
Es interesante ver el camino que ha recorrido Argentina respecto a su deuda los últimos once meses, luego de las elecciones de las PASO 2019. Por aquella época, mientras todavía gobernaba Mauricio Macri y no había sucedido el cachetazo electoral, Argentina tenía una valorización de su deuda que rondaba el 70-75% dólares por bono. Es decir, el mercado veía un escenario complicado respecto a su capacidad de honrarla en el corto y mediano plazo. Luego, inmediatamente con el resultado electoral y recordando el fatídico desplome bursátil del 12 de agosto, el valor de la deuda se situó en los 50% dólares por bono, aumentando las de posibilidades que nuestro país no logre un acceso a financiamiento fresco y por ello su capacidad de repago se vea nuevamente deteriorada. Como mencionó un reconocido actor hace un tiempo por TV, los argentinos nos dormimos ese domingo con una Argentina y nos despertamos con una completamente distinta. Hoy, viendo y comparando las decisiones políticas, jurídicas, fiscales, monetarias, previsionales y comerciales, ¡deberíamos decir que tenía razón!
Sin embargo, si pensábamos que lo peor había pasado y que bajo un nuevo gobierno peronista el país iba a poder recuperar confianza, la dinámica de lo impensado golpeó nuevamente las esperanzas del país respecto a resolver sus problemas. La pandemia ha sido y sigue siendo un devastador evento fuera de serie que ya se materializa en pérdidas económicas, políticas y sociales; pero todavía no hemos visto su resultado final. Durante los primeros meses del año y ante el avance de la pandemia a nivel global, el valor de la deuda del país rondaba los 25-30% dólares, llegando a valores de usura financiera. En este escenario, nuestro inexperto, pero muy académico ministro de Economía aprovechó el envión de la valorización que le daba el mercado a nuestra deuda para hacer la primera y única oferta sostenible que podía pagar Argentina. Dicha oferta valorizaba los bonos alrededor del 38% dólares por bono, por ello para la inexperiencia del ministro, que no logra entender cómo funcionan los mercados financieros, pero sí con un avatar de educación sobre reestructuraciones, las posibilidades de lograr un acuerdo exitoso estaban al pie del cañón. Los resultados son conocidos y luego de más de cinco meses negociando y con una segunda oferta con una mejorar sustancial alrededor del 40%, es decir ubicando la valorización de los bonos en 53% por bono, Argentina no va a lograr una reestructuración exitosa en Agosto. Logrará, probablemente una mayor adhesión del desastroso 13% de Marzo, pero no alcanzará a llegar a los mínimos necesarios para evitar potenciales juicios en el exterior y considerar la reestructuración exitosa.
Analizando el recorrido como si esto fuera un juego de sumas y ceros, ¿qué sucede que nuestro país no puede resolver el problema con sus acreedores, habiendo mejorado sustancialmente su propuesta inicial?
Los problemas, podríamos decir, son los de siempre. Baja confiabilidad, falta de un plan estratégico económico que incorpore la reestructuración de deuda en dicho programa, falta de experiencia en la conducción económica, pero sobre todo en este momento, falta de demostración de que Argentina quiere hacer las cosas bien, y no quiere volver a estafar al mundo. La oferta inicial de nuestro país y su posterior mejora redujo la credibilidad y evitó sentar las bases de una negociación transparente. Argentina vuelve a sufrir tropezarse con la misma piedra por enésima vez, sin capitalizar su experiencia de los eventos anteriores, y volviendo a surfear un camino muy delgado de estallido económico como hemos visto en cada década pasada. Sólo con un shock de confianza, con respeto a las políticas de Estado -que lamentablemente vuelven a quedar fuera del tintero-, y con un programa económico de largo plazo, la Argentina podría llegar a una reestructuración de deuda exitosa en los próximos tiempos, aun debiendo pagar más que los 53% dólares que ofreció en su última oferta de canje.
El autor es director de Romano Group, profesor de la Facultad de Ciencias Empresariales de la Universidad Austral y máster en Finanzas y en Economía y Políticas Públicas (Universidad de Columbia)
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