
Fue el 3 de Octubre a las 5 de la tarde. No es la primera audiencia, y aun así me sigue conmoviendo. El Vaticano, esa síntesis entre lo monacal y el arte universal, la soledad del espacio, la pequeña sala donde espero. Siempre llego unos minutos antes y apenas percibo sus pasos, le digo que el encuentro me emociona. Me agradece la visita, sé de sobra que quiere escucharme, y entonces doy rienda suelta a mi visión de la realidad, al lugar esencial que ocupa la fe luego de la caída del muro, al rechazo que despierta el hecho de que hoy la religión sea el único espacio que no logra manejar el dinero. Le describo mi visión de la política y su dependencia del poder económico, el absurdo de los dueños de miles de millones y su abrumadora necesidad de negar toda relación con la miseria. Los ricos no quieren hacerse responsables de la masa de pobres que engendra su codicia. Por eso necesitan de odiadores profesionales que salgan a cuestionar el mensaje del Papa, el mundo de la fe. Le digo que ahora, sin embargo, al esfuerzo denodado que él despliega se suman los ecologistas. Los ricos no solo enfrentan la religión con sus esbirros vocacionales o rentados, sino que arriesgan la supervivencia de la humanidad con la desmesura de su codicia.
Voté a Macri -le recuerdo-, convencido de que sería capaz de sacarnos de la grieta, imaginé que la otra opción era peor, que hablé mucho con él y me convenció de ser un adversario capaz de superar las limitaciones de innegables desviaciones. Y, sin embargo, Macri no pudo dejar de odiar, o se dejó convencer de que cultivar el fantasma del enemigo, del peronismo, llevaba al nuevo espacio. Se hizo cargo del oscuro lugar del verdugo, asumió el anti peronismo visceral y hasta contrató a expertos extranjeros para sustituir la política por las redes sociales y echarles la culpa al Papa y al peronismo. Ni con ese refuerzo de jugadores pudieron dejar de perder por goleada, una provincia tras otra y siempre explicando, en su aceitado mecanismo de negación, que la elección no era importante.
Le hablé al Papa también del surgimiento del odio hacia su persona desde el seno del periodismo, de gente que en otro tiempo fue cercana, algunos hasta amigos, y que ahora, de pronto, ocupaban ese lugar del sinsentido. Claro está, con razón, que no les molesta la fe ajena sino la culpa propia, la que asumen en nombre de los dueños del modelo de concentración ilimitada al que obedecen. Comenté una charla con un rico que me habló de sus miles de millones, un nuevo rico, descendiente de la nueva hornada de las privatizaciones, de esos que solo hablan de plata, de reformular las leyes laborales, y del fracaso de esa demencia en el proceso electoral. Hablamos del pecado de la codicia, y de cómo en ese pecado se halla el origen tanto de la progresiva miseria como de este desprecio a los creyentes que se ha desarrollado como una nueva pertenencia, como un espacio de personajes agresivos sin patria ni bandera. De la necesidad de que la religión retorne al espacio de los pobres, de los humildes. Creo que le gusta escucharme y sabe seguramente que jamás voy a utilizar sus palabras. Me honra con su tiempo, sé que estoy hablando con la persona cuyo pensamiento es sin duda hoy el más importante de la humanidad. En verdad, me importaba particularmente dialogar con él sobre esta enfermedad del fanatismo en su contra, de quienes antes aparentaban ser democráticos y de las razones por las que ahora un Papa argentino desnudó sus odios y sus pequeñeces.
Esto es lo que le dije al Santo Padre. Agregué que el Gobierno que viene es peronista, con sus desviaciones y agachadas, hijo del viejo, antiguo amor a los pobres que fue el peronismo. Hablamos de Alberto Fernández, me comentó su defensa de Lula, y respondí que en lo personal coincido con ella aunque, desde una responsabilidad política, se deben priorizar las relaciones con el país hermano. Soy consciente de que Venezuela es indefendible y de que Bolivia y Uruguay son democracias con libertad y logro. Todo esto lo pongo en mis palabras, ninguna viene del Santo Padre ya que él habla desde otro lugar, desde la fe.
Me escuchó durante casi 45 minutos. Consciente del valor de su tiempo, siempre insisto en irme antes. Me obsequia un rosario y una medalla de la Virgen, le pido que los bendiga y. luego, una foto. Tengo anteriores, pero abre la puerta de la salita austera donde me recibe siempre y le pide con amabilidad a alguien que nos tome la foto con mi teléfono. Francisco habló poco y me dijo mucho, con pocas palabras como es su estilo, pero con la fuerza de su mirada sobre el mundo y sobre nosotros. Le insistí, como siempre, en la necesidad de pacificar nuestros espíritus, en la importancia de su palabra para lograrlo. Aludí al momento clave para hacerlo, me respondió remarcando la elección del momento. Le dije con humildad que de eso sin duda él sabía más que yo. Salí conmovido, quizás más que otras veces. La vida tiene sus regalos, y este es para mí uno de los más trascendentes.
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