
El martes 24 de agosto de 1954, en medio de una inmensa crisis política, el presidente del Brasil Getulio Vargas decidió terminar con su vida. Con un disparo en su habitación, el Jefe de Estado del país más grande de Sudamérica se suicidaba en su habitación del Palacio de Catete, en Río de Janeiro, entonces capital brasileña.
Vargas fue sucedido por su vicepresidente Joao Café Filho. Horas antes, un grupo de importantes generales habían intentado obligar a Vargas a abandonar el cargo en medio de un golpe palaciego. El día anterior, el vicepresidente había adelantado en un discurso en el Senado que el gobierno se encontraba “al borde del abismo” y que la continuidad del presidente pendía de un hilo.
El líder trabalhista había vuelto al poder tres años antes, tras haber ocupado la presidencia entre 1930 y 1945. La delegación argentina a la asunción de Vargas había estado integrada nada menos que por el vicepresidente Hortensio Quijano y el canciller Hipólito “Tuco” Paz.
En sus Memorias, Paz recuerda que aquel 1 de enero de 1951, en medio de los fastos por la jura la mujer de Vargas le había hecho una inquietante confesión: le anticipó que intuía un trágico final para su marido cuando le susurró, casi como una vidente: “Yo se lo rogué a Getulio. No aceptes la presidencia. Esto va a terminar mal”.
El tramo final de su testimonio político, firmado antes de quitarse la vida, Vargas escribió: “Luché contra la privaciones en el Brasil. Luché con el pecho abierto. El odio, las infamias, la calumnia no abatirán mi ánimo. Les daré mi vida. Ahora les ofrezco mi muerte. Nada de temor. Serenamente doy el primer paso al camino de la eternidad y salir de la vida para entrar en la historia”.
Vargas había nacido en Sao Borja, Rio Grande do Sul, en 1882. Fue elegido diputado estadual y federal y más tarde ocupó la cartera de Hacienda. Llegó al poder en 1930 como consecuencia de una revolución casi simultánea con la que tuvo lugar en la Argentina, aunque con características diferentes a la de nuestro país. Fundador del “Estado Novo”, Vargas inauguró un régimen cuasi-corporativista que sería acusado por sus ribetes autoritarios por sus adversarios, quienes no tardarían en calificarlo como “fascistoide”. Sin embargo, durante la Segunda Guerra Mundial Vargas había alineado a Brasil con los Estados Unidos y las potencias aliadas e incluso envió tropas para unirse en los esfuerzos contra el Eje en Italia.
Su vuelta al poder en 1951 haría que en esta segunda Presidencia coincidiera con la de Perón en la Argentina. Sin embargo, contrariamente a lo que muchas veces se supone, Perón y Vargas nunca se entrevistaron personalmente, aunque mantuvieron nutrida correspondencia epistolar.
La política exterior de Vargas en esta última etapa en el poder revelaba una clara preferencia por un acercamiento con los Estados Unidos. En ese sentido la relación con la Argentina de Perón no resultaba prioritaria para el gobierno de Río, a pesar de que el líder justicialista también se encontraba atravesando el mejor momento de sus relaciones con los Estados Unidos, en especial desde la llegada del general Dwight D. Eisenhower a la Casa Blanca en enero de 1953. Esta realidad, sin embargo, no impedía algunas iniciativas del presidente argentino vinculadas al relanzamiento del ABC, una política que no despertaba entusiasmo en Washington. En tanto, por entonces el canciller de Vargas era Joao Neves da Fontoura, un “declarado enemigo de nuestro país”, según informó a Perón su embajador en Brasil Juan Isaac Cooke. En cambio, el embajador en la Argentina, Joao Batista Luzardo, era un auténtico amigo de Perón.
El trágico final de Vargas se adelantó un año a la caída de Perón, que tuvo lugar en septiembre de 1955. Al enterarse del suicidio de Vargas, Perón sostuvo: “No tuvo cabeza para pensar, ni espalda para aguantar”. En aquel momento, Perón exhibía todavía un control casi total del proceso político argentino. Recién iniciaría su declinación hacia fines de aquel año 1954, cuando inexplicablemente entró en conflicto con la Iglesia, acaso el error más innecesario y costoso de su carrera política.
Años más tarde, Enrique Pavón Pereyra relató en su obra Perón tal cual es (1973), que el líder peronista tuvo palabras de comprensión para con el caudillo brasileño cuando dijo que Vargas “era un hombre del sur, un riograndense gaúcho hasta la médula, que sentía lo genuinamente criollo como no lo hacen muchos de nuestros compatriotas. Yo lo considero un gobernante excepcional y su trágico fin, ciertamente, me consternó. Su decisión llevaba una advertencia que no supe aprovechar. Pensaba, tal vez, que a mí no me sucedería lo mismo...”.
El autor es especialista en relaciones internacionales. Sirvió como embajador argentino en Israel y Costa Rica.
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