
Listo. Se acabó. Ya no hay lugar para el debate, la polémica o las falsas interpretaciones. Cristina es la jefa de una banda que extorsionaba a empresarios y se quedaba con miles de millones de pesos. Es la heredera del sistema de corrupción de su marido. Y fue secundada por decenas de ex funcionarios, como Julio De Vido y Roberto Baratta, quienes se ocuparon de hacer el trabajo sucio.
Los empresarios a los que extorsionaba no son mejores. Pudieron haber dicho que no, perder algún negocio en el camino, pero optaron, siempre, por el dinero. Es verdad: se trata de un fallo de primera instancia. Una sentencia que tendrá que ser ratificada por tres jueces de la Cámara Federal, otros magistrados de la sala de Casación y la Corte Suprema de Justicia, mientras se inicia el juicio oral, probablemente en plena campaña electoral.
Sin embargo, las pruebas son abrumadoras. No dejan lugar a la más mínima duda. Leí con detenimiento las más de 500 fojas que la componen. Parece la trama de una película. Con los protagonistas, los roles y los hechos perfectamente definidos. Una película pornográfica. Sin sexo pero con escenas de alto contenido inmoral. Escenas en la que se revolean y reparten miles de millones de dólares con la más absoluta impunidad. Por eso, excepto los necios, los negacionistas, los cómplices, o los ingenuos, todos, desde Cristina Fernández hasta el último colaborador, deberían llamarse a prudente silencio.
Pero que no se me malinterprete. No es mi intención que los censuren. O que se les impida la libertad de expresarse. Hablo de un silencio más profundo. Más trascendente. Un silencio verdadero y reparador. Como el silencio de pánico y estupor en que están envueltos la mayoría de los dirigentes de Unidad Ciudadana. De todos ellos, el único que defendió de manera directa a Cristina fue su hijo, Máximo Kirchner. Se entiende, ¿qué esperaba que dijeran? ¿Que su mamá es la jefa de una organización criminal? ¿Qué él mismo y sus compañeros de La Cámpora, Andrés Larroque, Wado de Pedro y José Ottavis se la quitaban a los grupos concentrados para repartir el físico entre los que más tienen?

¿Y qué van a escribir ahora los intelectuales de Carta Abierta, después de este tremendo sopapo de la realidad? ¿Y qué le queda por hacer a Víctor Hugo Morales y otros comunicadores de C5N, manejados desde la cárcel por Cristóbal López y Fabián de Sousa? ¿Y qué argumento van a esgrimir Pablo Echarri, Dady Brieva y el resto de las actrices y los actores que se inmolaron por Ella? ¿Y cuántos llamados más a cuántos golpes de Estado habrá que seguir soportando de parte del nazi y violento de Luis D'Elía, antes de que regrese a la cárcel por la toma de una comisaría de la Boca? ¿Y qué debe estar pensando Martín Sabatella, un hombre que arrancó su carrera política luchando contra la corrupción junto a organizaciones dedicadas a la transparencia como Poder Ciudadano?
¿Y qué van a decir ahora los panelistas de 678, que no solo defendieron al modelo definido como nacional y popular, sino que se dedicaron, en especial, a acusar falsamente, perseguir y escrachar a los periodistas que solo revelamos parte de esta trama que ahora se probó con creces? ¿Y qué idea van a contraponer personajes menores en la escala del cristinismo, como Claudio Villarruel, Gerardo Romano, los repetidores seriales de "La Patria está en peligro", "la educación está en peligro", después de ver el sistemático saqueo del Estado por el que dicen luchar y estar dispuestos a defender? ¿Y de qué se va a disfrazar ese colega enamorado de sí mismo, ahora autoimpuesto como paladín de la lucha contra la corrupción, que se le pasaba repitiendo que Néstor era el corrupto pero que Cristina no sabía, y que ahora busca compensar su sesgada conclusión con su teoría neokirchnerista de que todos somos lo mismo?
Stop. El juego terminó. Y a partir de este momento, los necios que sigan protegiendo y defendiendo a semejante sistema de corrupción serán considerados cómplices. Y esto no corre solo para el senador Miguel Ángel Pichetto. Ni para los peronistas, racionales o no, que justifican la conducta de Cristina Fernández. También para los dirigentes de Cambiemos que especulan con enfrentar a una Cristina debilitada en las presidenciales del año que viene. Bienvenidos a un país un poco mejor que el de ayer. Un país con menos caretas.
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