Acaba de morir un gran hombre en todo sentido de la palabra. Un gran esposo, padre, amigo, y no tengo dudas, el más grande de los políticos argentinos.

Conocí a José siendo diputada de la Nación en un viaje a Córdoba en el año 2010. Me invitó a tomar un café en la gobernación -él era así, cálido y afectuoso con conocidos y extraños- e inmediatamente nos convertimos en grandes amigos.

Cuando tuve el honor de ser su compañera de fórmula en las elecciones del 2015, viajamos kilómetros y kilómetros y compartimos incalculables de horas juntos. Nunca fue otra cosa que el mejor compañero posible, aprendí cada minuto que compartí con él, porque José era una cátedra viviente.

Siempre decíamos con la gente que trabajaba en la campaña que si José hubiese tenido la oportunidad de hacer llegar su mensaje a más argentinos, hubiese ganado la elección, porque era imposible no enamorarte cuando lo escuchabas hablar.

Era un tipo que no tenía odios. Había sido chupado por la Dictadura, torturado, pero podías no enterarte nunca, porque él jamás usó esa tragedia para hacer política. Al contrario, su mensaje era de reconciliación, abogaba por el reencuentro entre todos los argentinos.

Su muerte no debe ser en vano. Su mensaje de unificación del país, una meta por la que bregó hasta el último día de su vida, tiene que ser la senda en la que los políticos que lo sobreviven continúen su legado.

La autora es una dirigente peronista. Ex diputada, fue candidata a vicepresidente en la fórmula que encabezó José Manuel de la Sota en la interna de UNA para las elecciones del 2015.