Día de la Madre: la inquisidora mirada de los otros y la propia

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Tardé mucho tiempo en decidirme a escribir esta columna. Soy periodista, tengo 44 años y mi gran pasión es la radio, donde afortunadamente trabajo desde que estudiaba en la Universidad del Salvador. Quizás lo que más temor me da es la exposición de un tema tan íntimo. Pero a la vez siento que esto que me sucede le debe pasar a millones de mujeres alrededor del mundo. Personalmente, cada vez que leo algo escrito sobre este tema, me atrapa, me sumerjo en la profundidad del relato como si fuera un océano insondable. Buscando respuestas, situaciones semejantes, quizás un poco de calma.

Con muchísimos años de terapia encima, de la convencional, freudiana, de diván y todo el encuadre que corresponde, hay dilemas que me acompañan como si se hubiesen en un punto, encariñado conmigo.

Como a muchas mujeres profesionales, los años más "fértiles" biológicamente hablando se los dediqué a mi carrera y aunque esto suene a arrepentimiento, no lo es. Cuando era niña, no me imaginaba con esposo, hijos, perro y casa con jardín, sino en un escritorio escribiendo o con un micrófono. Aclaro que mi familia de origen es la típica, madre, padre y dos hijas, y si bien fantaseaba con la familia propia, hubo un momento de mi vida donde eso pasó a un segundo plano. Empecé la Universidad, luego a trabajar en el lugar que siempre había soñado, comencé a ganarme mi lugar en el medio y a consolidar mi profesión y mi libertad económica. Sentía que en mi vida no había lugar para otra cosa.

Pasaron los años, apareció esa persona con la que sentís por primera vez que te gustaría tener un hijo y naturalmente dejás de cuidarte. A todo esto, todo tu entorno, tus amigas de la infancia, tus compañeras de trabajo, tu hermana, primas, etcétera, empiezan a tener hijos. Al principio fascina ser esa tía joven, divertida, que disfruta de los chicos y que al estar agotada, besito y te vas a tu casa. Siguen pasando los años y llega la segunda camada de chicos y hasta la tercera y ya no te causa tanta gracia, los cumpleaños en los peloteros son una pesadilla, los bautismos una puñalada en la boca del estómago y de alguna manera empezás a evitar ese tipo de eventos. Porque ese embarazo que no llega a tu vida te atormenta, te sentís un paria, fallada, distinta. Paralelamente iniciamos las consultas a los ginecólogos especialistas en fertilidad, y arranqué con un sinfín de estudios. Hasta que aparece un diagnóstico: endometrosis. Algo con lo que tuve que aprender a convivir y que básicamente te provoca períodos muy dolorosos y dificultad para quedarte embarazada pero a su vez el embarazo es la "única cura" que hay para eso. ¡Hablame de paradoja! Operación mediante, el médico me asegura que ahora hay que seguir probando naturalmente porque ha quedado todo bien. Y la rueda empieza a girar nuevamente y no pasa nada y todos los meses tenés la inexorable confirmación de eso. Empezamos con el primer tratamiento, de baja complejidad y luego vinieron dos de alta complejidad, una in vitro y un ICSI.

Si bien me gustaría, no voy a ahondar esta vez en lo que se siente pasar por un tratamiento de fertilidad, sólo voy a decir que hay que atravesarlo para entenderlo, es una montaña rusa de violentas emociones, stress, dolor, frustración, tristeza, esperanza y agotamiento.

Y acá estoy, con tres tratamientos encima y varios caminos que se te presentan y ninguno nos convence… ¿Ovodonacion? ¿Adopción? ¿O hago el duelo de lo que no ha podido ser y sigo adelante con mi vida sin hijos?

Nadie le pregunta a un hombre por qué no es padre, a las mujeres nos cuestionan esto todo el tiempo. Y si no lo hacen directamente, te juzgan elípticamente, con miradas, comentarios. Pleno siglo XXI y la mujer que no tiene hijos es la Yerma de Federico García Lorca, es una mujer rara, menos femenina, sin instinto maternal, egoísta, hasta mala.

La vida pasa y los niños que te rodeaban ya son adolescentes y te cuestionás; ¿quiero ser la abuela de mis hijos? ¿Debo seguir forzando a la naturaleza? Mi psicoanalista una vez me dijo: "ustedes son una pareja que no necesitan llenar un espacio vacío con un hijo (reconozcamos que a muchas parejas lo único que los une son la prole), ustedes deberían hacerle un lugar a ese niño". Y es verdad: nuestra vida ya esta armada así. Nuestras profesiones, muy unidas por cierto, nuestra casa que es nuestro refugio y nuestro gato, el gran consentido de esta familia.

Y cuando siento que optamos por una vida solos, la duda me visita y, en especial, el miedo al arrepentimiento, al sentir que ahora tomo una decisión que después será irreversible.

Porque la mujer tiene una vivencia física de finitud definida por la biología, las mujeres tenemos un deadline de la naturaleza. Nacemos con una cantidad de óvulos determinada, sí, aunque muchas no lo sepan.

¿Sin descendencia hay sentido? Aunque muchos disientan yo creo que sí, creo que uno puede dejar trascendencia de mil maneras distintas.

Lo que tengo muy claro en este mar de incógnitas es que debemos aprender a respetar las decisiones de los otros y de una vez por todas entender que las mujeres que no tenemos hijos por decisión o porque no se ha dado tenemos el derecho a vivir nuestra vida sin la inquisidora mirada de los otros. Ni la propia.

La autora es periodista y trabaja en Cadena 3.

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