Definir qué es ser médico hoy es un interrogante que nos enfrenta al ejercicio de bucear en lo más profundo de la vocación. Además, nos obliga a indagar en la razón por la cual alguna vez quisimos y decidimos ser médicos. Seguramente no exista una única respuesta.
La pasión por estudiar, investigar y aprender son condimentos necesarios pero no suficientes. Actualizarse, también. Son las reglas de un juego que no tiene fin. Lo sabemos y, gustosamente, aceptamos.
Deteniéndome en esto último, la actualización, lo primero que viene a mi mente es la necesaria adaptación que hemos debido hacer, como médicos, a los cambios tecnológicos.
Por un lado, las imágenes y la telemedicina han significado un enorme avance en la práctica diaria. Dos o más grupos médicos, conectados por modernos equipos, generando una interconsulta, un ateneo o una clase, a miles de kilómetros uno del otro, pero con la misma fidelidad de lo presencial, maravilla y no deja de asombrar.
En otro sentido, el abuso de las consultas médicas a través de WhatsApp es la contracara de un fenómeno que nos desafía a buscar nuevas formas de adaptarnos; que todavía intentamos resistir.
Son sólo algunos ejemplos de la modernidad. Herramientas al fin, cuyas bondades no residen en sí mismas, sino en el uso que les demos.
¿Qué es entonces lo que mantiene vivo el fuego del querer ser médico? Me remito a la etimología de la palabra médico, que significa 'el que cuida', no necesariamente el que cura. Curar, a veces; cuidar, siempre.
Tantas horas dedicadas a la medicina sólo se explican cuando están al servicio del prójimo, de la persona enferma o necesitada. En ello reside la mejor paga. Poder haber sido útil a quien se nos confió.
Mientras escribía estas líneas, casi sin darme cuenta, fui dibujando la esencia de la relación médico-paciente. Confianza y conciencia son la esencia atemporal de esa relación. Confianza que el paciente deposita en su médico y conciencia por parte de este para ofrecerle lo mejor.
"Que nada se interponga entre vos y tu paciente", supo decirme mi maestro. Y también se lo escuché alguna vez a un residente en un ateneo. Afortunadamente, esto no ha cambiado.
En estas reflexiones hice referencia a los valiosos avances tecnológicos al servicio de la medicina. Sin embargo, voy a concluir recordando uno de los más significativos inventos de la humanidad al servicio del prójimo: la silla. Sí, una silla es lo que nos permite sentarnos al lado de la cama de un enfermo para escucharlo. Es el puente entre la intimidad del paciente y la escucha del médico.
Al igual que Moisés frente a la zarza ardiente, escuchar es entrar descalzos y con respeto a esa tierra sagrada que es la intimidad del paciente.
El autor es doctor en Medicina. Decano de la Facultad de Ciencias Biomédicas de la Universidad Austral.
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