
Nos encontramos en un tiempo extraordinario, fuera de lo común, donde todo aflora: los actos de servicio, al punto del heroísmo, de nuestros trabajadores de la salud, y los actos miserables de quienes potenciados por el miedo quieren echar a sus vecinos médicos de sus departamentos. Los que son incapaces de ceder parte de su torta, chica o enorme, y los que solo tienen migajas y la comparten desde el anonimato. Las pandemias sacan lo mejor y lo peor de nosotros.
Nuestro país convive con dos pandemias. Una global, temporal y sanitaria, el Covid-19, y otra nacional, estructural y social: la pobreza.
Esta realidad se agudiza y se visibiliza con mayor fuerza en el conurbano, donde las dos pandemias se potencian y pueden crear el mayor daño, donde convive y coexiste brutalmente la mayor desigualdad de nuestro país, los más ricos y los más pobres. Así es el conurbano y algunos barrios de la ciudad de Buenos Aires.
El conurbano es una realidad estructural que se fue construyendo durante décadas como respuesta a la demanda de trabajo industrial de calidad, donde millones de argentinos de distintos lugares fueron a desempeñarse a las fábricas que se abrían. El Estado les fue construyendo barrios con infraestructura básica, hospitales, escuelas, transporte público, clubes, comisarías y algunas universidades. Así el conurbano y algunos barrios de la ciudad de Buenos Aires fueron convirtiéndose en el centro de atención de la política, los sindicatos y las empresas. La tentación de tener el 30% de la población concentrado en el 0.30% del territorio nacional aparecía como una ecuación insuperable para cualquier inversión pública o privada que a simple y corta vista debía rendir más beneficios que en cualquier otro lugar. La omnipresencia del conurbano en cualquier análisis de toma de decisión nacional fue definitivo, y así fue generando un proceso de retroalimentación.
Ese paisaje a partir de los vaivenes económicos propios, el atroz proceso de endeudamiento externo, aniquilamiento y desaparición de toda una generación de dirigentes, sumado luego la globalización y el proceso de robotización fue modificándose, se apagaron muchas chimeneas y muchas fábricas se convirtieron en viviendas precarias de infinidad de familias, se perdieron cientos de miles de puestos de trabajo y se contuvo a la gente con más barrios, más escuelas, más centros de salud, más comisarías. Ya no se generaba trabajo como para satisfacer la demanda de empleo y tampoco alcanzaba para obras fundamentales como agua potable y cloacas: había que pagar los intereses de la deuda. Sin entrar en el tema no menor de los recursos que se perdieron producto de la corrupción.
A la par fueron apareciendo algunas nuevas realidades: fuga de capitales, la nacionalización de la deuda privada, desfinanciamiento de la educación y salud pública, desempleo, contaminación ambiental, la droga intoxicando todo a su paso y generando la necesidad de más recursos para seguridad, salud, ayudas por desempleo, informalidad. Un combo que ha funcionado como combustible para las crisis y la necesidad de más recursos para atender las urgencias de una realidad que particularmente en el conurbano está desbordada. Colapsada.
La tragedia de la dictadura militar nos trajo a su fin el sistema democrático como un gran acuerdo de convivencia entre todos los argentinos.
Con Alfonsín y Cafiero primero, concretado luego en la presidencia de Menem con la reforma de la Constitución del 94, logramos y profundizamos ese gran acuerdo democrático, reconocimos nuevos derechos y garantías e instituciones para reiniciar un camino de paz, desarrollo y progreso.
Desgraciadamente, crisis internacionales mediantes y desencuentros nacionales, ese camino no ha sido fácil. No obstante, hay logros importantes en la presidencia de Nestor Kirchner y de Cristina que no debemos soslayar: el desendeudamiento, juicios de lesa humanidad, la jubilación por moratoria y la asignación universal por hijo le han dado un oxígeno financiero (soberanía) y (justicia) social a nuestro país que de no haber existido difícilmente podríamos haber sostenido un nuevo proceso de endeudamiento, desindustrialización y pérdida de empleo como el vivido en la presidencia de Macri.
A esa enorme dificultad que enfrentamos de desocupación, de pérdida del valor de la moneda, de falta de respuesta educativa y la pandemia de la pobreza se le suma la pandemia global del Covid-19, cuya cara más amenazante la vemos en ese conurbano, otrora protagonista del desarrollo, que se convirtió en una trampa demográfica para la provincia de Buenos Aires y para todo el país.
Nuestra obligación es encontrar respuesta a estas pandemias y enfrentarlas.
Sin dudas el presidente Alberto Fernandez ha tenido un primer acierto para enfrentar la pobreza en sus primeras medidas que tuvieron el sentido de reconstruir el tejido social y atacar la profunda desigualdad. Antes de concluir el primer trimestre de su gestión nos llegó el coronavirus. La respuesta también fue el acierto de la cuarentena y el cierre de fronteras que acható la curva y evitó que contemos muertos por cuadras. Como toda enfermedad silenciosa y descontrolada, apenas detectada hay que atacarla con contundencia y agresivamente, lo que trae aparejado generalmente efectos colaterales no deseados. Es entonces que hay que entrar a otra fase del tratamiento para que el remedio no sea peor que la enfermedad. Esto también advirtió el gobierno nacional, gobernadores e intendentes que plantearon un acuerdo federal progresivo y de concertación para ir atendiendo cada una de las distintas realidades. A ese método virtuoso le podría sumar mucho la idea que planteó Alberto Fernandez del Consejo Económico y Social, que podría iniciarse localmente (de hecho se está haciendo en algunas provincias) donde las organizaciones, mujeres y hombres de los quehaceres de cada uno de nuestros pueblos junto a sus representantes determinen prioridades. Primero atendiendo la salud para que no avance el Covid-19, segundo con los protocolos necesarios el regreso de las distintas actividades para que no avance la pobreza. Cada pueblo, municipio, provincia, región tiene una respuesta distinta y posible para dar y combatir las dos pandemias y hacer su aporte a la Nación.
En esta experiencia puede haber una respuesta al problema de fondo de nuestro país. La posibilidad de aplicar sostenidamente ese programa político, social y económico que es nuestra Constitución y que tuvo un importante aporte en la reforma de 1994 en lo prescrito en los incisos 18 y 19 del articulo 75 (cláusulas del progreso y del desarrollo humano y económico con justicia social).
Exceptuándose alguna política de promoción industrial y de beneficios para la Patagonia, no se han generado políticas que atiendan la diversidad constitutiva y estructural de nuestro país.
Reconozcamos las diferencias y actuemos en consecuencia. Es impensable que la ganadería pague los mismos impuestos y las mismas cargas patronales en la pampa húmeda que en la región del Albigasta (Catamarca, Santiago del Estero, Tucumán, norte de Córdoba). ¿Alguien puede suponer que vamos a desarrollar el turismo en toda la Argentina si paga lo mismo una empresa del sector en Mar del Plata que en la Puna? ¿Es razonable que tenga el mismo costo impositivo y laboral un productor frutihortícola de San Pedro que los productores del interior profundo de la argentina donde el agua, la infraestructura, el mercado son escasos? ¿O que tenga idéntica ecuación inversión-beneficio una industria si se instala en CABA o en la Patagonia?
El árbol no nos puede tapar el bosque, hay que animarse a promover incentivos y promociones para desarrollar integral y equitativamente el país.
No hay más tiempo para culparnos unos a otros, la discusión de quién fue peor es inconducente, atrasa y a esta altura resulta aburrida.
Un Acuerdo Federal Progresivo y de concertación con un Consejo Económico y Social en cada provincia o región y uno nacional institucionalizados va a generar una mirada y políticas públicas a mediano y largo plazo.
La desconurbanización de las políticas va a resolver la trampa demográfica en la que nos encontramos. Va a generar trabajo, arraigo, desarrollo, cuidado ambiental y un ecosistema de mayor igualdad y calidad de vida para todas y todos los argentinos.
Nota: también pasa en menor medida en los conurbanos florecientes de Rosario, gran Córdoba y en otras provincias a menor escala hay fenómenos que guardan cierta similitud. Descartemos cualquier nota estigmatizante o valorativa porque no la hay, simplemente ensayé una descripción básica de una situación que cada punto enumerado ha merecido importantes estudios de reconocidos y prestigiosos intelectuales que se pueden consultar.
El autor es senador nacional (Frente de Todos)
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