
La cuarentena fue muy aceptada por la sociedad en los primeros días: reinaba la incertidumbre y poco y nada se conocía del nuevo virus que tenía en vilo a la humanidad en su conjunto. La decisión del gobierno nacional de que la región denominada AMBA (Área Metropolitana de Buenos Aires, que involucra tanto la Ciudad de Buenos Aires como el Conurbano) regrese a Fase 1 cuando ya pasaron más de tres meses de aislamiento produce el efecto contrario: a medida que transcurren los días se pierden puestos de trabajo, cierran negocios y cada vez más personas se incorporan a la triste estadística de la pobreza en la Argentina.
La situación económica en la Ciudad está tomando ribetes de catástrofe: la Federación de Comercio de Buenos Aires (FECOBA) estima que los negocios que no volverán a abrir sus persianas luego de la pandemia serán más de 27.000. Para quien debe cerrar su local o pierde el empleo –la caída en cantidad de puestos se estima en 200.000 mensuales-, la Fase 1 se visualiza como una tragedia más. Llegó la hora de que la política escuche a la gente: no era necesario el retroceso. Por el contrario, debería plantearse una apertura gradual de más comercios. La Fase 1 debería reservarse para cuando la crisis esté golpeando la puerta.
No es el caso. A esta altura se puede afirmar que en términos sanitarios la cuarentena ya tuvo su éxito: el número de decesos es muy bajo. En un país que acumula año a año unas 32.000 muertes como consecuencia de la gripe y la neumonía, son 1.500 fallecimientos por coronavirus. Por supuesto, cada vida tiene un valor y cada pérdida es una tragedia. Pero la situación parece estar relativamente bajo control. Uno de los objetivos del aislamiento era poner el sistema de salud al día: podemos afirmar que hubo tiempo de sobra para alcanzar ese objetivo.
Es imprescindible cambiar la lógica: mientras se decida que siempre que siga habiendo contagios la solución es el aislamiento, será muy difícil revertir la situación en la que nos encontramos. El coronavirus como riesgo o amenaza no desapareció, pero en estos niveles de contagio es imprescindible apelar a modelos más flexibles: un sistema valvular, que permita aperturas parciales a medida que los números continúan bajo control pero que también dé alguna marcha atrás en caso de ser necesario. Mientras tanto, habrá que seguir testeando, rastreando y tomando todas las medidas de precaución para evitar una aceleración en la dispersión del virus. Pero no podemos seguir esperando “el día después”, ese momento mágico en que la amenaza desaparece por completo, cuando los expertos de todo el mundo advierten que habrá un período en que deberemos convivir con el virus. Continuar pidiendo “un último esfuerzo” a una sociedad que ve cómo se diluye el esfuerzo de su vida resulta impracticable.
Es hora de revertir la incertidumbre y construir certezas. España, el país con la tasa de fallecidos por millón más alta del mundo, retoma cada vez más actividades: desde el fútbol profesional hasta algunas salidas nocturnas. A medida que el número de casos baja hay que tratar con esa realidad de convivencia con la COVID-19 y de flexibilidad para tomar medidas ágiles si la circunstancias lo exigen.
Ayudar con la resurrección de los comercios en la ciudad es fundamental. En ese sentido, el proyecto de exención de ABL de mi autoría apunta a dar una mano a negocios como salones de eventos o cines que, aún cuando la apertura sea mayor, les resultará muy difícil sostenerse en el corto y el mediano plazo. La reactivación económica es incluso lo que permitirá, a través de la recaudación de impuestos, sostener el sistema de salud. El retorno a Fase 1 hace que la frase “puede ser peor el remedio que la enfermedad” se vuelva más literal que nunca.
El autor es diputado porteño
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