
El odio no es una categoría política. Y, por lo tanto, no es analizable desde la política. Y no se puede, o no se debería poder, hacer política desde o con el odio. Mucho menos alimentarlo para fortalecer una posición política. Sin embargo esto se hace.
En nuestro país hoy vimos algo de eso. Pero también, mirando bien, se puede ver una fisura con vocación de grieta al interior de la oposición.
Mientras que algunos dirigentes de ese espacio negaban ser convocantes a la marcha del “banderazo por la libertad” y al mismo tiempo confirmaban su participación (declaración que necesariamente opera como convocatoria por la misma condición de referentes), otros, los que detentan poder institucional real, expresaban su total desacuerdo con la realización de la protesta.
¿Cuánto tiempo más se podrá sostener una coalición que contiene conductas y definiciones tan opuestas? Si la marcha de hoy algo deja en claro, además del odio que un sector no menor de la sociedad siente por otro sector, es la profunda diferencia que existe al interior de Juntos por el Cambio.
Está el sector que busca acuerdos con el oficialismo y está el sector que alimenta el odio hacia el oficialismo y lo que representa.
Los argentinos, más allá de nuestras preferencias políticas individuales, nos merecemos un sistema político que no utilice el odio como sustento en la construcción de poder.
Creo, humildemente, que el General estaría de acuerdo conmigo.
(Aclaración: cuando digo “el General” me refiero a José de San Martín).
El autor es consultor político
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