No caben dudas de que el ojo de la política mundial se situará en Buenos Aires a partir del 30 de noviembre. En esta oportunidad, la presidencia argentina para con la cumbre del G20 estableció tres prioridades de vital relevancia, bajo el lema de "construir consensos para un desarrollo equitativo sostenible".
La primera prioridad es el futuro del trabajo. En este sentido, la situación global es preocupante para la mayoría de los trabajadores. La lógica financiera en detrimento de la economía real, los mercados internos concentrados que solo desarrollan capacidades de consumo limitadas, las tercerizaciones a nivel global que conllevan a una tendencia a la baja de los salarios medios, y los escenarios de recesión frecuentes, se complementan con una dinámica incierta: la robotización y la inteligencia artificial, que si bien generan una cierta bonanza en la escueta mano de obra calificada, excluyen a las mayorías desfavorecidas en su formación y con poca accesibilidad a los empleos de calidad.
El segundo punto es la infraestructura para el desarrollo. Ha sido evidente que, a lo largo de la historia, los desarrollos de infraestructura edilicia, sanitaria, educativa o medio ambiental, solo para señalar algunos ejemplos, son vitales para alcanzar la dignidad y la sustentabilidad socioeconómica de los pueblos. Pero si, como ocurre en la mayoría de los países del mundo, las inversiones dependen de un escenario de permanente déficit y su derivado ajuste fiscal, la rentabilidad es obscena para las elites económicas, el financiamiento deriva en un proceso de insostenible endeudamiento —cuando no con una consecuente dependencia geopolítica—, o existe un claro proceso de enmascaramiento de lavado de activos o corrupción, se torna imposible trasvasar proporcionalmente la ingente magnitud de activos monetarios requeridos para lograr la deseada dinámica de obras necesarias que permitan alcanzar el bienestar social.
Finalmente, el futuro alimentario sostenible, es la urgencia por sobre la urgencia. Lo menos relevante sería realizar una reducción economicista, la cual sostendría que un niño desnutrido no solo no podrá educarse, sino que además acarreará una salubridad endeble toda su vida, con efectos nocivos para su productividad económica. El eje central debiera ser el daño moral que representa un niño con hambre, y que no tiene razón de análisis ni justificación: ni que los incrementos de precios de las materias primas alimentarias se deliberan en mercados globales bajo la presión (o mejor dicho opresión) de los monopolios formadores de precios, ni que la escasez se deriva de la preferencia por la producción de combustibles más rentables, o mismo que el problema se centra en la incapacidad gubernamental para hacer frente a una pobreza alimentaria extrema proveniente de una distribución ineficiente e ineficaz de la riqueza.
Sin embargo, pocas de las problemáticas previamente mencionadas encontrarán respuestas en la próxima cumbre del G20: los líderes globales se pelean, en realidad, para mantener su legitimidad doméstica a través de un sistema de puja de intereses dinámico y asimétrico, pero sin abandonar nunca, más allá de las diferentes preferencias de roles gubernamentales más activos o pasivos para con las acciones económica, el sustento sistémico que se deriva de una lógica de estabilización macroeconómica y financiera basada en las directrices neoliberales de los principales bancos centrales y organismos internacionales de crédito.
Cuando se les cuestiona que ello repercute, claramente de manera negativa, en las políticas socioeconómicas propositivas, los gobernantes se especializan en responder, embebidos en una racionalidad elusiva con frecuentes culpabilidades cruzadas: que las guerras comerciales son perjudiciales, a pesar de que cumplen en determinadas ocasiones un rol de protectores de la infraestructura nacional; que las tercerizaciones son necesarias para competir, aunque afecten los empleos en ciertos países; o que los flujos financieros requieren libertad para generar el tan preciado dinamismo económico doméstico, a pesar de que puedan ir en detrimento de la producción alimentaria en la economía real, la cual suele tener una menor rentabilidad aunque sea socialmente prioritaria.
A pesar de lo expuesto, esperemos que esta vez la declaración final no quede, como casi siempre, en una discursiva confusa, falaz y vacía de contenido. Y no solo para darle veracidad al lema de la cumbre, sino, y principalmente, para brindarles una real esperanza de futuro a las mayorías necesitadas del planeta.
El autor es licenciado en Economía, magíster en Estudios Internacionales y doctor en Relaciones Internacionales. Autor de "La sociedad anestesiada. El sistema económico global bajo la óptica ciudadana".
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