
Para quienes no están dispuestos a hacer análisis rigurosos, en Argentina las leyes económicas no aplican.
Si bien desde Carl Menger, en 1883, existe relativo consenso respecto de la universalidad de ciertos principios económicos, algunos insisten en decir que en la Argentina estos no tienen ninguna validez. Obviamente, esta idea lleva a probar todo tipo de experimentos que, a la larga, terminan fracasando. No asombra entonces que la decadencia económica de Argentina sea un tema de estudio a nivel mundial.
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La última ley económica que Argentina parece haber refutado es la que relaciona a la emisión monetaria con la inflación.
Los economistas afines al Gobierno sostienen que durante buena parte de la gestión de Mauricio Macri la emisión monetaria fue cero, pero la inflación alcanzó un récord de 30 años. Por otro lado, festejan porque, a pesar de que el Banco Central emite a ritmos cercanos al 90% anual, la inflación del mes de marzo dio 1,5%, el dato más bajo en varios meses.
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Estos guarismos mostrarían que los “malditos economistas neoliberales” deberían retirarse y dejar trabajar a la “bondadosa heterodoxia latinoamericana”, que sí sabe cómo resolver los problemas. El inconveniente es que las conclusiones son erróneas, y el país se prepara para un nuevo “Rodrigazo”.
La emisión y el tiempo
Lo primero que hay que aclarar es que la base monetaria, que creció en $620.000 millones entre que el kirchnerismo volvió al poder y el mes de marzo, se retrajo en nada menos que $425.000 millones en abril. Es decir, la emisión es fenomenal, pero el Banco Central tampoco parecería querer jugarse demasiado.
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Igualmente este punto no es muy relevante. Realmente no tiene mucho sentido ver cuánto creció la cantidad de dinero en el mes para explicar la inflación de ese mes.
Es que, ningún economista del planeta sostiene que haya efectos inmediatos entre la creación de dinero y el aumento de los precios.
Uno de los textos más leídos en Estados Unidos por los estudiantes universitarios (Principios de Economía, de Gregory Mankiw) sostiene que uno de los principios fundamentales de dicha disciplina es que “si el gobierno imprime demasiado dinero, los precios se incrementan”, pero una página después aclara que el efecto de corto plazo es “más complejo y controversial”.
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Es que, claro, a corto plazo, y entre otras cosas, los gobiernos pueden ocultar las consecuencias de la inflación.
Reprimiendo precios
Pasemos ahora a la realidad de nuestro país. Desde que llegó al poder el presidente Alberto Fernández ha difuminado una extensa red de controles de precios, comenzando con el control al tipo de cambio, que popularmente denominamos “cepo”.
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La llegada del coronavirus no hizo más que reforzar esta política, y hoy tenemos tarifas de servicios públicos congeladas, naftas congeladas, servicios de salud regulados y sendos precios del supermercado presentes en programas de Precios Máximos.
El propio director del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos explicó que parte de este “buen” dato de inflación radicaba en la política de controles que, en el caso de las Comunicaciones, generó que los precios se retrotrajeran 4,1% en abril, balanceando la canasta.
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Los controles se suman a la transitoria caída de la velocidad de circulación del dinero producto de la cuarentena. Si la gente no puede salir de su casa, tampoco circulará mucho la moneda, por lo que esos pesos no llegarán a la calle, al menos por ahora.
Rodrigazo
¿Pero qué ocurrirá cuando, tarde o temprano, la cuarentena vaya aflojándose? Lo que ocurrirá es que si la gran masa de pesos que emite y emitirá en el futuro el gobierno sigue ahí, comenzará a haber presiones sobre los precios de los productos transados en el país.
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Estas presiones, de hecho, ya existen, y están manifestadas en la disparada del dólar paralelo, que coquetea con generar un 100% de brecha respecto del oficial.
Llegado ese momento, al Gobierno le quedarán solo dos opciones.
O mantiene su política de controles sobre dólar, tarifas, combustibles, cuotas de colegio, prepagas y telefonía móvil, llevando a la quiebra a todos estos sectores de la economía, o decide sincerar las variables eliminando los controles. Fue esto último lo que hizo el ministro de María Estela Martínez de Perón, Celestino Rodrigo, en junio 1975. Y fue esto mismo lo que hizo Alfonso Prat Gay, en 2016, cuando fue ministro de Macri.
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El dólar voló, las tarifas también, y la emisión pasada se tradujo inevitablemente en inflación con un salto discreto del nivel de precios. El salario real, obviamente, se vio pulverizado.
La emisión sí genera inflación. Y la historia Argentina es prueba de ello. Emitimos a lo loco por décadas, y destruimos 6 signos monetarios. El último día de 2001, 1 peso era igual a un dólar. Hoy un peso es –incluso en el tramposo mercado “oficial”- igual a 0,01 dólares.
Que la cuenten como quieran.
El autor es director de Iván Carrino y Asociados y Subdirector de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE
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