
Una sensación de estar asistiendo a un proceso de decadencia sin límite nos embarga a los argentinos por estas horas. Casi todas las postales alimentan una extendida y creciente sensación de vivir un país inviable, el que nadie quiere invertir y del que muchos quieren escapar. Miles de hijos y nietos de las clases media o media-alta fantasean con emigrar, acaso cerrando un círculo de cien o ciento cincuenta años, iniciado cuando sus antepasados llegaron a la Argentina de 1880-1920 cuando el país ofrecía el sueño de una tierra de promisión.
En 1975, la pobreza en este país no superaba el ocho por ciento de la población. Hoy supera el 40 por ciento y amenaza a alcanzar el 50. Algo hemos hecho mal evidentemente. La ayuda social, entendible y necesaria en tiempos de crisis, se ha transformado en un estilo de vida. Una política de asistencia temporal parece haber mutado en una realidad permanente. Pobristas profesionales saturan los canales de televisión explicando cómo repartir lo ajeno. Jamás indican cómo resolver las causas de la pobreza, la que se ve multiplicar año tras año o como recrear una cultura de la productividad. En tanto, millones de argentinos ya no son solamente pobres: son marginales. Una persona en situación de pobreza puede escapar de esa realidad a través de un trabajo pero cómo puede hacerlo si no cuenta con las más mínimas condiciones culturales para tener esa oportunidad. El asistencialismo parece condenarlos a la mera subsistencia, tal vez en el subsuelo de la existencia. Mediante una política verdaderamente criminal que ha eternizado a la marginalidad a generaciones enteras de argentinos, espiritualmente quebrados, vaciados en sus legítimo derecho al progreso.
A su vez, para sostener ese fenomenal gasto social hemos aumentado los impuestos en un cincuenta por ciento en las últimas dos décadas. Hasta 2001/2002 el gasto público consolidado -entre Nación, provincias y municipios- alcanzaba el treinta por ciento del PBI. Hemos llegado al extremo de alcanzar un gasto público que consume el cincuenta por ciento del trabajo de los argentinos. Ese gigantesco gasto sólo pudo sostenerse a través de un aumento insoportable de los impuestos llegando a ahogar al sector productivo, expoliando por igual a empresarios y trabajadores. Pero tenemos un drama adicional: el gasto público se agigantó al tiempo que las capacidades y las prestaciones indelegables del Estado se redujeron.
La Argentina parece atrapada en un laberinto. Una lectura equivocada de nuestro pasado, reproducida en una historia oficial basada en mitos y falsedades y un relato cultural omnipresente que promueve la ilusión de ser salvados mágicamente por el Estado nos estanca en la decadencia.
Un informe elaborado por el economista Alieto Guadagni indica que nuestra participación en el PBI mundial pasó de representar el 1,3 por ciento en 1980 al 0,6 hoy. En solo cuatro décadas, la Argentina se encogió en un cincuenta por ciento. Guadagni nos recuerda otra triste realidad: Argentina hoy compite por el tercer lugar en la región latinoamericana con Colombia, un país cuyo PBI hace cuarenta años no alcanzaba la mitad del nuestro. Desde hace más de diez años tenemos, además, la inflación más alta del mundo, solo superada por la de la dictadura socialista de Venezuela. La inflación en Argentina ha alcanzado el 50 por ciento, convirtiendo al país en una máquina de generar pobreza. Guadagni recuerda que países como Bolivia, Chile, Costa Rica, Ecuador, Panamá, Paraguay, Perú, Brasil, Colombia, México y otros más, tuvieron inflaciones inferiores al 4 por ciento anual en el último año.
Acaso estamos presenciando los últimos estertores de un modelo cultural, económico y político agotado.
Décadas de relativismo cultural y falso progresismo nos han dejado el triste legado de una sociedad en la que parecería que da lo mismo trabajar que vagar, robar que ser honesto, estudiar que no hacerlo -tenemos un Presidente que ha dicho que la meritocracia es negativa y que “no pasa nada por graduarse un año más tarde”- y esforzarse que esperar la ayuda del cielo en forma de un empleo público, un plan de asistencia o una dádiva.
Para crecer se requiere inversión. Las inversiones son hijas del ahorro y la confianza. Para estimular un clima de inversiones el gobierno debería replantear completamente la orientación de sus políticas que nos condenan a un futuro de más pobreza. En lugar de haber aumentado impuestos, debería bajarlos. En lugar de fomentar un discurso anti-empresa -calificando de “miserables” a los productores- debería estimular a los que invierten y emprenden. En vez de incentivar los monopolios, debería generar más competencia y en vez de promocionar expropiaciones tendría que despertar confianza en la vigencia del derecho de propiedad.
Pero además se requiere alcanzar la plena pacificación nacional, un presupuesto indispensable para que todos los argentinos sientan al país como un hogar común, a pesar de las legítimas diferencias. Lo que significa, en las presentes circunstancias, la necesidad de hacer realidad aquello que advirtió hace casi ya un siglo y medio Nicolás Avellaneda: la idea de que en la Nación no hay nada superior a la Nación misma.
La Argentina puede volver a ser un gran país. Pero para ello es necesario un cambio profundo de paradigma que requiere un esfuerzo fundamental de las clases dirigentes de la política, la empresa, los sindicatos y la cultura por desterrar las ideas equivocadas que nos han conducido a la ciénaga de este presente que nos deshonra y nos llena de dolor.
El autor es especialista en relaciones internacionales. Sirvió como embajador en Israel y Costa Rica
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