
Alfredo Cornejo hizo un llamado separatista, alentando la escisión de Mendoza respecto de la Nación Argentina.
La aparente excentricidad, bien vista, no es tal. La propuesta se asemeja a otras que sobrevolaron el debate político en los aciagos años en los que la convertibilidad estalló por los aires e hizo crujir los cimientos mismos de la convivencia entre los argentinos.
Aún en distintos contextos y en razón de proceso históricos que nada se asemejan al nuestro, son muchos los ejemplos a nivel mundial de regiones que pretenden separarse o autonomizarse de los Estados nacionales a los que pertenecen. En nuestro caso podemos decir incluso que los procesos separatistas se iniciaron en forma simultánea a las guerras de emancipación e independencia en los inicios del siglo XIX. Si bien no existía eso que llamamos “nación Argentina”, había un espíritu de pertenencia a un mismo destino que fue astillado por desaciertos propios, hábilmente potenciados por la diplomacia de las potencias entonces dominantes.
Doscientos años después de la emancipación americana seguimos atravesados por algunos interrogantes similares a los que marcaron el pulso político de las primeras décadas de vida independiente. Los reclamos separatistas cobran vigor cuando las debilidades de la Nación se exhiben sin velos. La crisis de la deuda, el alejamiento del mercado internacional de crédito, la ausencia de inversiones, la reprimarización de la economía, la debilidad endémica de la moneda y la ausencia de un horizonte de desarrollo de mediano alcance, hacen posible la irrupción de discursos dirigidos a profundizar las debilidades estructurales descriptas y avanzar en un estadio superior en el que se propicia la fractura territorial y la aparición de nuevas unidades políticas. Bajo un ropaje argumental que apela a sentimientos regionales muy arraigados es que aparece la propuesta del #MendoExit. Un Estado que pierde capacidad de dar respuesta a sus ciudadanos es un Estado propicio para su fractura territorial, pues los lazos de pertenencia a la “comunidad imaginada” llamada Argentina pierde emotividad, fuerza y potencia como lazo aglutinante.
Pensemos un instante. Tenemos una enorme riqueza pesquera, pero el mar argentino es un colador porque no podemos controlar a esas factorías flotantes que depredan nuestra riqueza ictícola a la vista de todos. Tenemos litio, pero no la capacidad de procesarlo. Tenemos gas y petróleo, pero no los capitales propios para explotarlos. Tenemos una riqueza minera inimaginable, pero la entregamos a trasnacionales que casi no tributan y que exportan a rienda suelta a simple firma de una declaración jurada. Tenemos vías navegables hídricas para trasladar tantísimas riquezas que exportamos al mundo, pero no la capacidad de ejercer el debido contralor sobre dicho proceso. Tenemos capacidad de generar importantes saldos en divisa dura, pero se nos fuga delante nuestras narices merced a políticas que incluso la alientan y financian. ¿Hace falta avanzar en la descripción del cuadro?
Que nadie se sienta aludido, pues no refiero esta descripción a ningún gobierno en particular. Hay un momento dilemático para nuestra Nación. Detrás de las propuestas separatistas hay intereses sobrevolando. Son los intereses de quienes quieren menos soberanía, menos Estado, menos regulaciones y más vía libre para apropiarse de recursos estratégicos cada vez más valorizados en un mundo que no sabe cómo construir sustentabilidad y que avanza en una carrera suicida de contaminación, agotamiento de recursos no renovables y envenenamiento del aire, del agua y de la tierra.
Cansa que el debate público se agote en poner el programa de Juanita Viale para pasarnos la semana entera respondiendo los dichos de algún energúmeno, mientras se nos escapan los elefantes delante de nuestra propia vista. Nunca es bueno generar alarmismo ni andar viendo conspiraciones en cada rincón de la vida. Pero tampoco es bueno banalizar la política a los extremos que vemos hoy en día.
Vivimos horas dilemáticas porque está en juego la sostenibilidad de la deuda, la posibilidad de reiniciar un proceso de inversiones vinculados a una estrategia de desarrollo nacional y una rediscusión pendiente sobre cómo movilizar recursos ociosos para recrear el mercado interno y dar impulso a una demanda hoy adormecida por la debacle de la economía mundial. La salida tiene que vincularse a un nuevo contrato social entre los argentinos que nos permita ponernos un horizonte común de desarrollo e integración, y no el resabido camino de asociarnos a intereses foráneos para asegurar enclaves minúsculos de prosperidad en perjuicio del conjunto. Patria o colonia, en definitiva.
La autora es dirigente peronista
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