlace se vio incrementada cuando la realidad exhibió que en lugar de un florecer democrático, -con la excepción del caso de Túnez- tuvieron lugar una serie de retrocesos marcados por restauraciones autocráticas, guerras civiles, estados fallidos, expansión del jihadismo y el surgimiento de un califato que a mediados de 2014 llegó a controlar un territorio equivalente al de Gran Bretaña. Demasiadas decepciones para tantas ilusiones. Una combinación de ignorancia y soberbia había guiado a observadores a fantasear con un Medio Oriente imaginario que marchaba hacia una democratización.

La historia se encargaría de desmentirlos. En la década siguiente, la región lució más desordenada que nunca. El embajador Atilio Molteni explicó que en Medio Oriente se despliegan al menos tres crisis simultáneas. La primera, la ancestral disputa entre sunnitas y shiítas y que en las presentes circunstancias históricas enfrenta a Arabia Saudita con Irán. La segunda, la que tiene lugar entre Israel e Irán. Y la tercera la que subsiste entre israelíes y palestinos.

En tanto, una nueva administración ha asumido el poder en los Estados Unidos, la nación que sigue siendo la principal potencia global y cuya aproximación realista o idealista frente a la compleja realidad de Medio Oriente seguramente tendrá una incidencia fundamental en los acontecimientos de los años por venir.

Hans J. Morgenthau enseñó hace siete décadas que el mundo era el resultado de las fuerzas inherentes a la condición humana. El fracaso de la llamada “Primavera Arabe” pareció revivir aquella lección, al mostrar cómo a pesar de las buenas intenciones y las esperanzas, la realidad a menudo se ocupa de desmentir las ensoñaciones.

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