Los lentes del feminismo

Necesitamos dejar de ver a la otredad como tal y, en cambio, abrirnos a la posibilidad de un mundo diferente

Zoe Hochbaum
Zoe Hochbaum

A los doce años me diagnosticaron astigmatismo e hipermetropía (una sola cosa no podía ser) y, desde entonces, uso anteojos todos los días, todo el tiempo. Mi imposibilidad de ver con claridad tanto los objetos lejanos, como los próximos, me ha hecho revalorar la vista de un modo diferente; agradecer la posibilidad de un horizonte más claro, de un horizonte en foco.

Aquellxs que usan o han usado lentes para leer, saben lo que significa pasar de ver a ver bien. Cuando unx sufre de astigmatismo, hipermetropía, miopía, entre otros, ese “ver bien” se vuelve tan adictivo que tu ojo te pide más y más aumento cada año. No hay como el disfrute de ver con lentes de aumento; tu ceño reposa, tus párpados se relajan y tu mirada enfoca, por fin enfoca.

Ver con claridad es un lujo del que muy pocos pueden disfrutar sin ayuda. Incluso, muchas veces, hay quienes creen ver bien hasta que se ponen por primera vez un par de anteojos y es entonces que su vida cambia. Con esto no quiero militar el uso de lentes ni mucho menos, sino reparar y repensar lo que significa ver y ver bien.

“Nuestro pasado hace a nuestro presente”, dicen algunxs. A mí, por el contrario, me gusta pensar que nuestro presente hace a nuestro futuro, y mejor aún, que nuestro presente hace a nuestro presente. Si mi identidad fuera solo en base a mi pasado, hoy no podría ser quién soy, ni pensar lo que pienso, ni decir lo que digo. Nací en un sistema patriarcal opresor del que, incluso aquellxs que tuvimos la suerte de tener una familia abierta, cariñosa, inclusiva, sufrimos las consecuencias. Cuando iba a la primaria, estar indispuesta era estar sucia, masturbarse ser puta y ser homosexual, raro. Hace un tiempo me pregunté cómo, si yo había sido educada de manera tan open mind, también era parte de esos pensamientos binarios. Hoy, casi diez años más tarde y con un recorrido feminista de por medio, encontré la respuesta.

Desde que empezó la pandemia los canales de televisión han estado transmitiendo series y novelas viejas. Esto fue una revolución para muchxs, sobre todo para lxs de mi generación, ya que revivió el fanatismo por la televisión de antes.

Entre esas novelas estaba Floricienta. No hace falta haber sido unx apasionado de esta tira para saber lo que fue y significó en muchxs de nosotrxs. Flor, la protagonista, era algo así como un signo de libertad, de aquello a lo que aspirábamos: seguir nuestros corazones y dejar el deber ser a un lado. Las hadas, los buenos deseos, el altruismo, de alguna manera eran enseñanzas para que fuéramos “mejores personas”. Mientras eso sucedía en la tele, el bullying en los colegios no disminuía. Recuerdo escenas con muchísima claridad de mi primaria, escenas de las que fui testigo, agresora, protectora y víctima. Pero lo que no recuerdo es a lxs profesores haciéndose cargo de aquellas situaciones. No recuerdo la protección de ellxs. No recuerdo una “Flor” entre nosotrxs.

Lo decepcionante de esto, no fue darme cuenta de la desprotección que tuvimos como niñxs, sino, cómo esa Flor que estaba llena de colores durante nuestra niñez, de grande se había marchitado. Entre la nostalgia y el sentimiento aferrado a lo “vintage” que tenemos con mis amigues, me puse a ver Floricienta. Hay algo muy certero que confirmé: ver de grandes las películas que amábamos de chicxs puede ser muy peligroso, porque se puede perder la magia, y no hay nada más triste que apagar la velita de la ilusión infantil. Eso mismo me sucedió con Floricienta. En mi imaginario, la novela era pura apertura y genuina aceptación. Y sí, es todo eso, pero en el mundo de la hegemonía, en el mundo de la heterosexualidad. Todo lo demás queda por fuera.

En el capítulo veinte, Nico, uno de los hermanos de la casa, parece ser gay porque no tiene novia. No porque no quiere, no lo desea, no lo siente; porque “no tiene novia”. Debido a esto, la casa entera se desespera ante semejante posibilidad y, cuando Martín (otro de los hermanos) cuenta la supuesta noticia, Flor responde: “Debe ser un error”. No puedo describir en palabras exactas cuál fue mi reacción. Instantáneamente pausé el capítulo y le mandé un mensaje a mi amiga Lara contándole lo que acababa de ver.

De más está decir que entiendo perfectamente el contexto y tiempo de ese entonces, que está claro no era el de ahora. El feminismo que cautivó a mi generación con el “Ni una menos” es el que estuvo en los procesos, o por lo menos mi proceso, de empezar a desnaturalizar cosas que ocurrían diez, cinco, hasta tres años atrás y que contemplábamos como naturales. Ver como machista lo que antes veíamos como cotidianeidad es parte de ese proceso que hoy me hace ver con tanta claridad por qué la tele nos educó tan mal. Floricienta nos llenó de esperanzas e ideas románticas, pero es ese mismo romanticismo el que nos hacía odiar a otras mujeres por desear el mismo hombre que deseaba una. Ese romanticismo nos hizo contemplar frases como “los que aman odian” o “los que se pelean se aman”. Nos hizo creer que Fede le faltaba el respeto a Flor porque la amaba. Y es así, como hasta hace cinco años (boom del movimiento Ni una Menos) creía que la histeria era motivo de deseo y que la violencia lo era del amor. No por verlo en mi casa, no por verlo en el colegio, sino por verlo en la tele. Qué peligro, pienso.

Frases que no puedo borrar de mi mente como: “A las mujeres les gusta que gasten plata en ellas”, dicha por Franco, otro de los hermanos. Me pregunto por qué habrán dicho eso, me pregunto quién habrá creado como “regla” que a las mujeres nos gusta que gasten plata en nosotras. “¿Nos vas a contar de tu nueva adquisición?”, le pregunta Fede a Franco refiriéndose a la nueva “novia” de Franco.

Inevitablemente vuelvo a la idea del rótulo, de la estigmatización: ver con ojos propios los ojos del otrx. ¿Cuán lejos podemos llegar de ese modo? ¿Cómo se ve “correctamente” desde el binarismo? ¿Cómo se contempla al otrx desde la imposición? La respuesta a estas preguntas, creo yo, es “viendo”, “observando”, afuera y adentro. Y para eso necesitamos dejar de ver a la otredad como tal y, en cambio, abrirnos a la posibilidad de un mundo diferente. “Ver bien”, entonces, podríamos decir que tiene que ver con eso, con tolerar la idea de ver diferente a como veníamos viendo. Aceptar que lo que antes nos parecía normal, hoy ya no lo es, que lo que antes no nos llamaba la atención, hoy nos indigna y nos enoja. Y eso está bien: enojarse. No nos sintamos culpables por enojarnos con cosas del pasado. Comprender algunos momentos de la historia y su contexto no significa pasarlos por alto. Al contrario, tenemos que verlos, marcarlos para así poder cambiarlos. Olvidar no es una opción, callar menos.

Ponerse los lentes del feminismo implica ver con claridad lo que antes era difuso. El aumento que nos dio el movimiento feminista es la herramienta con la que podemos diferenciar lo natural de lo cultural. Estos lentes son el instrumento que nos permite identificar qué está en foco y qué está borroso. Ah, eso sí...Una vez que te los ponés, ya no hay vuelta atrás.

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