Agustina comparte su trabajo con sus seguidores: una columna sobre el último partido de River. Entre las respuestas propias del mundo del fútbol se cuelan chicanas, aplausos, teorías sobre cómo debió plantarse el equipo y demás cosas. Pero a alguien no le gustó algo que dijo Agustina y la acusan de ser una «pendeja pelotuda» de tener algún tipo de «banca» y de «chetita». Otro sujeto, sin mucho esfuerzo para los eufemismos, la tratará directamente de puta.
No importa el día, la profesión, o el objeto de expresión, siempre habrá alguien esperando para saltarnos a la yugular porque no le gustó lo que dijimos hoy, porque no le gustó lo que dijimos hace tres años o porque no le gusta nuestra cara, nuestro apellido, nuestra forma de pensar, nuestro color de piel, nuestra ascendencia, nuestra ideología –si es que existe tal cosa todavía– o el motivo que fuera.
Un día de 2007 estamos en Facebook divirtiéndonos hasta que se nos hace denso el clima de personas que opinan sobre todo lo que interpretan que decimos, creen que hacemos o imaginan que pensamos.
Un día de 2010 estamos matándonos de risa en Twitter sobre cualquier cosa y, sin darnos cuenta, se nos llena de sujetos que parecieran que no tuvieran otra cosa para hacer de la vida que vivir juzgando que hacen los demás.
Cientos de egresados de la Academia Torquemada pululan por ahí esperando a ver algo para alimentarse. Lo mejor: ya no importan los justificativos. No hay prejuicio: hay sentencia firme.
Una periodista dice lo que cree sobre un tema, sin faltar el respeto, y dando su opinión personal en una cuenta que nada tiene que ver con la empresa para la que trabaja. Es tendencia durante 36 horas en las que casi la totalidad de los mensajes emitidos son pidiendo que se quede sin trabajo. El resto, por suerte, no piden que la echen: tan sólo solicitan que se la empale en la Plaza de Mayo.
Hasta hace no mucho tiempo estaba de moda hablar de bullying. La mayoría de las noticias al respecto hablaban del colapso de una persona tras el asedio verbal de terceros, contabilizándose entre un sujeto y alguna decena. Hemos leído noticias sobre suicidios de seres humanos que no pudieron resistir el acoso de sus compañeros de aula, o de sus colegas de oficina.
Bueno, imaginen por un segundo lo que es recibir más de 3.000 insultos de 3.000 personas en un puñado de horas. ¿Pueden dimensionarlo? Muchas de esas personas compartirán luego la campaña contra el acoso escolar o a favor del agua potable en Kasajistán pero no logran generar empatía con el que tienen al lado ni mucho menos aceptar que lo que están haciendo (diciendo) puede alterar la vida del otro para siempre.
Sionista, puto, torta, culorroto, vendepatria, gorda, anoréxica, putita, sorete y negro (obviamente, de mierda) son quizás los insultos que más fácil podemos hallar en una simple búsqueda con el celular.

En un ejercicio que cuesta entender, nadie registra que le dice negro a quien no es negro –rezagos de cuando sí había negros y eran pobres con costumbres «marginales»– y que en una misma frase es capaz de decir «les rompimos el orto, putos». Evidentemente, puto sólo es el que recibe contra su voluntad y no quien expresa su voluntad de penetrar aún violando.
Hablando en primera persona –bueno, lo de los 3 mil insultos en una hora es mío– puedo afirmar que estuve a ambos lados del mostrador: fui el boludo al que tomaban de punto y más de una vez no he medido las consecuencia de lo dicho tras el escudo de un teclado.
Imaginemos que caminamos por la calle en cualquier ciudad y/o pueblo que se nos cruce por la cabeza. ¿Acaso paramos a cada uno de aquellos a quienes cruzamos para preguntarles qué opinan de la situación del país para luego insultarlo de arriba a abajo? ¿Acaso frenamos a un tipo y, mirando fijamente su kipá, lo culpamos por todos los males de la sociedad capitalista-comunista? ¿Alguno es capaz de tomar del brazo a una persona y comenzar a los gritos en medio de una avenida: «escuchen todos lo que este hijo de puta dijo, si pensás que hay que quitarle todo y mandarlo a vivir debajo de un puente, llamá a todos tus contactos y contales»?
Un tipo entra en una discusión con una mujer y le termina diciendo «besito en la cola y cuidala para que no tengas que abortar». Ya habían discutido varias veces y, entre otros motivos, por la educación sexual. ¿Hace falta hacer un análisis sobre los conocimientos de anatomía y procreación humana que portaba el insultador?
Las minas son todas putas o incogibles. Si son lesbianas, son tortas, si son héteros, les gusta la pija. Y sí, papu, casi que es la definición de mujer heterosexual. Nadie se anda cagando de risa del tipo al que le gusta la entrepierna femenina.
Los periodistas son todos corruptos, nadie opina gratis, todos cobran un sobre y venden sus ideas a cambio de dinero. Es increíble el nivel de proyección en el país en el que la coima es la principal actividad económica.
Lo insólito es que estos prejuicios se han convertido en la moneda corriente de nuestra vida diaria a tal punto que no nos dimos cuenta que ya forman parte hasta de simpatías políticas. Ya no importan las minorías: se ataca a cualquiera por cualquier cosa pero con una hipocresía que da calambres.
Nadie pagó nunca por sexo pero son todas putas; todos tienen un amigo judío pero hay que pedirles el examen de ciudadanía que ningún argentino pasaría; nadie tiene nada en contra de la homosexualidad, mientras lo hagan sin predicarlo, en privado, a escondidas, y preferentemente en una isla.
Lo único cierto de todos los prejuicios es que nadie, absolutamente nadie, ni siquiera el boludo que firma esta nota, puede arrojar la primera piedra.
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