
Twitter se equivocó. Como le pasa muchas veces a las organizaciones que buscan actuar en nombre del bien y terminan, en su exceso de corrección, haciendo exactamente lo contrario.
Twitter entendió que no podía permitir que el presidente de los Estados Unidos dijera lo que quisiera sin intervenir, así que editó primero y censuró después dos mensajes de Donald Trump. La primera vez intervino por considerar que la información que contenía el tuit de Trump era engañosa. En ese caso decidió editar el mensaje y agregar un link que decía “Obtén los hechos sobre el voto por correo”. En el segundo caso intervino de forma más severa. En desacuerdo con las amenazas que había escrito Trump, Twitter decidió directamente ocultar el mensaje y agregar la siguiente leyenda: “Este tweet incumplió las Reglas de Twitter relativas a glorificar la violencia. Sin embargo, Twitter determinó que puede ser de interés público que dicho Tweet permanezca accesible”.
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La situación es insólita porque en ambos casos Twitter se puso por arriba de la palabra de un presidente y determinó unilateralmente qué y cómo los mensajes de Trump (o de cualquier líder del mundo) podrían ser hechos públicos. Ya había censurado recientemente a Bolsonaro y a Nicolás Maduro.
La situación derivó en una inteligente reacción de Trump: “Twitter deja de ser una plataforma pública neutral cuando toma decisiones editoriales”.
Esa sucinta frase contiene una amenaza considerable. Para la supervivencia de las redes sociales es indispensable no ser consideradas medios editoriales. Si las plataformas pierden su neutralidad y pasan a ser medios, quedarán expuestas a dar respuesta por todo el contenido que se publica en ellas. Con su decreto Trump podría obligar a Twitter a definirse ¿Qué son ustedes, una plataforma neutral o un medio editorial? Si son lo segundo, van a perder.
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Twitter populista
El supersticioso patrullaje de Twitter nos ayuda a pensar en qué clase de mundo queremos vivir. ¿Qué es peor? ¿Que Trump publique una información engañosa o que no tenga la libertad para hacerlo? ¿Necesitamos que Twitter nos cuide? ¿Acaso no tenemos infinitos mecanismo de conversación para desmentir los engaños? ¿Somos tan volubles que vamos a creer lo que nos dicen y vamos a actuar como nos inciten? ¿No es la comunidad de Twitter la más grande máquina de desmentir presidentes, antivacunas y terraplanistas? Si se trata de líderes glorificando la violencia, ¿vamos a acallarlos escondiendo sus mensajes y colocando leyendas escolares o vamos a escucharlos en toda su brutalidad, como adultos, reservándonos si queremos la emoción del repudio? ¿No creemos que somos capaces de discernir aquello que está mal de aquello que está bien? ¿En serio necesitamos que se nos advierta con mohines infantiles sobre un engaño o que directamente se nos prive de que esos mensajes lleguen hasta nosotros? ¿Qué es más estúpido? ¿Las teorías conspirativas de Nicolás Maduro diciendo que Covid-19 es un arma biológica creada por los Estados Unidos contra China o borrar sus tuits?
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¿Queremos un mundo donde un comité ignoto de Twitter determine en una reunión por Zoom qué podemos leer y qué no, o queremos recibir la información con plenitud, sea correcta o no, porque sabemos que contamos con las capacidades para analizarla, porque tenemos medios y periodistas que nos asisten para entender, porque tenemos otros líderes a los que les creemos para contradecir lo que dicen ellos? ¿Queremos ser libres o queremos, como se estuvo diciendo en estos días en la Argentina, que se regule la información, a los periodistas, a las redes, a los mensajes y hasta las intenciones de los mensajes?
Todos los que andan diciendo qué debemos leer y qué no, como hizo Twitter con Trump, todos los que promueven que se nos pongan advertencias antes de acceder a un tuit porque dice cosas engañosas o violentas, los que señalan qué es correcto y qué no, los que se elevan por sobre los demás, sobre los medios, sobre las instituciones, especialmente sobre la libertad, son monaguillos de la información a los que nadie invitó a opinar.
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Twitter, no intervengas.
El autor es periodista
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