Más allá de las expectativas del Gobierno y de sus seguidores, 2018 pasará a la historia como el peor año económico desde 2002, cuando se declaró el default. Esto se ve reflejado en la recesión fabril, en la desocupación y en la ruptura de la cadena de pagos, entre tantas situaciones críticas.

Si bien la Argentina padeció otras recesiones en el largo período del cristinismo (2009, 2012, 2014 y 2016), el bajón de estos días es mucho más profundo. Puede explicarse por muchos motivos. Por la herencia trasladada al actual Gobierno o por la ineficiencia y la falta de políticas económicas coherentes en eso que estamos viviendo desde diciembre de 2015. Más las idas y vueltas. Se decide una estrategia, hay respuesta negativa en la sociedad y se retrocede. En materia comunicacional es una pésima metodología, porque queda el rencor de la protesta.

Aquí no se acaba el problema. La inflación de este 2018 será la más alta desde 1991, cuando Carlos Ménem estaba perdido con casi mil por ciento, hasta que impuso la convertibilidad que serenó el proceso a costa de un invento de laboratorio como fue la convertibilidad (el un dólar igual a un peso).

Además, la caída del poder adquisitivo de la población es la más pesada desde el año 2002. Si en 2014 y 2016 el bajón del salario real rondó el 5%, en este año que estamos viviendo llegaría al 6% o más que ello. Según algunos análisis privados, en la comparación de los meses de noviembre y diciembre los salarios reales llegarán a ser 12% menores a los de fines del 2017.

Si todo sigue como hasta ahora, el presidente Mauricio Macri concluiría su mandato con indicadores sociales y económicos que se derrumban. El producto bruto per cápita podrá ser un poco más del 6% inferior al de 2015 y 8% menor que el llamado récord del 2011. Hay una excepción a estas mermas y es el nivel del dólar, que actúa como faro de todas las actividades en el país. Si en el 2015, con Cristina Fernández en el poder, la economía se encontraba con tarifas y dólar atrasados, en 2018 y 2019 pasará todo lo contrario.

Este momento genera muchas expectativas. Por ejemplo: ¿que el país esté más barato en dólares será motivo para se multipliquen nuestras exportaciones? ¿Con los ingresos por turismo de extranjeros cubriremos los grandes baches del fisco? ¿El dólar alto favorece a ciertas industrias a las economías regionales? Desde las provincias con economías regionales las quejas no se han frenado, especialmente porque se los castiga con una presión impositiva insostenible para muchos y el alto precio de los insumos que utilizan. Se sabe que el ministro de Producción, Dante Sica, que como economista activo sabe cuál es el foco de la cuestión, lanzó un plan para recuperar la actividad, dándoles avales para obtener nuevos mercado externos.

La merma de la actividad está generalizada. El primer sector que evidenció contracción fue el agro, por la sequía en general e inundaciones en determinadas subregiones que hicieron descender todo lo cosechado un 25 por ciento. Algunos creen que este indicador se modificará en marzo próximo con la buena cosecha conseguida en el tiempo que estamos viviendo. Hasta junio el Gobierno y la sociedad tenían expectativas de mejora pero los meses siguientes, corrida cambiaria por medio, la mayoría de los sectores cayeron bruscamente. La industria descendió casi un 6% si se la compara entre julio y el mismo mes del 2017. La construcción descendió un 12% en agosto y las ventas minoristas casi un 10% en septiembre reciente.

¿Qué piensan los empresarios? El Foro de Convergencia Empresaria respaldó la negociación con el Fondo Monetario Pero piden que se pueda llegar al equilibrio fiscal sin aumentar los impuestos.

La cumbre final del Business 20, cuyo chair fue el dirigente empresario (por la Alimentación), presentó algunas propuestas y especialmente sugirió a los dirigentes del sector privado que se comprometan más con la realidad política del país .Sugirió una mayor participación de los hombres de negocios (los que no están involucrados en los procesos judiciales de los Cuadernos Gloria) en temas claves como la educación, la transparencia y la economía digital.

Por su lado, la tradicional Unión Industrial Argentina (UIA) está tratando de impulsar un plan de emergencia para suavizar el impacto de la recesión. Propone modificar retenciones, mantener beneficios tributarios y permitir (algo tan reclamado desde hace tiempo) el ajuste por inflación o la revisión fiscal. Miguel Acevedo, titular de la UIA y su equipo presentaron el documento al presidente de la Comisión de Presupuesto de la Cámara de Diputados y legislador por el PRO, Luciano Laspina.

La industria nacional retrocedió en los últimos meses un 5,6%, pero ya anticiparon que las tasas bancarias altas (hasta un 70%, sugeridas por las autoridades del Banco Central) van a profundizar la caída del sector.

La cadena de pagos está muy mal herida. Las pymes en un 70% tienen atrasos considerables en saldar sus compromisos. Es que compran elementos varios e insumos a 30 días y venden a 90 días. Un 70% tiene retrasos en los pagos de los clientes. Esto se agrava al ver el panorama global. Las 853 mil pymes en todo el país representan el 70% del empleo formal. Sus principales problemas son el incremento de los costos de las materias primas, además del ajuste de tarifas (para evitar una fractura dentro del bloque de Cambiemos el Gobierno tuvo que dar marcha atrás con un pago retroactivo del suministro de gas).

Los datos del desempleo, según el Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec), son críticos. Subió un 9,6% y afecta a dos millones de personas. A pesar de que en algunos meses de este año se elevó la cantidad de ocupados, hay 7 millones y medio de ciudadanos con problemas de empleo.

En estas circunstancias la Iglesia se metió de lleno para apaciguar la conflictividad social, jugando un papel muy activo. Esa conflictividad ya llevó a una polémica entre las ministras Patricia Bullrich y Carlina Stanley por la cantidad de protestas y manifestaciones callejeras mientras se ha aumentado la ayuda monetaria a los movimientos sociales.

El Gobierno, por supuesto, está condicionado a su acuerdo con el Fondo Monetario Internacional. Es ayuda a bajo interés, según algunos, pero también es un apriete importante. Porque no promete un futuro mejor al de este 2018. Muchos están desalentados, en tanto el Gobierno insiste que todo irá mejor y sus gurúes se atreven a asegurar que los problemas económicos no pesarán en las elecciones presidenciales del 2019. No se sabe si ven la realidad en la Argentina o hablan de otro país.