Desplegar la vocación de maestro es honrar la vida. Se configura en un servicio hacia el otro, capaz de transformar y de ser transformado por su carácter de "enseñaje". Desconocer al otro como un yo, que requiere de la entrega para su realización como uno lo necesita para la propia, es ignorar que la persona es un ser social; que no se realiza en soledad sino, por el contrario, consuma su propia existencia en búsqueda del bien común.
Entrar a un aula es entrar al futuro. Un futuro tan incierto como esperanzador en donde cada sueño vuela alto imaginando un mundo mejor, más humanizado, solidario y equitativo. En ese intercambio áulico, en donde el saber y la ignorancia se confunden en un vínculo de amor, se empieza a moldear las generaciones futuras capaces de estar alertas y ser sensibles frente a las amenazas que atentan contra la dignidad humana.
Ser maestro es una forma de vida. Es una vocación que nace de lo más profundo de las entrañas, que explota ante la vulnerabilidad de un niño, un joven o un adulto que, más allá de su capacidad cognitiva y su voluntad de saber, queda expuesto frente a las vicisitudes cotidianas buscando respuestas que den sentido a su existencia.
Ser maestro implica tener la misión y el compromiso de sacar a relucir los mejores talentos y las potencialidades del alumno y a valorar el esfuerzo puesto en la tarea. Cada uno es único e irrepetible como también lo es él. Consecuentemente, ese diálogo sostenido va dejando huella al pasar, en uno y en otro, como un maridaje de pura cepa.
Ser maestro es saber acompañar el fracaso para convertirlo en una oportunidad de crecimiento. El alumno sabrá reconocer sus propias limitaciones, que, en virtud de lo antes dicho, afirmará su condición de ser una persona capaz de evolucionar. En tanto y en cuanto, a la capacidad de descubrir sus propios recursos para sortear los obstáculos a fin de lograr su mejor versión cada día.
Porque de eso se trata… Ser uno la mejor versión para sí mismo y para los demás. Ser capaz de entregar lo propio para hacerlo ajeno. Y esta retroalimentación, de "dar para darme", nos hace ejercer la libertad con responsabilidad.
Ser maestro trasciende esa transformación que impacta no solo a quien escucha, sino también a su entorno. Plenifica al buscar el bien-ser de quienes lo rodean agotando los medios a tal fin. Cuando al observar a su alrededor percibe y distingue esa entrega que conlleva su propia impronta, se ensancha el alma de gratitud por la tarea cumplida.
Inmersos en un mundo des-humanizado, el maestro entrega su ser y saber para recuperar la ecología humana en donde se potencien los vínculos afectivos vitales para el desarrollo de la especie.
Nuestra sociedad necesita de maestros. De personas que, más allá de sus propias necesidades e intereses, sean capaces de transmitir conocimiento y de trascender, desde el ejemplo y la entrega, a través de la formación de personas en valores.
Se es maestro hasta el último suspiro… ¡Salud!
La autora es coordinadora del Centro de Orientación Familiar "El Rocío", Universidad Austral.
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