
Hace 38 años yo tenía tan solo 16 años de edad. Tuve el privilegio de protagonizar hasta ese momento una de las acciones más arriesgadas de mi vida, tomar una mochila e irme a la montaña a alfabetizar a campesinos en la zona norte del país. Era la Nicaragua de 1980, solo habían pasado 8 meses del derrocamiento de la dictadura de Anastasio Somoza, el país trataba de recuperarse. Uno de sus pendientes era acabar con el analfabetismo, eso significó enseñar a la leer y a escribir al 50,35% de la población nicaragüense.
Fue un 23 de marzo de 1980, más de sesenta mil ciudadanos entre jóvenes estudiantes de secundaria, universitarios y profesores cuyo objetivo común fue alfabetizar a aquellos que no sabían leer y escribir, partieron de Managua expandiéndose por todo el territorio de Nicaragua, llegando a los más recónditos lugares y ganándose los ánimos de todos aquellos para lograr eso que dice la canción: "Convertir la oscurana en claridad".
Fuimos masa pensante, eso fue la Cruzada Nacional de Alfabetización, un movimiento de masas nacional e internacional, una batalla de lápices que convocó a nicaragüenses, argentinos, uruguayos, canadienses, cubanos, norteamericanos; en fin, miles de nicaragüenses y cooperantes internacionales. El mundo tenía la mirada en esa Nicaragua aguerrida, soñadora.

Jóvenes de clase media y jóvenes de barrios populares de donde yo procedía nos sumamos con el pleno entusiasmo de vivir una experiencia que significaba dar al prójimo el pan de la enseñanza desde el compromiso político, cristiano o ambos a la vez. En tan solo seis meses el índice de analfabetismo quedó reducido al 12 por ciento. Eso se tradujo en 406.056 nicaragüenses alfabetizados, en los barrios, las aldeas y los pueblos ondeaban las banderas que indicaban el territorio libre de analfabetismo. Meses después, 16 mil personas más fueron alfabetizadas en la costa atlántica en sus propias lenguas: misquito, sumo e inglés criollo.
Fue nuestra primera escuela pragmática sobre la equidad de género. Recuerdo cómo me impactó la actitud de un misquito: su labor iba de la hamaca a la pesca o la caza y, cumplida esa labor, a comer y a la cama. Mientras tanto, la mujer cocinando, cuidando de los chavalos, y hasta el último detalle de la casa, incluso cortando leña para el fogón. Después comprendí antropológicamente que en eso radicaba el sentido foco del hombre y la mentalidad abanico de las mujeres. Nosotros, a lo nuestro y ellas, a lo de todos, muy pocas veces a lo de ellas.
En 1981 la acción fue reconocida por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), con el otorgamiento de la medalla Nadezhda Krúpskaya.

Fueron nueve brigadistas muertos a manos de las fuerzas de la resistencia, el primero de ellos fue Georgino Andrade, el 18 de mayo de 1980, además de 50 brigadistas por diversos accidentes.
Los campesinos inconformes por la anunciada reforma agraria se convirtieron en un movimiento de resistencia armada financiado por Estados Unidos, que en poco tiempo se transformaría en una guerra civil cuyo perdedor fue el pueblo de Nicaragua y los grande ganadores fueron, por parte de la resistencia, la cúpula política que se hizo del liderazgo contra y quienes dirigieron la guerra desde el poder en Nicaragua: los hermanos Humberto y Daniel Ortega, jefe del ejército sandinista y coordinador de la Junta de Gobierno respectivamente. Daniel Ortega, quien ahora se aferra al poder junto con su esposa Rosario Murillo.
Nos movilizamos para enseñar a leer y a escribir con respeto, con humildad, con sentido de escucha, con los valores que nos inspiró la memoria de Ricardo Morales Avilés, Leonel Rugama, Carlos Fonseca, María Amanda Espinoza, exguerrilleros caídos en combate por la causa sandinista en contra de Somoza. Como alfabetizadores nos relacionamos de igual a igual con los obreros y los campesinos: enseñamos y aprendimos.
La sociedad política y empresarial de esta Nicaragua de 2018 se quedó analfabeta. Sin embargo, todo un pueblo se volvió culto, alfabetizados y alfabetizadores juntos aprendieron que no hay que rendirse ni ante los esclavizadores de la empresa ni mucho menos ante esos políticos que tratan de perpetuarse en el poder del gobierno.
Estoy seguro que hoy por hoy Nicaragua está en manos de analfabetos. El gran sabio es el pueblo alfabetizado que ahora libra una nueva batalla para hacer valer el concepto de libertad, democracia, justicia y la paz, no de los sepulcros.
El autor es periodista nicaragüense independiente. Ex alfabetizador de la CNA.
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