Un nuevo 8 de Marzo. Hasta poco tiempo atrás, sinónimo de descuentos en shoppings o flores gratuitas en bares y negocios. Hoy se vive como lo que fue en sus orígenes: una jornada de lucha y de reivindicación. Gracias al movimiento de mujeres, hemos alcanzado un nivel de conciencia de que aún existen derechos que nos faltan y de que estamos en una situación de desventaja por ser quienes somos.

Si hay un espacio estratégico donde se evidencian avances sustantivos y, al mismo tiempo, deficiencias notables es, sin dudas, la participación de las mujeres en los espacios de toma de decisión y, específicamente, en la política. En Argentina, contamos con herramientas que apuntan a garantizar la igualdad formal –desde la Ley de Cupo en 1991, vanguardia normativa a nivel regional, pasando por la Ley de Paridad en 2017 y la tipificación de la Violencia Política contra las mujeres en 2019-, pero estamos lejos aún de lograr una igualdad significativa. Y esto no es sólo una cuestión de números: vale como ejemplo la última elección donde “debutó” la Ley de Paridad y se cumplió en forma mayoritaria, pero en la que sólo el 21,8% de las listas legislativas fueron encabezadas por mujeres. Es en el terreno de lo simbólico donde se evidencian (y reproducen) las mayores desigualdades.

Aun cuando las mujeres que estamos en política, en promedio, contamos con mayores credenciales educativas que nuestros pares hombres, se suele cuestionar nuestro mérito por ocupar el lugar que ocupamos. Y como si eso fuera poco, también se nos cuestiona cómo nos vestimos, nuestro físico, cómo hablamos, con qué tono, cuánto respondemos a la expectativa –estereotipada- del “liderazgo femenino”: comprensivo y compasivo. ¿Cuántas veces los medios reparan en el “look” de una candidata/legisladora? ¿Se les pregunta a los hombres que están en la función pública quién cuida de sus hijas/os mientras ellos están realizando tareas políticas? ¿Se los cuestiona y/o señala si suben o bajan de peso? ¿Alguien se imagina al presidente de la Nación en un “duelo de estilos” con otro mandatario de igual rango? La desigualdad existe, es real y concreta. También lo son los estereotipos que naturalizan, reproducen y perpetúan estas diferencias culturales, como si fueran biológicas e inevitables.

A las mujeres que participamos en política, desde jóvenes militantes hasta legisladoras y altas mandatarias, se nos exige que nos conduzcamos de modo “adecuado”. Que tengamos “modales adecuados”. El tipo de liderazgo que se acepta de las mujeres es el que se corresponde con los estereotipos: el de componedora y “maternal”. Esto es así en todo el mundo y no distingue partidos políticos, ni culturas. En Estados Unidos -donde, luego de una elección histórica en 2018, las mujeres ocupan menos del 25% de los escaños parlamentarios- la senadora Elisabeth Warren fue criticada por sus modos en los debates, acusada de estar “enojada” por manifestarse contundentemente por los temas que le interesan, mientras que a ningún hombre se lo objetó por subir el tono de voz o defender enfáticamente una postura alguna vez. En ellos, esa determinación es un valor. En nosotras, un disvalor.

En general, cuando un hombre se muestra firme en una decisión, se lo reconoce como una virtud de liderazgo. El mismo comportamiento en nosotras es sinónimo de crítica. Ellos son líderes natos, nosotras autoritarias. En nosotras las emociones tienen connotaciones negativas -somos sentimentales, hormonales o directamente locas-. En ellos, habla de su compromiso, su vocación y se los aplaude por cómo se “plantan” durante una discusión.

Este es uno de los grandes desafíos que, como sociedad, tenemos que enfrentar. Cambiar la cultura de la diferencia por la de la igualdad. De segmentación, etiquetas y “deber ser”, por la libertad. Este 8 de marzo, queremos reivindicar nuestro derecho de estar, participar y tomar decisiones como nos salga y como nos parezca que hay que hacerlo. Desde el respeto y la tolerancia, pero sin ataduras ni mandatos.

Este día quiero reivindicar a cada militante, legisladora, periodista, empresaria, funcionaria, mujer que toma decisiones y debe enfrentar a esa pequeña mayoría de los hombres en el poder. A ellas les digo que las admiro y las entiendo. Por nosotras, por más mujeres en política, sin importar las banderas que cada una levante, porque cuanto más igualitaria y diversa sea nuestra sociedad, más significativa, representativa y justa será nuestra democracia.

La autora es diputada nacional por la provincia de Buenos Aires de UCR en Juntos por el Cambio