
Apenas comenzó su papado, Francisco le puso la firma a una encíclica que había escrito casi íntegramente su predecesor. Por eso suele decirse que en realidad su primera encíclica es Laudato si'. Ahora acaba de publicar la segunda, Fratelli tutti. Todos sus demás documentos tienen un rango menor, son cartas, exhortaciones, pero no encíclicas. Eso significa que Fratelli tutti es palabra mayor. Junto con Laudato si' reúne la enseñanza más importante de Francisco. Podría decirse que es un testamento de su pensamiento social, porque en ella están bien explícitas sus más valiosas ideas sobre los grandes temas sociales.
Invita a un amor a la propia patria que al mismo tiempo sea capaz de crear una amistad social y dilatarse hacia la comunión universal. Esto se vuelve imperioso hoy, porque resurgen nacionalismos cerrados, exasperados, agresivos. Por eso lamenta el retroceso en el camino hacia una Europa unida o hacia una integración latinoamericana. Ahora, la salida de la pandemia, en lugar de colocarnos nuevamente en la marcha hacia un mundo más unido, corre el riesgo de agravar las divisiones e injusticias.
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La encíclica desarrolla de un modo más completo la llamada “cultura del encuentro”, proponiendo una arquitectura y una artesanía de la paz social, frente a “los movimientos digitales de odio y destrucción” donde “el respeto al otro se hace pedazos”.
Francisco destaca que el amor verdaderamente universal, capaz de abrirse a todos, tiene como base una convicción muy honda: el valor inalienable e inviolable de toda persona humana, la dignidad inmensa de cada ser humano que nadie tiene derecho a ignorar o a dañar. Por eso es “inaceptable que el lugar de nacimiento o de residencia ya de por sí determine menores posibilidades de vida digna y de desarrollo”, ya que así “los derechos humanos no son iguales para todos”.
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El problema es que en nuestro país muchos interpretan mal este mensaje humanista y social de Francisco, como si él pretendiera que las personas vivan de subsidios, sin trabajar. La realidad es todo lo contrario. Francisco siempre afirma que lo importante no es repartir, sino que “lo verdaderamente popular –porque promueve el bien del pueblo– es asegurar a todos la posibilidad de hacer brotar las semillas que Dios ha puesto en cada uno, sus capacidades, su iniciativa, sus fuerzas”. Y vuelve a decir en esta encíclica que “ayudar a los pobres con dinero debe ser siempre una solución provisoria para resolver urgencias. El gran objetivo debería ser siempre permitirles una vida digna a través del trabajo”. Por eso llega a afirmar algo tan claro como esto: “No existe peor pobreza que aquella que priva del trabajo y de la dignidad del trabajo”. Entonces me parece incomprensible que algunos periodistas insistan en decir que Francisco fomenta la vagancia y la dejadez. ¿No saben leer o hay otras intenciones?
También dedica un capítulo a la sana política, porque entiende que el desarrollo de un mundo mejor requiere una política adecuada y no será posible sin ella. Considera inaceptable que se piense en reemplazar la política por una suerte de conducción empresaria, como si en las empresas no hubiera también corrupción y negociados espurios. En esta línea, critica tanto las desviaciones populistas como las neoliberales. Pero tratemos de evitar pensar que escribió esta encíclica para Argentina y procuremos leerla teniendo en mente el escenario mundial que probablemente Francisco conozca mejor que nosotros.
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Por otra parte, su pensamiento es el del humanismo cristiano. Por eso sostiene que “todo esto podría estar colgado de alfileres, si perdemos la capacidad de advertir la necesidad de un cambio en los corazones humanos, en los hábitos y en los estilos de vida”.
El consumismo individualista, las feroces luchas políticas, la exasperación que provocan las injusticias, nada de esto debería debilitar el llamado a ser hermanos y hermanas, a recordar que estamos todos en la misma barca y que es imposible salvarse solos. Pero eso supone estar realmente convencidos de cuánto vale cada ser humano más allá de las circunstancias. Podremos estar de acuerdo o no con los diversos puntos que trata Francisco en su nueva encíclica, pero ojalá podamos dejarnos interpelar por este llamado al amor universal. Creo que nos haría bien.
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El autor es arzobispo de La Plata
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