
El pasado sábado 23 de mayo el presidente Alberto Fernández nos explicó, entre otras cosas, como estaba Argentina en términos de Tasa de Mortalidad por cada 100.000 habitantes respecto a otros países. Ante los anuncios e información recibida, la población intenta quedarse, en poco tiempo, con acciones que nos involucran y una idea del estado de situación comparable. Antes de tomar decisiones, gracias a Dios, nos han aclarado que esa comparación presentada contenía diversos errores que dificultaban evaluar nuestra situación respecto a nuestros vecinos de la región.
Pero la comunicación de datos e indicadores por parte del gobierno, periodistas e incluso los propios médicos que han invadido los medios de comunicación, viene siendo -desde mi mirada como especialista en medición de performance e indicadores- inadecuada o, por lo menos, muy cuestionable.
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Inicialmente recibíamos datos
Desde un inicio, nos mantienen informados día a día de la “cantidad de contagiados” y “cantidad de fallecidos”. Luego se le agregaron a estas variables, la de “recuperados”. Hasta aquí, estuvimos observando datos absolutos que nos ocasionaban una especie de sube y baja en nuestro ánimo y por qué no, miedo. Con los días, incorporaron esos datos a un gráfico que nos mostraba una evolución. Así pudimos comenzar a entender mejor esos datos, que comenzaban a convertirse en información.
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Nos comparamos con lo incomparable
Pasados ya los primeros 30 días, necesitábamos compararnos con otros. En ese preciso momento es cuando comenzamos a confundir a la población, y quizás también a los tomadores de decisiones.
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¿Por qué? Porque dicha comparación -y lo seguimos haciendo aun hoy- sea tanto entre provincias o con otros países habla sólo de “cantidad de contagiados”. Me pregunto si podemos obtener conclusiones al comparar mil quinientos contagiados argentinos con cuatrocientos de Uruguay. ¿Han intentado alegrarnos o preocuparnos con estas comparaciones? No lo sé. En primer lugar, porque mil quinientos contagiados no tiene el mismo impacto en un país de cuarenta y cuatro millones que en uno de tres millones y medio de habitantes. Luego, algunos trajeron a la mesa que lo justo era proporcionar esas mediciones mediante el indicador: “contagiados por cada 100.000 habitantes”.
Indicador con fallas de base
Pasaron los días, la pandemia fue avanzando y aparecieron una mayor cantidad de fallecidos. La conversación rondaba alrededor del esfuerzo por aplanar la famosa curva, mientras se referían ahora a la “cantidad de contagiados cada 100.000 habitantes”. Como usualmente sucede, para entender la situación, necesitábamos compararlo con algo o alguien, y así diagnosticar si debemos alegrarnos o preocuparnos. Al hacerlo con otros países, surge ahí mismo la inconsistencia del indicador: uno de los datos a ser comparado está “fallado”.
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Todos entendimos gracias a la OMS lo que significaba un caso positivo, pero la falla que les menciono no proviene de dicha catalogación sino de la certeza en la cantidad “comparable” de habitantes contagiados entre un país y el otro. ¿Cantidad comparable? Me refiero a los testeos que se realizan. ¿Todos testeamos igual? No, y de ahí el inconveniente al momento de compararnos. ¿Podemos entonces alegrarnos cuando escuchamos que Argentina tiene menos de la mitad de “contagiados por cada 100.000 habitantes que Uruguay? Confuso, ¿no? Pero así nos informaron durante más de 60 días.
El indicador correcto
Si los países testean en proporciones muy distintas, podremos compararnos con nosotros mismos y entender nuestra evolución, pero está claro que no sería exacto a la hora de compararnos con otros.
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Debemos encontrar indicadores que nos permitan tomar decisiones mediante una medida confiable. Mi sugerencia sería que si queremos gestionar con indicadores, tal como lo hacemos en las empresas, deberíamos medirnos con los siguientes indicadores:
Evolución de contagiados por cantidad de testeados: sabríamos entonces la proporción de infectados cada vez que testeamos, y eso en una línea de tiempo. Ese mismo indicador segmentado por zona geográfica es el que nos permitiría identificar focos, como lo son actualmente los barrios más vulnerables. Hemos encontrado así un indicador confiable por sus datos, y que nos permite entender “nuestra” propia evolución.
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Fallecidos por cada millón de habitantes: contando con un dato cierto como los fallecidos por COVID-19 y la población de los países, aquí encontramos otro indicador. En este caso no nos miraremos el ombligo como en el indicador anterior, dado que nos permite compararnos con otros.
Este llamado a la correcta utilización de las herramientas de medición –indicadores– tiene su correlato en la calidad de las decisiones tomaremos a partir de ellos. Si lo llevamos a un mundo de la empresa donde medir es algo cotidiano e indispensable, también solemos encontrarnos con directivos aferrados a indicadores que solo miran hacia adentro, que no son comparables en el tiempo con otros, etc. En definitiva, que no nos permiten entender, diagnosticar y especialmente tomar decisiones. Una humilde sugerencia: tómense el tiempo necesario al momento de pensar indicadores, elijan correctamente sus componentes y, sobre todo, tiempo para interpretarlos. Luego, vendrán las decisiones.
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El autor es profesor del IAE Business School, Universidad Austral
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