Las redes sociales irrumpieron en la cotidianeidad y modificaron nuestras conductas comunicativas, reconfiguraron pautas tradicionales de comportamiento. Sin embargo, existe un aspecto de las redes que trasciende nuestras relaciones personales y se refiere a su influencia sobre las estructuras clásicas de los sistemas de gobernanza y los mecanismos tradicionales de la intermediación política.
Conforme la dinámica de funcionamiento que han adquirido, las redes sociales están impactando directamente en el sistema político mediante una doble intervención. Por un lado, contribuyen a la libertad de expresión e información; por otro, a la rápida coordinación social. Sin embargo, este segundo aspecto en verdad es paradojal.
Las redes sociales hicieron su aparición como nuevo sujeto político salteando todos los mecanismos tradicionales de intermediación en la denominada Primavera Árabe. La lección que se nos ofrecía reafirmaba la clásica idea democrática según la cual las grandes transformaciones exigen presencia real.
Sin embargo, la ausencia del cuerpo es un fenómeno característico de las democracias modernas. Es precisamente dentro de esta realidad que sucede aquello que denomino el efecto paradojal de las redes sociales y que consiste, justamente, en el debilitamiento de la acción democrática sustancial.
Al examinar el funcionamiento de las redes se advierte una clara tendencia a la sustitución de la comunidad de los presentes en beneficio de la comunidad de los ausentes. Estamos presenciando el nacimiento de la democracia de los abonados a internet y disueltos en las redes: democracia virtual para una sociedad virtual (Paul Virilio, El cibermundo, la política de lo peor).
De tal modo las redes contienen un riesgo en potencia para la democracia que se encuentra en el hecho de poner más cerca al que está lejos que al que se encuentra al lado —un amigo de París o una amiga de México—; es un novedoso fenómeno de disolución política. Empujadas por esta inercia tecnológica, nuestras sociedades no hacen más que reafirmarse en el individualismo, ahora disimulado a través de la ciudadanía virtual.
Esto no niega la capacidad organizativa a través de Whatsapp, Twitter o Facebook; sucede que estas tecnologías mantendrán un doble efecto negativo en tanto desmotiven los encuentros físicos y limiten nuestra capacidad de introyección de la realidad, pues la superficialidad y la lectura rápida son justamente características constitutivas de las redes sociales.
La democracia requiere organización concreta en espacios reales, nos invita a vernos y oír nuestras voces, nuestras inflexiones emotivas. El poeta Jaime Sabines nos preguntaba: "¿Qué son las palabras desprendidas de la vida?".
Cuando Giovanni Sartori nos alertó del homo videns y de la sociedad teledirigida, no había sucedido la revolución de los smartphones y las redes sociales. ¿Cuánto tiempo del día estamos hoy con la vista puesta en una pantalla? Actualmente podríamos hablar del "super homo videns" sartoriano, pues desde aquel tiempo a esta parte, ya no sólo trabajamos incrustados en la computadora y comemos sobre la televisión, sino que directamente viajamos mirando el celular y hasta vamos al baño con nuestros teléfonos.
En estos tiempos es frecuente ver en bares a personas sentadas a una misma mesa sin contacto alguno entre ellas, comunicándose con alguien a través de sus smarphones. La posibilidad de una democracia deliberativa, superadora de la democracia liberal, que resuelva los déficits de las formas clásicas de la intermediación se aleja con el horizonte.
Casi sin percibirlo se ha ido instalando un simpático tipo de comunicación basado, ya no en palabras, sino en el intercambio de emoticones. Este singular mecanismo comunicativo contiene un efecto nocivo en nuestras habilidades cognitivas, pues limita la riqueza del proceso comunicacional, condiciona nuestra capacidad de reflexión y percepción de la realidad. Estamos restringiendo nuestro razonamiento y en consecuencia le quitamos amplitud al análisis, perdemos la riqueza de la visión global y el pensamiento lateral.
En síntesis, se debilita la vinculación local, es decir, el sustrato mismo de la democracia. El sentido de pertenencia a un espacio común nos une, si este desaparece y es remplazado por el espacio virtual donde solamente existen fotografías, caracteres y emoticones, la identidad social se diluye y quedan únicamente fragmentos individuales.
El autor es doctor en Ciencias Jurídicas y especialista en Constitucionalismo. Profesor de Derecho Político y Derecho Constitucional USI y UBA.
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