Imagen de archivo del papa Francisco realizando la audiencia general semanal de manera virtual desde la Biblioteca del Palacio Apostólico debido a la pandemia del COVID-19, la enfermedad causada por el coronavirus, en el Vaticano. 15 de abril, 2020. Vatican Media/­Handout via REUTERS
Imagen de archivo del papa Francisco realizando la audiencia general semanal de manera virtual desde la Biblioteca del Palacio Apostólico debido a la pandemia del COVID-19, la enfermedad causada por el coronavirus, en el Vaticano. 15 de abril, 2020. Vatican Media/­Handout via REUTERS

Cuando el rey Herodes, déspota y temeroso por el anuncio de que había nacido el mesías busca matarlo, José, obediente a la advertencia del Ángel, toma al niño, María lo abraza, y se lo llevan a Egipto. Así sufre Jesús la primera condición de desplazado y refugiado, “marcada por el miedo, la incertidumbre y las incomodidades”, recuerda Francisco que dice Mateo (2, 13-15, 19-23).

Dos mil años después “…refugiados que huyen del hambre, de la guerra y de otros peligros… en busca de seguridad y de una vida digna para sí y sus familias” (F. Ángelus, 29/12/13).

El Papa invita a los cristianos a reavivar el fuego

Es la hora del Covid-19. El Papa hablándoles a los bautizados y a los que en el transcurrir de la vida dejaron apagar la llama del amor, que se sacudan. Y empleando una bella figura de Rahner (teólogo católico alemán) los exhorta a que “aticen el rescoldo” apartando la ceniza acumulada encima, para reavivar el fuego.

“Yo voy salvando mis sueños altos / en el rescoldo de mi fogón” (Atahualpa, Zambita del buen amor)

Y dice Francisco que el rostro de Aquel, que nació en un establo, allí donde comen los puercos y otras bestias fue, a los pocos días de nacer un perseguido, un excluido y refugiado. Y es el rostro mismo de Jesús -donde Dios escribe la Palabra- el de los niños y adultos que habitan viviendas precarias de la 1-11-14, Puerta de Hierro o Cidade de Deus, donde entra sin pedir permiso el hambre, el frío y la gota que transporta el Covid-19. En sus miradas apelan al imperativo moral “no me mates” desde que al pobre se lo mata con la indiferencia del fariseo y con “el número” donde se esconde la secreta violencia de la objetivación estadística.

Por eso el Papa dice: “Estamos llamados a reconocer en sus rostros el rostro de Cristo, hambriento, sediento, desnudo, enfermo, forastero y encarcelado (hoy infectado) que nos interpela (cf. Mt 25,31-46)”.

El Covid-19 y el afán de ganar dinero de cualquier forma

La realidad es que el Covid-19, como las guerras y la exclusión, no son males imprevisibles, catástrofes de la naturaleza ajenos a la acción del hombre. No. El virus fue provocado -no cabe duda -por actos irresponsables. Por el abandono del principio del “saber cuidar”. Nos invade a partir del mercadeo inmundo que -con el único afán de ganar dinero de cualquier forma- desparramó el mal. Desde el mercado.

Las acciones para el bien están en cuatro verbos y seis parejas de verbos, según Francisco: “Se trata de un reto pastoral al que estamos llamados a responder con los cuatro verbos que señalé en 2018: acoger, proteger, promover e integrar…a lo que quisiera añadir ahora otras seis parejas de verbos, que se corresponden a acciones muy concretas…”.

1. Es necesario conocer para comprender

“El conocimiento es un paso necesario hacia la comprensión del otro”, dice el Papa y alude al pasaje donde camino a Emaús van los discípulos a los que se acerca Jesús resucitado y no lo conocen. “Cuando hablamos de migrantes y desplazados, nos limitamos con demasiada frecuencia a números. ¡Pero no son números, sino personas!” En lugar de contarlos, decimos ¿no sería mejor mirarlos a los ojos? Eso es lo que hacen los “curas villeros”.

2. Hay que hacerse prójimo para servir

“Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba (el caído, asaltado y herido) y, al verlo, se compadeció, y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó” (Lc 10,33-34).

Cuando vio al herido, sintió que se le retorcían las tripas por el dolor del otro (al lado del que habían pasado dos fariseos antes y miraron para otro lado). Conmovido el extranjero de Samaría lo cargó, lo ayudó, lo llevó a una posada, encargó que lo cuidaran dejando un dinero y se fue a cambio de nada.

Claro que “acercarse al prójimo significa, a menudo, estar dispuestos a correr riesgos, como nos han enseñado tantos médicos y personal sanitario en los últimos meses”, dijo Francisco, y tantos sacerdotes que pasan la vida ayudando a los pobres.

3. Para reconciliarse hay que escuchar

“Nos lo enseña Dios mismo, que quiso escuchar el gemido de la humanidad con oídos humanos, enviando a su Hijo al mundo: ‘Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él […] tenga vida eterna’” (Jn 3,16-17).

4. Crecer para compartir (todo es de todos y nadie se salva solo)

“Para la primera comunidad cristiana el compartir era uno de sus principios: ‘El grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma: nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, pues lo poseían todo en común’" (Hch 4,32). "Dios no quiso que los recursos de nuestro planeta beneficiaran únicamente a unos pocos. ¡No, el Señor no quiso esto! Tenemos que aprender a compartir para crecer juntos, sin dejar fuera a nadie”.

5. Se necesita involucrar para promover

“Así hizo Jesús con la mujer samaritana (cf. Jn 4,1-30). El Señor se acercó, la escuchó, habló a su corazón, para después guiarla hacia la verdad y transformarla en anunciadora de la buena nueva: ‘Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?’” (Francisco).

6. Es indispensable colaborar para construir

“Esto es lo que el apóstol san Pablo recomienda a la comunidad de Corinto: ‘Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, a que digáis todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros. Estad bien unidos con un mismo pensar y un mismo Sentir’" (1 Co 1,10). "Este no es el tiempo del egoísmo, porque el desafío que enfrentamos nos une a todos y no hace acepción de personas” (Francisco, M. Urbi et Orbi, 12/4/20).