Soy de la generación de la doble nacionalidad. Yo no la tengo, es una historia larga, parece que mis ancestros italianos están desde hace más de un siglo y medio en Buenos Aires. No es que tengo un “nono” de abuelo o bisabuelo. Pero entre mis amigos, la tienen ocho de diez. Fui a un colegio francés y estaban los que, por tradición familiar, tenían la francesa. Después, alrededor del dos mil, cuando había chicos de dieciocho años que se iban a hacer el servicio militar a España sólo para tener el pasaporte comunitario, en mi grupo la fueron sacando en manada: la italiana y la española, sobre todo. Después, ya, más gradualmente, la fueron sacando los que quedaban. No por una urgencia. Más para viajar. Para sentir seguridad anímica “por las dudas”. Aunque fuera la polaca, aunque fuera la del país que le había dado la espalda a sus seres queridos durante la ocupación nazi. En un momento dado, ya, los que no teníamos una nacionalidad del primer mundo, nos convertimos en minoría. Si hago el cálculo, de quince, sólo quedamos tres que no fuimos a un consulado a buscar otra nacionalidad. En mi familia, por el lado de los primos de mi padre, el goteo fue gradual pero constante. Y hoy todos los más jóvenes ya decidieron irse a hacer una vida a países más ricos: desde Canadá hasta Francia. Una prima, ya directamente, se siente y se dice europea. Por la sensación de cercanía que provocan las redes sociales, y los vuelos en cuotas, no se vive como un desarraigo brutal. Como el que vivió mi abuela Sonia cuando, con veinte y pico de años, despidió a su madre y a su hermano menor en un camino de tierra de Bielorrusia, y nunca más sus ojos azules volvieron a verlos. Tiempo después, su hermano, que había sido el mejor alumno de la clase, moría en Berlín, en la última batalla de la segunda guerra mundial. Se enteró mi abuela, cuando llegó una carta hasta Buenos Aires. Hoy no existe ese quiebre dramático con el origen. Pero no deja de ser patético (penoso, quiero decir) lo que nos pasa como sociedad. La doble nacionalidad, además, se celebra. Se sube la foto a Instagram con emojis de felicidad y un “al fin”. Se comparte en Whatsapp la foto del flamante pasaporte de cuero azul o rojo, y en el caso de los españoles con la corona borbónica. Una conocida de izquierda, con ideas latinoamericanistas, fan de Evo Morales y de esas personas que cree que Argentina debe recibir a todos los pobres del continente, también se la sacó a sus dos hijos. “Es que lo hago por ellos”, recuerdo que me dijo con un poco de culpa ideológica. Como si me contara que les eligió el mejor colegio posible.
En estas semanas que volvió el debate sobre la emigración en los medios más influyentes. Que circulan memes de barcos hacia Uruguay colapsados por el llamado de Luis Lacalle Pou. Que el presidente de la Unión Cívica Radical amenaza con un “MendoExit” de Mendoza y a casi nadie se le ocurre decirle que, como mínimo, no es un plan muy patriótico. Que otro amigo me cuenta, con despecho como se cuentan estas cosas, que ya tiene decidido irse a Europa. Y me aclara, con doble despecho, como si la República Argentina, con su pelo largo y su gorro frigio, lo estuviera escuchando: no pienso volver, eh. En el fondo la quiere, si no, por qué el despecho. Todavía veo que quedan algunos intelectuales, Martín Caparrós por ejemplo, los que tienen más de cincuenta años por poner una línea divisoria de idiosincrasias, que siguen creyendo que hay cierta rebeldía argumental en desbaratar el mito con el que se crió su generación y las anteriores, de que somos un enorme país, con destino de potencia y fanfarrón, que mira al resto por encima del hombro.
Pero en el país en el que yo crecí, en el de los que nacieron después de los ochenta, el meta mensaje insistente, eterno, que baja desde todos lados, desde un opinador de la tele hasta una columna de opinión en un portal hasta de mi tía cuando volvemos de la costa después de las fiestas y se escandaliza porque a la ruta “2″ le faltaría un carril más para ser autopista en serio, es muy distinto y mucho más violento: somos, enterate, un país de porquería. Porque los argentinos somos una porquería. Con ese diagnóstico terminal, con ese cianuro psicológico, lidia el alma de los que siguen viviendo acá. De los que queremos seguir haciéndolo. Por suerte, pude y puedo viajar bastante. En los últimos dos años, caminé por Tel Aviv, Dubai, Amsterdan, París, Montevideo, Santiago de Chile y otras ciudades. Los que tienen mundo (y yo no tengo tanto como mucha otra gente) saben que es falso que somos el peor país del planeta. Sobre todo cuando el “mundo” que se conoció, no es únicamente el de los treinta países, entre los ciento noventa y cuatro, que pertenecen al mundo desarrollado. Hace unas semanas, Alejandro Fantino entrevistó a Ricardo Darín. “No me fumo más la grieta”, fue la reflexión del actor que más circuló. Pero a mí me pareció más original, e interesante, que haya planteado que “la trampa” es asumir que somos una porquería, porque en verdad somos un “pueblo maravilloso”.
No es fácil sostener el amor propio como país. Porque a una nación nueva como la nuestra, que, comparado con las viejas naciones europeas, recién está formando su identidad, no le queda otra que hacerlo sobre un proyecto, una promesa que lo justifique. Tres de cuatro argentinos descendemos de gente que cruzó el océano por una promesa. Que algo de estimulante tendría. Nueva York o Buenos Aires. Y se decidieron por el periplo más largo, por el puerto en el río marrón. Y eso que en ese puerto, a diferencia de Estados Unidos, y a diferencia de lo que también planteaba Sarmiento, no los recibían con la posibilidad de acceder a tierras fértiles para trabajar y convertirse en “farmers” democráticos y con propiedad. Aún así, alguna promesa, alguna linda historia había. La de progresar, cumplir sus sueños con esfuerzo, dejar de ser pobres (nadie, prácticamente, que se haya radicado en este confín extenso donde las estaciones están al revés y se suda de calor en diciembre, tiene sangre azul). Pero esa promesa. Ese cuento, se desgastó, lo desgastamos (incluso ya había señales de eso en la década del treinta del siglo pasado). Y devaluación tras devaluación, récord sórdido tras récord sórdido (¿qué es sino saltar de un cuatro por ciento de pobres a un cuarenta hoy?), desencanto tras desencanto ahora parece una farsa. O una historia con final triste. Más que ciudadanos enamorados de un propósito de país, los descendientes de los que soñaron la Argentina, se sienten como náufragos: ¿qué hago acá ganando al dólar blue un sueldo promedio similar al de Irak, Jordania o Guatemala? ¿No habíamos arreglado otra cosa cuando cantábamos con emoción Febo Asoma en el patio del colegio?
Un rasgo muy argentino es que el cariño, la identificación positiva hacia nuestro país, nuestro sentido de pertenencia, pareciera estar directamente relacionado con su desempeño socioeconómico. Los mexicanos, por poner un ejemplo que también puede corresponder a Colombia, tienen mil problemas más graves que nosotros, sino lo creen, googleen las fotos del desfile de narcos con uniforme militar, y carros blindados, que organizó un cartel de Jalisco hace un mes. Aún así, los mexicanos sienten orgullo de ser mexicanos. Es más: hay un fenómeno que es el de los hijos de mexicanos que emigraron a Estados Unidos, y aunque tengan la ciudadanía más poderosa del planeta, también tramitan la mexicana. Pero lo nuestro es más complicado porque nuestra identidad es aluvional. Y por eso es bastante transaccional. Si “este país”, no me permite ilusionarme, yo ya no soy de este país. La doble nacionalidad expone, como un símbolo, como un síntoma, que algo anda (muy mal).
También existe un orgullo herido, pero de base sórdida y racista. La muerte de George Floyd en Estados Unidos y el movimiento de protesta que surgió con la consigna “black lives matter” provocó que muchos países empiecen a mirarse en el espejo de su propio racismo. En Francia, pero también en Argentina. ¿Por qué no nos animamos a decir más seguido, con todas las letras aunque nos avergüence, que la “gran historia explica todo” que prendió con fuerza de sentido común evidente en millones de personas de clase media es que acá vivimos una rivalidad entre voluntariosos blancos de buena voluntad, herederos de sus sacrificados y mitificados “abuelos” y los que ellos llaman con desprecio y bronca “negros”? Los criollos mestizos. Los que son acusados de indolentes. Para esas millones de personas, con ideas en general conservadoras, la Argentina no tiene remedio porque el control lo tomaron “los otros”. Al igual que lo que puede sentir un “wasp” xenófobo del sur de Estados Unidos, el país europeo con el que sueñan, no va a volver a existir (¿existió?). Como tampoco existe la Europa que idealizan porque la Europa del 2020 es multiétnica y, también, musulmana. Esa gente (todos conocemos a unos cuantos) va a tener que resignarse a una amargura existencial. Los racistas propios, lamentablemente, siempre van a estar peleados con su país. Hasta que generaciones más evolucionadas y éticas – en parte los millenials, pero sin dudas los centennials – los reemplacen, cosa que ya está sucediendo, por suerte.
Hecha esta salvedad sobre el racismo vernáculo, es crucial que logremos recrear, o que inventemos tal vez de cero, alguna nueva historia de Argentina que nos reconforte, que la compremos, que sea menos flagelante que la de “somos una porquería” porque esa no suma. No sirve. Es tóxica. Las identidades de los países, los cuentos que crean a las naciones, y las mantienen unidas, pienso que no tienen que ser meras descripciones. Deben tener una utilidad constructiva que nos permitan proyectarnos con esperanza hacia el futuro. Nietzche estaba peleado con los periodistas, los periódicos y los historiadores porque los consideraba grandes desmoralizadores. Su compatriota contemporáneo Peter Sloterdijk diría que son “grandes estresores”, como plantea en su breve pero agudísimo ensayo Estrés y Libertad. Nietzche pensaba que para lo único que puede servir la historia, es para extraer “algunas islas” que le otorguen sentido y auto estima a los pueblos. Es decir, la identidad es algo operable. Y estimarse a sí mismos, es, para las naciones, una estrategia de grandeza. Cuando asesoro a empresas y a emprendedores en estrategias de posicionamiento, les explico la importancia crucial de destacarse mediante un story telling poderoso. No hacerlo es ser no inteligentes. El story telling de Argentina ahora, es lo menos de lo menos. Si nuestro país fuera una empresa, le diría a su gerente de marketing: cámbienlo urgente porque van a perder a todos los clientes. Se van a comprar el primer paisaje para rajar desde Ezeiza. No está funcionando eso de andar repitiendo, en todo momento, de modo enfermo, que somos un agujero del infierno poblado por inmorales. Es, un poquito, contraproducente.
¿Con qué historia podemos convencer a alguien que se quiere ir “para no volver”? Nuestros gobernantes ya está más que claro que, por impericia, mala fe (para mí en el menor de los casos) o mala suerte (quién sabe) tampoco sentaron las bases materiales para que surja sola, espontánea, que no haga falta pensarse mucho. Todos sus planes económicos fracasan. El Austral de Alfonsín, la convertibilidad de Menem, el proteccionista de los Kirchner, el conservador pidamos deuda de Macri. Tampoco sirven las historias basadas en la grieta, porque niegan a su interlocutor. Consideran ilegitimo lo que siente y piensa y cómo quiere vivir la mitad del país. La historia latinoamericanista de izquierda no emociona a multitudes. Y la de los conservadores, con ecos de apartheid, tampoco. Posiblemente, nosotros, los argentinos en Argentina, para bien o para mal, tengamos que agarrar el volante de nuestras ideas. Sacarlas de la oscuridad. No darle tanto espacio en nuestra cabeza al relato tóxico y auto-denigrante (por más fundamentos racionales que tenga). Porque es inútil. Porque es degradante y disgregante. Porque tiene la peligrosa potencia de las profecías auto-cumplidas. ¿Ustedes conocen a alguna persona muy negativa, que ande siempre recordando lo horrenda y desgraciada que es, que le haya ido muy bien en la vida? En las prácticas de meditación orientales se recomienda agradecer. Para recordar, básicamente, lo bueno que nos pasa en vez de – como suele hacer el cerebro por reflejo – todo lo malo. Un primer paso, que nos puede servir, entonces, para no odiarnos tanto, es mirar la mitad llena del vaso. Como una gimnasia. Aunque cueste. Aunque sea políticamente incorrecto. No sé: somos un país del G20, construimos satélites y reactores nucleares, nuestra gente es solidaria, nuestros emprendedores son creativos y tienen un tesón excepcionales como demuestra que seamos un semillero de unicornios, nuestras ciudades tienen un estilo, una vida cultural, social, gastronómica, y una riqueza arquitectónica que son la envidia de la región, aunque nos peleamos no nos matamos ni tenemos ni de cerca los índices de criminalidad de ciudades como San Pablo, Río de Janeiro o México D.F; en cada pueblo de Argentina, si preguntamos algo nos responden con una sonrisa, nuestras universidades no paran de subir puestos en los rankings internacionales, nuestros pobres – pese a todo su sufrimiento -, no emigran a otros países, y si en cambio somos el sueño, todavía, para muchísimas personas de otros países como los venezolanos que – tal vez por ver al país que lo recibe con más ilusión que nosotros mismos –, tienen un empuje para salir adelante mayor al de muchos compatriotas.
Somos enredados pero buena gente. Nuestra diversidad nos enriquece. Estamos deprimidos. Hace décadas. Les propongo algo que es un escándalo, que es incómodo, a lo que no estamos acostumbrados: querernos un poco más.
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