Mientras se desarrolla la cumbre ministerial de la Organización Mundial del Comercio (OMC) y la Argentina celebra en casa su vuelta al mundo, las calles de la Ciudad de Buenos Aires arden bajo el calor sofocante y un verdadero caos de marchas y piquetes. Son postales elocuentes de un país esquizofrénico, de realidades paralelas.

Por un lado, tras el cerco blindado de Puerto Madero, encumbrados funcionarios del Gobierno nacional debaten con sus pares del resto de los países de la OMC sobre cómo reducir las trabas al comercio internacional. A unos pocos metros, manifestantes de organizaciones sociales hacen todo lo contrario: instalan barricadas sobre la avenida 9 de Julio para poner trabas a la libre circulación de las personas.

Según datos de Diagnóstico Político, en noviembre hubo 115 piquetes en la Ciudad, la cifra más alta desde marzo. En lo que va del año ya se registraron más bloqueos que en 2016 y 2015. De acuerdo con las proyecciones de diciembre, es esperable que 2017 supere también el pico de 851 cortes registrado en 2014.

El dato positivo: a nivel nacional los piquetes bajaron un 20% respecto a 2016. Al mismo tiempo, cabe reconocer el esfuerzo del Gobierno de la Ciudad para negociar de manera anticipada y organizar desvíos para facilitar el tránsito cuando hay cortes. Pero lamentablemente no alcanza. Hay que resolver el problema de fondo: terminar con esta ficción de democracia y volver a la plena vigencia del Estado de derecho.

Tal como expresé en este mismo medio hace exactamente un año, ratifico que no habrá lluvia de inversiones, reactivación económica ni paz social en Argentina mientras el espacio público siga tomado. Con el afianzamiento de organizaciones terroristas como RAM en la Patagonia, la situación es aún más grave que un año atrás. El Gobierno sigue sin intervenir de manera efectiva y la Justicia libera sistemáticamente a todos los detenidos cada vez que hay desmanes. El peor caldo de cultivo para que la cultura del piquete se siga afianzando.

Los indicadores que exhiben tenues mejoras en la situación económica y social no redundarán en que bajen los piquetes. Al contrario, el caos callejero seguirá retroalimentando la pérdida de competitividad y de atractivo de la Argentina como destino de inversiones. Desde que asumió Mauricio Macri, el grueso de las marchas y los cortes son netamente políticos. Sobre todo en la Ciudad, estos son protagonizados por agrupaciones predominantemente kirchneristas y de izquierda que le han declarado la guerra al Gobierno y al orden institucional. No quieren dialogar ni ser parte de un proyecto común de país, como muchos ilusos siguen creyendo. Por eso, no se puede seguir cediendo espacio ante los violentos y su ley del más fuerte.

Tras la OMC, en menos de un año la cumbre del G20 en Buenos Aires será el evento internacional más importante que la Argentina haya albergado en sus dos siglos de historia. ¿Estamos dispuestos a que naufrague ante el absurdo caos piquetero? No podemos permitirnos desaprovechar semejante oportunidad.

El autor es magíster en Políticas Públicas (Flacso) y Master of China Studies (Universidad de Zhejiang). Politólogo y docente universitario (UCA). Director de Diagnóstico Político.