La extraordinaria desconexión entre la política y los ciudadanos

La política parece enfrascada en solucionar sus internas y en hablar de temas que les importan a ellos pero que no causan ningún efecto de fondo ni le solucionan ningún problema a la gente

El presidente Alberto Fernández
El presidente Alberto Fernández

La desconexión entre la política y la ciudadanía es cada vez mayor. Si uno analiza cuáles fueron los hechos políticos más determinantes en los últimos meses encontrará que varios de estos fueron producidos por corrientes de opinión y movilizaciones pacíficas y cuidadosas de ciudadanos que se expresan en defensa de valores republicanos. Fue así, claramente, en hechos como el intento de expropiación de Vicentin o el proyecto de reforma judicial. También lo fue en los temas vinculados al avance del kirchnerismo para trasladar jueces que tienen que ver con las causas de corrupción que acechan a CFK, su familia y a funcionarios de su administración.

La política parece enfrascada en solucionar sus internas y en hablar de temas que les importan a ellos pero que no causan ningún efecto de fondo ni le solucionan ningún problema a la gente. Esto es muy elocuente en el oficialismo y queda de manifiesto en temas como el disparate de los distintos posicionamientos respecto de la condena a la dictadura venezolana por sus incesantes y permanentes violaciones a los derechos humanos. Este es un ejemplo claro de cómo un tema que podría haber servido de posicionamiento internacional positivo terminó siendo una catástrofe porque el oficialismo usa los temas como un modo de disputa interna. Una semana antes el embajador ante la OEA, Carlos Raimundi, había hecho un discurso patético diciendo que el gobierno venezolano tortura y mata por culpa de los demás países que bloquean Venezuela. Justamente lo que quieren los países que enfrentan a la dictadura es que se deje de matar y de torturar gente. Un fiel discípulo de la tradición de la izquierda enamorada de asesinos. Cuando el gobierno se anotició de lo mal que habían caído esas declaraciones salió a despegarse pero no echó al embajador porque no puede romper equilibrios internos. Luego Argentina votó en contra de Venezuela y el kirchnerismo salió en forma durísima a criticar a su propio gobierno. En términos de confianza internacional el resultado es patético: Argentina está tan dominada por un populismo tan pasado de moda que es mejor no acercarse mucho a ellos. Tiene razón el mundo en pensar así.

La confianza y las expectativas son claves para atraer inversiones. El Gobierno destroza la confianza y logra que nadie tenga buenas expectativas sobre Argentina.

La situación argentina es una catástrofe por donde se la mire. La caída de la economía argentina será mas fuerte de lo que se pensaba. No hay reservas y las inversiones huyen del país. La cuarentena más larga del mundo no pudo evitar que Argentina esté entre los peores lugares en cualquier medición mundial de casos de coronavirus. No cuidaron la salud y destrozaron lo poco que quedaba de la economía. La institucionalidad argentina está bajo mínimos. Muchos países han sufrido por el virus pero este mal presente no le augura un desastroso futuro. En cambio, en Argentina el presente es desolador y no hay ningún indicio que haga pensar que puede haber una mejora en el futuro. Frente a la brutalidad del panorama la política parece ensimismada en las propias taras históricas del kirchnerismo. En la oposición hay sectores dinámicos que tratan de enfrentar con valentía y coraje a los avances autoritarios y a la decadencia, pero hay vastos sectores que se debaten entre absurdas apelaciones al “fin de la grieta” sin explicar como se termina la grieta con gente que quiere terminar con la república.

El episodio de las asociaciones rurales que hicieron una campaña para que la gente cerrara sus cuentas en el Banco Credicoop, a causa del enojo con el diputado Carlos Heller por impulsar una ley sobre un nuevo impuesto que los perjudica, mostró la profunda desconexión de muchos del arco político (básicamente de la oposición) con sus votantes. El episodio es muy simbólico de cómo la política se habla a sí misma. Heller dijo que el episodio era “antidemocrático” cuando los productores se quejan de que en la producción agrícola esta ahogada por impuestos y proponen algo tan democrático como defender la libertad de elegir. Uno puede elegir en qué banco tener su cuenta del mismo modo que elige determinado supermercado, restaurant o cualquier comercio o institución. Es una característica del cliente: optar por el servicio con el que uno se siente más cómodo. Los distintos bloques de diputados (incluida la oposición) se solidarizaron con Heller y dijeron que era víctima de un “escrache”. La Argentina es una fuente inagotable de producir términos disparatados: los ciudadanos hacen uso de su capacidad de elegir y los diputados llaman a eso “escrache”. Los diputados, que tendrían que estar pensando en medidas para salir de este marasmo, utilizan el tiempo para estúpidas ceremonias de autoindulgencia.

Después se preguntan por qué cada vez más gente no se siente representada por la política. Deberían usar su tiempo en preguntarse si el señor Heller no tiene un extraordinario conflicto de intereses al estar en el directorio de un Banco y ser diputado. Por ejemplo, ¿se le hubiese ocurrido un impuesto especial sobre las ganancias de los bancos o sobre las ganancias de las instituciones financieras que tienen forma de cooperativa y no pagan impuestos? Naturalmente, no, porque él es una banquero e integra una cooperativa. Los diputados deberían ocuparse de estas incompatibilidades. En lugar de eso se solidarizan entre ellos por la acción de ciudadanos que desean ejercer su derecho a elegir. No está el horno para bollos, señores diputados. La crisis es muy profunda. La gente está muy angustiada por cuestiones tan elementales como su futuro económico o la educación de sus hijos. Sería deseable que se solidaricen con los ciudadanos en lugar de hacerlo entre ustedes.

La oposición tiene la inexcusable misión de dar la batalla por las ideas. La falta de respeto por la propiedad privada, el acoso al que piensa diferente, la manipulación de la justicia, el uso de los recursos estatales para financiar organizaciones políticas oficialistas, el avance sobre la división de poderes, el adoctrinamiento en la educación, la protección del que delinque por sobre los ciudadanos honestos, el cuestionamiento al mérito, la romantización de la violencia son algunas de los grandes temas sobre los que el kirchnerismo avanzó y acerca de los cuales la oposición debería batallar.

El juicio al policía Luis Chocobar muestra el punto de la degradación del pensamiento en Argentina. Un policía salvó a un ciudadano de una muerte horrible luego de ser agredido a puñaladas por un delincuente. La distorsión de los valores más elementales lo tienen sentado en un juicio como si él fuese un delincuente.

Hay ejemplos que explican claramente la decadencia.



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