Supe que Andrés Manuel López Obrador alcanzaría al fin la presidencia de México, luego de dos intentos consecutivos, cuando incluyó al magnate Carlos Slim en su lista de empresarios valiosos para el país. Así, un año atrás, en una entrevista televisiva con René Delgado, al menos para un segmento del establishment, terminó de disipar las dudas sobre su voluntad de engendrar una versión azteca del socialismo del siglo XXI.
Para intelectuales de primer nivel, como el historiador Enrique Krauze, sin embargo, la incógnita persiste. En un magnífico ensayo que tituló López Obrador: el mesías tropical, el editor de Letras Libres ya había caracterizado al líder tabasqueño como a un caudillo populista de tendencias nacionalistas y un autoritario en potencia.
Desde luego que la incertidumbre es fundada. Su carisma le ha generado una popularidad inmensa entre los sectores más pobres, que actualmente superan el 50% de la población. A pesar de ser un hombre formado, licenciado en ciencia política, su lenguaje es llano y su humildad, natural. En su discurso, el componente demagógico está presente, sobre todo cuando halaga al "pueblo", esa entelequia abstracta, que sería solo depositaria de sabiduría, valores y buenas intenciones. Por contraste, en la vereda del frente, acechan los intereses espurios de lo que dio en llamar como "la mafia del poder", la cual, según su opinión, está encabezada por el ex presidente Carlos Salinas de Gortari. El mal encarnado.
No obstante, lo que estimo que en verdad irrita a Krauze y a quienes piensan igual que él es la manifestación pública que el "Pejelagarto" hace de su fe cristiana. Según esta óptica, la religiosidad en un político de un Estado laico, en especial si se trata del catolicismo o del islam, tiñe a su pensamiento con elementos mágicos e irracionales, incompatibles con el ideario del iluminismo y, por consiguiente, de la democracia liberal, que demanda una estricta subordinación de los funcionarios a la razón de la ciencia y la técnica.
En efecto, esta falsa dicotomía de aquellos ateos o agnósticos que confunden la dimensión de la fe está basada en una efectiva asociación histórica entre la Iglesia Católica, el paternalismo, la verticalidad, el dogmatismo y la Edad Media.
Desde fines del siglo XVIII, los liberales herederos de la reforma de Lutero enfrentaron al Papa de Roma. La disputa por el poder y el control de los resortes del Estado absolutista era real. Con el correr del tiempo, el triunfo del proyecto de secularización de la sociedad diluyó esta tensión. En el presente, es posible ser liberal y católico sin incurrir en una incoherencia.
En el terreno de la política, el diagnóstico central de López Obrador es el correcto: señalar a la corrupción como el principal problema del país. En un impactante discurso que pronunció en la Casa de América Latina de París, sentó las bases de su doctrina. He aquí un fragmento: "En estos tiempos, el sistema funciona por entero para la corrupción. El poder público y el poder del dinero se han unido, alimentado y nutrido mutuamente, y se ha implantado como política el robo de los bienes del pueblo y de las riquezas de la nación (…) En la actualidad, no solo se trata, como antes, de actos delictivos individuales o de una red de complicidades para hacer negocios al amparo del poder público; ahora, la corrupción se ha convertido en la principal función del Estado. Un pequeño grupo ha confiscado todos los poderes y mantiene secuestradas las instituciones para su exclusivo beneficio. El Estado ha sido tomado y convertido en un mero comité al servicio de una minoría".
Esta síntesis, pensada para definir a México, bien podría valer para América Latina. Mas, como es sabido, un diagnóstico certero no garantiza un tratamiento adecuado. La pregunta está, en primer término, en cómo enfrentará, si es que lo hace, y con qué medios, a la "mafia del poder" que denuncia hasta el cansancio. En segundo lugar, si el cambio de régimen que propone tendrá acento en el fortalecimiento institucional o en el culto a la personalidad. Por lo pronto, sin perjuicio de las muchas críticas que con justeza le caben, López Obrador jamás ha recurrido o llamado a la violencia. Y esto lo diferencia de Hugo Chávez, con cuyo fantasma es demonizado por sus enemigos. En 1992, siete años antes de ganar por la vía electoral, el entonces miembro del Ejército venezolano había dado un intento de golpe militar que pretendió tomar el poder por las armas. A pesar de ello, si gobernará con la Constitución en la mano, respetando el Estado de derecho, la libertad de expresión, el periodismo crítico y la separación de poderes, no es posible asegurarlo. La borrachera del poder, en un Estado con instituciones políticas y económicas predominantemente extractivas, es capaz de corromper hasta el más puro de los espíritus.
En cuanto a la violencia y la criminalidad que asuelan México, su visión es también acertada. La guerra contra el narcotráfico ha sido un fracaso rotundo. La decisión de Felipe Calderón, al encomendar a las Fuerzas Armadas esta tarea, convirtió al país en un cementerio. El baño de sangre solo cesará si las políticas públicas de largo plazo se centran en la prevención, la igualdad de oportunidades, el crecimiento económico y en acuerdos con los Estados Unidos para limitar al máximo el intercambio de armas y dinero por drogas.
"El poder se convierte en virtud solo cuando se pone al servicio de los demás", explica. Esperemos, por el bien de 128 millones de mexicanos, que la inteligencia y el coraje primen por sobre la voluntad y el miedo.
El autor es abogado y dirigente de la Coalición Cívica ARI.
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