
Aún con un formato que los transforma más en una serie de exposiciones individuales que en un intercambio de ideas y propuestas, los debates presidenciales han revelado que son útiles para la ciudadanía. Los dos que se realizaron, pero en especial el del último domingo, dejaron en evidencia la existencia de dos modelos de país muy distintos: uno republicano, honesto, transparente, que se funda en la verdad, que procura que cada ciudadano sea artífice de su propio destino en el marco de políticas que garanticen la igualdad de oportunidades; y otro populista, autoritario, corporativista, que trata a las personas no como ciudadanos sino como clientes que dependen de los favores del mandamás de turno.
Las elecciones del 27 de octubre se centran en dos candidatos. No resulta de interés comentar extensamente las perfomances de los otros. Nicolás del Caño no se movió de su discurso de asamblea estudiantil antisistema; Juan José Gómez Centurión apeló a las dos o tres cuestiones que constituyen toda su plataforma -más propia, por su carencia de planteos generales, de una elección legislativa que de una presidencial ; José Luis Espert pudo ser incisivo, con la soltura que le permite opinar desde la tribuna sin chance alguna de llegar al gobierno; y Roberto Lavagna volvió a mostrarse apático, confuso, incómodo y sin voluntad de liderazgo.
En esta oportunidad, ya muy cerca de las elecciones, el debate tuvo más pimienta. Mauricio Macri mantuvo en todo momento una imagen presidencial, seria, serena y firme a la vez. A la par de trazar, dentro de la brevedad que permitían los acotados tiempos fijados, las grandes líneas que marcarán su segundo gobierno, no se privó de señalar, como respuesta a la incesante hostilidad de Alberto Fernández, la plena identificación de este con el kirchnerismo. Identificación que antes el candidato pretendía minimizar, pero que en los días recientes él mismo ha reconocido de modo expreso y categórico.
Macri puso de relieve las desastrosas políticas públicas del kirchnerismo, sobre todo en materia energética y en infraestructura. Al mismo tiempo, sostuvo que no era creíble que Fernández ignorara, si era tan cercano a los Kirchner como su cargo de Jefe de Gabinete y sus propias declaraciones, de hace muy pocos meses, lo prueban, los actos cotidianos de megacorrupción que tenían como epicentro el despacho contiguo al suyo. Seamos claros: o miraba para otro lado o padece de una ingenuidad colosal.
El elegido por Cristina Kirchner no formuló ninguna propuesta. Desde el inicio, su único objetivo fue agredir a Mauricio Macri, inclusive apelando a bajeza de atribuirle actos que habría cometido su padre. Pero no contestó las precisas imputaciones que le hizo el presidente, ni la no menos precisa pregunta que le formuló Espert acerca de su necesario conocimiento de la corrupción kirchnerista.
Sin duda alguna Macri salió fortalecido del debate, como así también de la extraordinaria movilización del sábado anterior en la 9 de Julio, solo comparable a aquel legendario acto de Raúl Alfonsín en 1983. Fernández, por su parte, pese a la gran diferencia que obtuvo en las PASO, se mostró todo el tiempo de mal humor. Macri termina su campaña rodeado de multitudes de ciudadanos que quieren seguir viviendo en una República; Fernández, en la penumbra de salones corporativos, entre empresarios prebendarios y sindicalistas enriquecidos en décadas de aferrarse a sus poltronas. Aquel representa hoy el futuro de un país libre, abierto, con un sólido Estado de Derecho, integrado al mundo; Fernández es la enésima encarnación de la decadencia de la Argentina, portador, si ganara, de un poder vicario que dependería en todo momento de la voluntad de la Jefa Espiritual del kirchnerismo, que nada ha aprendido ni nada ha olvidado, como queda claro en el libro en el que no cesa de destilar resentimiento.
Así llegamos a la última semana antes de las cruciales elecciones. El desafío es arduo, pero para nada imposible. Está en juego nada menos que la libertad.
El autor es diputado nacional por la ciudad de Buenos Aires (Cambiemos)
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