De repente la palabra feminismo irrumpió en la escena pública, especialmente en los medios de comunicación. Esto era algo impensable hace unos años. Sabiendo la mala prensa de ser feminista, se medía cuidadosamente el uso del término para no espantar a la audiencia y escapar de los estereotipos. Dentro del movimiento feminista, hace apenas una década, se valoraba fuertemente cuando una mujer se reconocía feminista, porque había clara conciencia del costo social que esto acarreaba. Las feministas eran acusadas, entre otras cosas, de odiar a los hombres, ser histéricas o locas. Y hemos escuchado a muchas decir: "Soy femenina, pero no soy feminista", en un intento de huir de esa identificación como si se tratara de una peste.

Pero algo cambió cuando, a partir del 2015, las manifestaciones del Ni Una Menos y el Paro de Mujeres mostraron a miles y miles de mujeres en las calles: el feminismo había desbordado los espacios académicos, las ONG, el compromiso acérrimo, pero pequeño en número, del corazón de la militancia feminista y la militancia en algunos partidos políticos. El feminismo se fue articulando con el movimiento de mujeres, se mostró otro y en las calles. Esas calles que las mujeres argentinas aprendieron a transitar, con sus consignas y sus demandas, durante más de 30 años en cada Encuentro Nacional de Mujeres en distintas ciudades del país.

El feminismo se derramó e incorporó nuevas formas (internet, las redes sociales, el arte, la música, la poesía, la intervención cultural y callejera) y ahora es muchísimo más diverso, intergeneracional y sobre todo joven, interétnico, interclase, renovado, masivo y un poco más legítimo. Con la legitimidad que da la masividad, pero también la del trabajo constante y silencioso en las universidades, los barrios, las ONG, los partidos políticos, las leyes con perspectiva de género que se multiplicaron cuando las mujeres accedieron al debate parlamentario y las políticas públicas logradas a partir de dichas leyes.

Las formas de acercamiento a la militancia también se multiplicaron. Ya no se restringen, como en los años 70, a integrar grupos de concientización o grupos de lectura para acceder a la traducción al español de alguna feminista europea o norteamericana, como Simone de Beauvoir o Betty Friedan. O como en los 80 o los 90, de la mano de alguna referente feminista histórica. Hoy, internet, las redes sociales, el arte, la música y la poesía son formas de acercamiento e identificación con el feminismo.

El estereotipo de la feminista loca, histérica, malhumorada o "malquerida" estalló. La diversidad, los argumentos sólidos, el trabajo, la fuerza, el entusiasmo, la juventud y la masividad lo estallaron. Hoy ya no pesa de la misma forma llamarse "feminista", hasta podríamos decir que queda bien y la palabra feminismo habita no solo las redes sociales, sino también los medios de comunicación. La sonrisa socarrona que acompañaba al uso de la palabra feminista hoy se trata de disimular.

Estamos frente a un feminismo renovado en sus formas de constitución y de expresión, que se multiplicó y cambió su dinámica. Por estas razones también resulta enigmático. ¿Qué quedó de la trama cerrada de los primeros feminismos esforzados en lograr una formación sólida, una conciencia clara y un compromiso firme? ¿Qué se ganó y qué se perdió con la multiplicación y la masividad? ¿Cuál ha sido el producto de una conciencia largamente construida?

La autora es investigadora Idaes- Unsam. Autora del libro "Feministas en todas partes. Una etnografía de espacios y narrativas feministas en Argentina" y coordinadora del Núcleo Interdisciplinario de Estudios de Género y Feminismos.