La reunión del G20 en Buenos Aires fue un rotundo éxito desde todo punto de vista. Ahora la carroza se transforma en calabaza y volveremos a la dura realidad de nuestra vida cotidiana. La espuma desciende y el riesgo de especulación política electoralista es alto. Lo valioso sería poder sacarle provecho de largo plazo a este enorme logro nacional. No deberíamos perder otra oportunidad.
La diplomacia argentina, tantas veces denostada por sus aparentes lujos y frivolidades, demostró ser un cuerpo de profesionales de altísimo nivel, justificando así presupuestos y partidas en épocas de austeridad. La organización fue casi perfecta y el rol de los sherpas locales en la negociación de la agenda y los consensos finales fue crucial.
El impecable operativo de seguridad nos permitió entender que otro mundo es posible. Con inteligencia previa, negociación y la sola advertencia de la aplicación de la ley a rajatabla, se consiguió una tranquilidad y respeto que sorprendió a propios y extraños, y que ojalá perdure.
Hasta el propio presidente Mauricio Macri expuso al mundo sus habilidades diplomáticas y pareció disfrutar de ese rol de estadista internacional, algo que se sabía desde hace tiempo, pero que sus compatriotas no habíamos presenciado tan claramente. Sus lágrimas en el Colón evidenciaron que estos asuntos lo movilizan profundamente, algo que antes solo creíamos que sucedía cuando se trataba de fútbol.
Nuestro país volvió a pendular entre civilización y barbarie, a una semana del papelón lamentable del fallido partido de fútbol. La consigna sarmientina sigue teniendo vigencia, con el riesgo de que la demografía nos juegue en contra, ya que cada año y como consecuencia de nuestras degradaciones educativas, económicas y culturales, una de las caras de la moneda crece y crece a expensas de la otra.
Muy pocas veces tendremos otra ocasión de experimentar en forma tan explícita lo que significa ser protagonistas del mundo que importa. Los argentinos durante dos días nos congelamos frente a nuestros celulares y televisores como testigos privilegiados. El impacto en la opinión pública sin dudas fue intenso, aunque también probablemente sea efímero.
La reinserción de la Argentina en el mundo es tal vez el principal logro de la gestión de Cambiemos, no en vano y en broma muchos insisten en que a Macri le va mucho mejor afuera que adentro. Por eso sería un desperdicio que el Gobierno nacional se tentara en solo sacarle provecho electoral de corto plazo a esta movida impresionante. Por el contrario, sería más que oportuno que se intentara construir una política de Estado en la materia. Las condiciones están dadas y el Presidente debería ser lo suficientemente generoso como estadista para que esta corriente pro mundo pueda arraigarse en forma permanente en el pensamiento y en la acción de la clase política argentina. Para ello debería convocar y participar a todos por igual, oficialistas y opositores, para que opinen y se sientan involucrados. La idea sería que nunca más nos conformemos con militar y ubicarnos en el lado oscuro de la Luna, postura que pudo redundar en algún beneficio personal pequeño para los protagonistas, pero que nunca se tradujo en algo positivo para los pueblos. La angustia y el sufrimiento de los coreanos del norte, de los venezolanos o los cubanos sirven de ejemplo
El Presidente y su entorno tendrían que cambiar la actitud que en este sentido mostraron durante la cumbre y abrir un poco más el juego. En aquellos días de gloria internacional poco se vio o se supo de los socios principales de la alianza gobernante y mucho menos de los principales líderes opositores. La construcción de grandes consensos en los grandes temas es imprescindible y podría ser el gran legado de este Gobierno. La experiencia internacional indica que estos acuerdos se convocan y construyen desde lo más alto del poder. Esa es la forma en que los principales países plantearon líneas de acción de largo plazo que no se alteran aunque cambie el color político del equipo gobernante.
No deberíamos perder otra oportunidad y nadie debería tentarse de sacarle un pequeño rédito a algo tan trascendente. Contando con un alto apoyo popular, la mayoría de la dirigencia en todos los estamentos seguramente se alinearía y acordaría algunos grandes lineamientos. Hay que volar alto para llegar lejos y para la tranquilidad de los ecuatorianos y los argentinos que rodean al Presidente, ese podría ser además el mejor camino para que los votantes extiendan el mandato por otros cuatro años.
El autor es analista internacional y coautor del libro "Francis: A Pope for our Time".
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