Volver o no volver a clases, ¿es esa la cuestión?

¿Es positivo retomar la experiencia escolar hoy, aquí, así? Un análisis sobre una decisión que tiene pros y contras

(EFE/Juan Ignacio Roncoroni/Archivo)
(EFE/Juan Ignacio Roncoroni/Archivo)

Para cualquier sociedad, siempre es estimulante hablar de educación. La educación, como se repite, embebe todas las actividades del ser humano. Es el basamento fundacional desde el cual se yergue el proyecto colectivo de cualquier comunidad, y la plataforma de lanzamiento de las aspiraciones individuales y grupales más enaltecedoras y ambiciosas. Sin embargo, para que la educación opere, no alcanza con hablarla, diagnosticarla o exigirle, sino que debemos verla en acción. Debemos observar diseños, procesos, datos y actores moviéndose en una ininterrumpida, estimulante y coordinada danza de virtuosismo.

En las últimas semanas, y por las razones que todos conocemos, se han sumado muchas voces y reclamos para la vuelta a la presencialidad escolar. Dicho en sencillo, para que los pibes vuelva a clase, luego de una interminable y pobre experiencia de escolaridad distante forzada. Vale, entonces, que nos preguntemos, ¿es bueno que los chicos vuelva a clase? ¿Es positivo retomar la experiencia escolar? No son preguntas abstractas o filosóficas, sino que hacen referencia a nuestras escuelas y nuestros alumnos, en este momento específico del año escolar, en el entorno concreto de riesgo sanitario al que estamos expuestos. ¿Es positivo retomar la experiencia escolar hoy, aquí, así?

Permitámonos dudar, y que esa duda nos ayude a analizar los pros y las contras de cada alternativa, de volver o de seguir así hasta el final del ciclo escolar. En casi todos los órdenes de la vida, nuestras decisiones están atravesadas por beneficios y costos, por virtudes y vicios, por fortalezas y debilidades, por certezas e incertidumbres. Al final de cuentas, optando (en este caso, por ejemplo, decidiendo que los chicos vuelvan a la escuela), estamos eligiendo con cuales problemas lidiar (riesgos adicionales de contagio). Es desde este lugar que deseo poner sobre la mesa algunas beneficios y algunos costos que creo ayudan a clarificar el proceso decisorio en un tema de tanto interés y de supuesta urgencia.

Pensando en los beneficios, el primero sin dudas está relacionado a la posibilidad de que los chicos retomen algo de la vida social que la experiencia escolar propone. Socializar es un argumento muy escuchado en estos días en favor del regreso a la escuela, argumentado tanto por pedagogos como por expertos de la salud, quienes consideran altamente perniciosa a la combinación de falta de contacto con pares, más exceso de tiempo de conexión a internet, sumado al asilamiento dentro del hogar. La escuela, aún en modalidad de burbuja, podría romper ligeramente esta organización que tanta angustia genera a niños y adultos.

El segundo beneficio está relacionado a la posibilidad de crear una rutina que muchos de los chicos han perdido. La escuela presencial se ha mostrado incapaz de sostener el entusiasmo de sus alumnos a la distancia, humedeciendo la pólvora de la curiosidad. Esa debilitación del vínculo alumno-escuela terminó desdibujando la rutina semana que la escuela garantizada, y que el regreso a las aulas puede recuperar parcialmente. Recuperar algo de rutina y disciplina, sumado a la oxigenación que supondría el reencuentro con colegas y docentes, aunque sea por unas horas y solo unos días de la semana, puede devolverle a la semana un ritmo de normalidad olvidado.

El tercer beneficio está vinculado a la posibilidad de descomprimir el hogar, institución que sorpresivamente adquirió un rol omnipresente y una funcionalidad todo terrero, sin estar preparada para ello. Luego de casi nueve meses de sobreutilización de platos, sillas, conectividad y paciencia, los hogares necesitan un respiro, un descanso. Todo en el hogar está al borde de la fatiga estructural, y eso no es bueno. Oxigenar los hogares es permitir a los adultos responsables que recuperen el aliento, aunque sea por un momento; es permitir a la autoridad que se rearme de paciencia y nuevos argumentos, proyectando que aun todos debemos lidiar con la DISPO; es permitir a la dinámica familiar que se revitalice, al menos por unas semanas.

Entre los costos o riesgos de volver, el primero está claramente relacionado a la posibilidad de contraer el virus. Si bien los niños son poblaciones con riesgo más bajo de contagio, y hasta parece que con algo de inmunidad propia de la edad, igual se corre el riesgo de que sean asintomáticos y transportadores pasivos, llevando la infección a sus hogares y exponiendo a los más adultos. Debemos recordar que esta y solo esta razón fue la que nos encerró, y que los países de Europa aun hoy están alternando entre aperturas y cierres por la forma en la cual el virus continúa apareciéndose en oleadas impredecibles.

El segundo costo tiene que ver con la elección de los que vuelven o, mejor dicho, de los que no regresan. La escuela argentina tiene la tradición de ser universal, aun cuando falle en su implementación, y la estrategia que se estaría utilizando en este caso no lo sería. Aun cuando reabran todas las escuelas, es improbable que regresen los alumnos de todos los grados de aquí a fin de año. Los protocolos, la infraestructura escolar y los semáforos sanitarios no lo permiten, lo vuelven fácticamente de imposible cumplimiento. Esto genera un conflicto importante, una situación inédito en donde hay que elegir unos por sobre otros, y luego bancarse la parada.

El tercer costo, y tal vez el más importante, está relacionado a los aprendizajes. Dado que las estrategias y pedagogías de retorno tienen más que ver con la revinculación social que con los aprendizajes, no es esperable que generen un mínimo impacto en la calidad de lo aprendido durante este año perdido. Si bien el costo de la pérdida de los aprendizajes ya está hundido y es anterior a esta decisión, se puede generar en algunos o en la opinión pública la expectativa de que con el regreso a la escuela se retomará la normalidad del estudio y el aprendizaje, y eso no ocurrirá. ¿Estamos listos para manejar ese desencuentro de expectativas?

Como se puede apreciar, la decisión tiene puntos a favor y en contra, y resulta nula desde el punto de vista del aprendizaje escolar. Es entonces cuando vuelvo a preguntar si de verdad queremos que los chicos vuelvan a clase hoy, aquí y así. ¿Será una decisión beneficiosa para el conjunto del alumnado? No sé qué piensa usted, permítame tener mis dudas.