Además de presidente, Pedro Sánchez deberá ser trapecista. El socialista toma las riendas de una España sensible, cambiante, inquieta. Atrás quedó ese país alérgico a los giros bruscos. Prueba fehaciente de esta metamorfosis es, justamente, el ascenso de este "Clark Kent madrileño" que, en tan solo siete días, pasó de hacer cola en las encuestas a la máxima investidura. En este escenario volátil, con más acento argentino que europeo, el líder socialdemócrata tendrá que balancearse entre su proyecto político y el contexto, entre su relato y la opinión pública, entre el maximalismo de Podemos y el posibilismo de Ciudadanos.
La primera curva es el independentismo catalán. Sus votos fueron esenciales para la destitución de Mariano Rajoy. Desde Barcelona, como vuelto, esperaban algún gesto de distensión. Y Sánchez se los dio, aunque después de nombrar como ministro de Exteriores a Josep Borrell, que es catalán, pero también español y europeo; y fue uno de los críticos más agudos del proceso secesionista. Recién después de marcar la cancha, el primer mandatario abrió el juego: levantó el control de las cuentas de Cataluña por parte de Madrid y telefoneó al presidente de la Generalitat, Quim Torra, para sellar una reunión antes que se estrene el verano europeo. Un café impensado meses atrás. A pesar de esta apertura parcial, Sánchez promete no soltar la Constitución para negociar. Redondeando, el metamensaje sería "cambio en las formas, pero no en la postura".
En el ajedrez político, el panorama es complejo. Antes de cualquier movimiento, Sánchez realizará un doble análisis de correlación de fuerzas. Puertas adentro del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), tendrá que medirse constantemente con el "aparato", constituido por la presidenta de Andalucía, Susana Díaz, "los barones" (aquellos que gobiernan comunidades densamente pobladas) y el ex presidente Felipe González. Como todos forman parte de la línea interna opuesta al primer mandatario, ninguno acompañó la moción de censura cuando estaba en pañales. Luego del batacazo, obviamente, acercaron posiciones, pero de ninguna manera renunciaron a recuperar Ferraz (la sede partidaria). El fuego amigo, sin duda, va a ser algo más que una nota al pie en esta historia.
Más allá del alambrado, está Podemos esperando el rebote. Y aquí Sánchez también necesitará sopesar. Pablo Iglesias y los suyos acompañaron en el Congreso la estratagema contra Rajoy. Como recompensa, pidieron algún asiento ministerial. El socialista no se los dio. De persistir la indiferencia por parte del hombre de la rosa, es probable que los de Iglesias lleven el debate al rincón izquierdo del termómetro ideológico, donde alumbrarán las limitaciones que, en su tironeo con la realidad, exhibirá el socialismo. De esta manera, intentarán arrebatarle el electorado más "progre". El tiempo dirá qué ingeniería de poder escoge Sánchez para el próximo reto electoral, si un reformismo monocolor o un progresismo all inclusive.
Los números serán otro examen arduo. El desafío es implementar una "economía a la portuguesa". Un modelo que cumpla con la expectativa de crecimiento del 2,7% del PBI que había trazado la gestión anterior para el 2018 y, en simultáneo, redistribuya la riqueza para emparejar la pirámide social. Sánchez deberá pivotear entre el desarrollo y la igualdad sin prender la luz roja en Bruselas. En este sentido, la designación como ministra de Economía de Nadia Calviño, ex directora general del Presupuesto de la Comisión Europea, garantiza sintonía fiscal con los centros de mando del Viejo Continente. Toda la socialdemocracia ecuménica estará pendiente del éxito o el fracaso del ensayo. La experiencia española será una caja negra o un faro en medio de la noche neoliberal.
En los próximos meses, Sánchez deberá demostrar que es una opción y no una transición de poder. Nada sencillo. Reflejos, firmeza y verbo quirúrgico, algunas de las claves para que el nuevo inquilino de la Moncloa se consolide y, elecciones mediante, extienda su estadía. Aunque las urnas apenas se ven en el horizonte. En esta "España urgente" escasean las certezas, los tiempos y, sobre todo, el equilibrio. Quizás por esto último, y no grandes quimeras, Sánchez empiece a transformarse en sinónimo de esperanza.
El autor es profesor e investigador de la UCA. Doctorando en Ciencia Política por la Universidad Complutense de Madrid.
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